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Lunes, 5 de octubre de 2026

Cambios universales sin que cambie nada

Revolución francesa
Jorge Muñoz Fernández
MATEO MALAHORA [email protected]

Después de un largo tránsito de ser pescadores, cazadores, nómades y labradores nos convertirnos en seres urbanos.

Construidas las ciudades vinieron las guerras y un nuevo salto histórico nos condujo a ser ciudadanos.

Del garrote, el hacha de piedra, el cuchillo, la daga, el sable y la pólvora pasamos a las armas más sofisticadas.

Para llegar al intercambio de mercancías se necesitaron millones de muertos, tanto que el capital se desparramó por todo el mundo “chorreando sangre”, como argumentaba con irrefutable lucidez el filósofo, abogado y dirigente obrero Carlos Marx.

Fue en un mes de julio cuando la Revolución Francesa consolidó al ser humano, que hoy exaltamos, como el más grande dueño de la emancipación y la soberanía del poder político de los últimos tiempos.

Y ese ciudadano, que en teoría sería libre, cayó en un caos de obligaciones y derechos, de donde como en los arroyos de Barranquilla no se sale sino ahogado, si es que la víctima tiene la oportunidad de ser rescatada.

De nada sirvió el pacto, ese magno acuerdo para vivir en paz, porque en sus relaciones se atravesaron los intereses económicos que todavía mantienen al ciudadano común oprimido, desorientado y confuso.

Revolución francesa

Cayeron los nobles, cayeron los reyes, cayeron los señores, cayeron los aristócratas, cayeron los caballeros, cayeron los hidalgos, cayeron los patricios, cayeron los próceres; hubo tanta felicidad terrenal que los vasallos, los esclavos, los plebeyos, los siervos, los villanos, los infames, los indignos, los sinvergüenzas, los aldeanos, los forasteros, la chusma, los patanes y los campesinos adquirieron el rango de seres humanos.

A toda esa plebe y gentuza que perturbaba el sueño de los grandes se los arropó con la ilusión de que eran individuos y fue tanto el espejismo que los más comenzaron a soñar que habían participado en el entierro de las cadenas.

Y a todos los individuos, narcotizados con poderes utópicos, se les llamó pueblo, y, el pueblo, creyó en la quimera del pueblo, en el delirio de la colectividad sin ataduras, en la soberanía popular, mientras una nueva nobleza económica se apoderaba de la bandera de Eugéne Delacroix, quien al hablar de su portentosa que se admira con enorme f habla sobre su óleo que se puede admirar en el Museo del Louvre de París en 1830 dijo: “He emprendido un tema moderno, una barricada, y si no he luchado por la patria, al menos pintaré para ella”. Fue sincero.

Cómo impresiona y gusta su obra La Toma de La Bastilla: la figura de una mujer conduciendo al pueblo, con un seno descubierto y el pueblo con la camisa rota, pueblo glorificado por escritores, poetas, intelectuales y guerreros, con tanto ingenio que alcanzó soberbias categorías sobrehumanas.

Ya llegaría el tiempo en que al pueblo se le llamó masa y a ese conjunto denso y compacto se le otorgó la categoría de masas.

Sean ciudadanos, sea pueblo, sean masas, millones de seres humanos continúan esparcidos por el mundo, desencantados, desilusionados, hambrientos, expoliados, sin salud, con ira, con enojo, fragmentados, enajenados, luchando o esperando la salvación eterna, como si vivieran en la Alta Edad Media.

Colosal el desencanto universal en torno a la Revolución Francesa: “…la democracia es una cáscara vacía aunque los ciudadanos voten tengan Parlamento”, expresó con autoridad moral Mandela.

Las conquistas logradas por las Comunas de Paris, cuando el pueblo hizo por primera vez su propia historia, han ido cayendo como carne de los leprosos.

Ciento setenta y cinco años después, cuando en julio de 1830 la revolución burguesa puso fin a la monarquía de los borbones con el triunfo de la burguesía liberal en Europa, los nuevos zares del liberalismo financiero, los hijos de la democracia opulenta, levantan murallas para que los irredentos no vean el bienestar de los países poderosos.

Han fallecido los paradigmas sociales y políticos. Los propietarios del universo hablan del progreso sustentable, y en su estrategia de reivindicar el liberalismo global han corrido a declarar que la paz se consigue cambiando la espada, la lanza, el arcabuz y la bomba atómica por el diálogo, sin que cambien nada. Guiuseppe Tomasi di Lampeduza sigue haciendo gatopardismo.

Los grandes laboratorios de opinión no descansan, tendremos nuevos héroes mediáticos y quizá otro “Chapulín Colorado”, el Superman de los países pobres, será asesor de la OEA, para salvar a México y a las naciones de América Latina.

Los nuevos paladines están cerca, tendrán enormes fuerzas y capacidades infinitas, como sustitutos de Zeus, Júpiter, Neptuno y Mercurio, dios del comercio y los ladrones, encarnando la mitología de la globalización económica, con capacidad para viajar a otras galaxias y huir de un planeta destruido por los hombres y mujeres y no por un sistema económico y político basado en la explotación de la especie humana. Hasta pronto.

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