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Domingo, 4 de octubre de 2026

Caminando con los recuerdos

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Foto: TripAdvisor

Caminando con los recuerdos

Felipe Solarte Nates

Desde temprano caminé por las aún solitarias calles del centro histórico de Popayán, con la catedral recibiendo a los fieles madrugadores, algunas cafeterías apenas abriendo y los bohemios del parque madrugando a buscar desesperadamente el trago que los alivié de la tembladera y nervios del guayabo.

Agradeciendo que llevaba varios días sobrio y no me halaba la tentación, me aleje cobijado por el cielo de nubarrones bajos, menuda llovizna intermitente y el frío del amanecer que se disipaba mientras caminaba rumbo al terminal, a buscar el bus, que al descender por Mondomo, me remontó al cielo de nubes altas flotando en medio del azul marino caribeño que predominaba sobre el Valle del Cauca geográfico de mi niñez.

Al pasar por Quinamayó, cómo no recordar las caminatas cosechando mangos, naranjas y guayabas que se caían de los árboles, para después llegar al río a nadar, pescar sardinas y sabaletas que freiríamos acompañadas del arroz preparado en fogón de leña con la olla sobre grandes piedras.

Al pasar por Quilichao, al frente de la antigua estación del ferrocarril, recordaba la noche que mis padres me llevaron por primera vez a conocer el tren que llegaba de Cali y al sentir el estruendo del pito, las ruedas rechinando contra los rieles y la nube de humo blanco que lo inundaba todo, me le solté de la mano a mi madre y salí corriendo en sentido contrario al que recorría el monstruo.

También recordaba cuando en la amplia zona verde, al frente de la estación, improvisábamos una cancha de fútbol para armar interminables recochas y en Fiesta de Reyes, en el mismo sitio, montaban la tarima donde Mallarino y su elenco se encargaban de representar la obra sobre la visita de los reyes magos al niño Jesús.

Al salir del pueblo y pasar por la quebrada “La Fe”, como olvidar la tarde aquella, cuando después de pasar toda la tarde comiendo guayabas y voleando cauchera, de un momento a otro, cayó un diluvio tan verraco, que ese zanjoncito, que cogiendo impulso lo podíamos saltar de un brinco, se convirtió en un caudaloso torrente desbordado hasta 10 metros más allá de sus orillas y al regresar a su cauce, cuando pasó la creciente, dejó el pasto plateado de sardinas y sabaletas que inútilmente saltaban buscando el agua que se les escurrió sin dejar rastro. En la casa de la finca, el mayordomo nos regaló dos bultos vacíos para que los llenáramos con las más grandes que escogimos; y con Calambre, Cabezadetarro, Guayo, Garra, Omar, Renegrido, Peinadito y Pepino viejo, nos regresamos al pueblo regalando pescado, porque pesaba y nos dimos cuenta que nos iba a quedar grande el prepararlos y freírlos.

Ya en Cali, al pasar por la iglesia de San Fernando, me consolé al constatar que permanecería con sus vitrales y recordé, que a dos cuadras, vivió Manolo López, el compañero en la facultad de medicina de Unicauca y  sobrino del cura que en ella ofició misa durante años, y al que, habiéndose convertido en médico naturista, lo mató el Covid-19 por negarse a recibir la vacuna.  

El teatro San Fernando, donde el precoz escritor Andrés Caicedo y sus amigos de Caliwood iniciaron el famoso Cine-club que originó la revista “Ojo al cine”, había reemplazado los cárteles de las películas por un gran anuncio de una de las tantas iglesias cristianas que colonizaban el barrio y la ciudad.

Donde antes había una cafetería ahora funcionaba una tienda de todo a $2.000 y $5.000, o una panadería de cadena con sus grandes vitrinas refrigeradas llenas de coloridos pasteles, o un restaurante. Las tabernas de música de baladas de los 60 y 70s habían sido reemplazadas por refugios para los amantes del  Rock o de vallenatos.

Enrejadas por presión de los atracadores, que como fantasmas llegaban en motos, sobrevivían pocas de las tradicionales tiendas, donde los fines de semana se reunían  viejos amigos del barrio a beber cerveza y Blanco del Valle,  con la banda sonora de la  música de la Sonora, boleros antillanos y uno que otro tango.

