CARTA A VINICIUS DE MORAES


A cien años de tu nacimiento ocurrido en Río de Janeiro un 19 de octubre de 1913, me urge hablarte, Vinicius da Cruz de Mello Moraes o simplemente Vinicius de Moraes para quienes seguimos recordándote.
Empiezo entonces por decirte que me siguen encandilando por igual el desafío musical hecho cuerpo y congoja sincopados en la bossa nova tuya y de Chico Buarque y la urgencia, mitad mística y mitad profana, de tu poesía.
Como poeta y ser humano excepcional que cargaba permanentemente el niño que era, te describe Toquinho. Por su parte Francho Barón, en estudio realizado sobre tu obra, te señala como un hombre angustiado, ciclotímico y con complejas dudas existenciales. Y no podría ser de otra manera, imposible sustraerte a ese mar de tormenta que rugió sin cuartel entre tu cercanía y tu distancia.
Sé que fuiste (o eres) uno de los más importantes poetas brasileños de este siglo, que te casaste nueve veces, que los últimos sesenta años de la música popular brasilera se nutren de tus ritmos y enamoramientos y que si te recuerdo el origen modernista de tu poesía, tal vez choque con la rebeldía de tu sangre que se echó encima anatemas políticos por el único delito de haber intentado humanizar la sordidez de la dictadura militar -que entonces convertía tu país en un desafuero continental- con aquellos conciertos que ofrecías en los casi prohibidos circuitos universitarios creados por los militares en los años sesenta.
Todos sabemos con qué elegancia saltaste de la poesía a la postura de censor cinematográfico para luego, de la mano de Orson Welles y en compañía de tu entrañable Toquinho a lo largo de más de mil presentaciones tumultuosas, tocar tierra componiendo y ejecutando como pocos lo han hecho, un centenar de canciones que siguen cayendo como pétalos tiernos y coléricos sobre estas sordideces todavía a medio escribir.
Creo que si Manuel Bandeira regresara, te tiraría de las orejas y luego reiría divertido frente a esa osada Receta de Mujer donde pides perdón a las muy feas porque la belleza es fundamental.
Hace muchos años en un viejo teatro de Caracas, me asomé por primera vez a una macumba de carnaval que luego se impuso con el nombre de Orfeo Negro. Si no hubiera leído nunca tu poesía, para desear abrazarte como a un querido amigo, me habría bastado saber de las favelas desbarrancadas donde una mulata a medio vestir, después de meterse el mundo en el escote, decide quedarse a bailar para siempre jamás.
Dicen que eres el más intenso cantor erótico de la poesía moderna de tu país y que el prestigio de que gozaste en vida –creciente desde el día en que te encontraron dormido definitivamente en la bañera de tu casa- descansa en el aliento puro de una poesía escrita por ti sin distingo alguno, en el burdel, la biblioteca o el café.
¿Te pidió cuentas entonces el grupo de poetas solemnes que te hacía guiños y al mismo tiempo te recriminaba? Estoy segura de que así fue como sé también que la búsqueda de la excelencia en cada esquina de viento y madrugada, te transforma en eterno sobreviviente.
¿Es verdad que grabaste más de veinte discos de larga duración y que después de vivir muellemente, la correría hecha por el nordeste arrasado y sediento de un Brasil que hasta entonces te era desconocido, te catapultó en forma inexorable contra el costado izquierdo de la política de tu país? ¿Y qué me dices de tus andanzas con Carlos Prestes y Pablo Neruda y de tus días cabrilleantes como una película de aventuras?
Esta noche me he detenido junto a tu Historial pasional Hollywood California para reír bajito ante esta magistral demostración de humor negro. Mira si fuiste un ser excepcional que después de decir convencido: Macho soy fuerte, poeta soy altísimo y de degustar notas y letras por igual, regresaste como un hijo pródigo a la sabiduría del soneto.
Sostienen los conocedores de tu idioma que los tuyos son de los más hermosos sonetos escritos en lengua portuguesa, porque (y esto lo digo yo) supiste comprender a tiempo que la poesía tiene, como los sueños, la edad del corazón.