 Si, en mi caminar por este sector de la ciudad había vivido su transformación a medida que dejaba de visitarla por años, sobre todo cuando me había cogido ventaja el trago; y cuando regresaba, me sentía despistado, porque habían construido un nuevo puente o rotonda, tumbado grandes casonas para construir bloques de apartamentos, centros médicos y comerciales, y también habían edificado lotes que me servían de referencia en anteriores viajes, cuando no habían entrado en servicio el MIO con sus grandes buses azules.

A la par que la cabeza se me llenaba de canas y las urgencias de los románticos sueños juveniles se atemperaban con los tropezones y aterrizajes forzosos a la realidad que nos hacen dar los años, volví a sentir que me volví viejo sin darme cuenta, porque la vida es un suspiro y los días le duran más a uno cuando está en la infancia y la juventud, pues los pasamos entre el juego, los placeres y la despreocupación; mientras que a medida que envejecemos, asumimos compromisos y trabajamos, los días se nos acortan, a no ser que nos toque un jefe inmamable, en un trabajo de oficina tedioso, o nos toque madrugar a hacer cola, buscando una autorización para conseguir cita o una orden para unos exámenes en una EPSs.

Sí, hoy amanecí recordando cuando frente al parque de las Banderas, me bajaba del bus Alameda o gris San Fernando y caminaba por la 5ª bordeando estancos, cafeterías,  tabernas, droguerías y tapias tapizadas de grandes avisos anunciando los conciertos de grupos de salsa y cantantes de moda, sobrepuestos sobre los del circo Egred Hermanos, los de parques de atracciones mecánicas, eventos deportivos destacados y al cruzar al occidente, pasar por el ya casi vacío y desvencijado Drive in Tropicana y seguir por el pequeño triangulo de pasto delimitado por bordes de cemento que no alcanzaba a ser parque y que después supe, que a mediados de los 60 y principios de los 70, fue sede de una pandilla juvenil, que se enfrentaba a los de Marquetalia, con manoplas, guayas y cadenas, cuando melenudos con bluyines americanos, Ray Bans de lentes oscuros y chaquetas de cuero se disputaban el territorio, imitando a los jóvenes gringos en sus Harley Davidson, que  presentaban en las películas protagonizadas por Peter Fonda, el hermano de la famosa Jane.

Al frente del  lado norte del triangulito, quedaba la tienda de los jubilados que desde las once de la mañana se aplicaban sus tragos dobles de Blanco del Valle, en medio de silencios y charlas. A veces paraba a tomarme uno, cuando llegaba enguayabado, y de pie, frente a la vitrina, escuchaba fragmentos de sus recuerdos en medio de chanceras disputas verbales entre los hinchas del Cali y el América, boleros, rancheras y tangos que salían de la grabadora sintonizada en radio Calidad.

De ahí caminaba cuadra y media hasta la amplia casona sanfernandina de dos plantas, construida posiblemente entre los cuarenta y cincuenta, donde Sergio, el chileno, que había traído “El Pueblo”, a que diagramara el diario liberal fundado para competirle a los conservadores: “El País” y “El Occidente”.

Cuando lo cerraron, a mediados de los 80s, Sergio abrió una empresa de artes gráficas para diseñar y armar periódicos y revistas, como “El Tabloide”, de Tuluá, Proclama del Cauca y “El Caucano”, el ‘cadapuedario’ que yo publicaba, intentado circular cada mes, si la publicidad y la plata lo permitían.

Antes de llegar a la casa donde vivía mi hermano Diego, detallaba que muchas de las viejas casonas las habían habían convertido en hostales para gringos y europeos mochileros, tabernas, cafés y restaurantes.

 Lo mejor es que en la 5ª, en límites entre San Fernando y Miraflores, habían construido el edificio de cinco pisos para albergar la Biblioteca Departamental del Valle, a donde me dirigía para asistir a una sesión de conversatorios y presentación de libros programados en el Oiga Mire Lea.

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Felipe Solarte Nates

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