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Viernes, 2 de octubre de 2026

EL CABALLITO DE LA NIÑEZ

El caballito de la niñez

Bulevar de los días - Leopoldo de Quevedo y Monroy

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy.
Loco-mbiano.

El caballito de la niñez
Cabeza de caballito de madera con fondo de la fotografía de mis padres.

Todavía escucho el relincho de los caballitos de madera de cabeza erguida y orejiblancos que salía de la garganta de sus dueños. Veía con ojos ávidos a amiguitos de mis primeros años montando en ellos igual que unos chalanes con zamarros y fuete de los que iban a las ferias y fiestas en la plaza de Villa Gómez, Pacho Cundinamarca.

Me acuerdo del señor Useche, gordo y bajito, recaudador de impuestos de rentas y licores y pagador de los maestros de las escuelas y a don Silvino Rodríguez, un carnicero que tenía su fama a mitad de la cuadra frente a la casa escolar donde vivía con mis padres. También me viene a la memoria la familia Sarmiento que tenía una casa con materas llenas de flores en la ventana. Con algo de envidia de niño veía al hijo de don Silvino correr por la calle a todo trote en su caballito.

No había nintendos, ni celulares, ni whatsapp ni discotecas. Nuestras diversiones eran de una sociedad era algo zoológica pero de madera y hule, como la del soñador Jaime Garzón. Nuestras travesuras infantiles no llegaban sino hasta los estrujones, sustos y pelotazos contra un barranco para quien se pasaba de bobo.

Un día le conté mi ilusión frustrada de tener un caballito, de esos de palo de escoba, a mis hijos y uno de ellos cuando pudo, me sorprendió un día. Me trajo a la casa el caballito tal como yo se lo describí y me dijo: Papá, ahí tiene el regalo que siempre quiso. Disfrútelo ahora, después de tanta espera. Y ahí lo tengo en la pesebrera, en un rincón de mi alcoba. Él intuyó que los deseos de niño persisten y resbalan como el reloj de Dalí sobre la mesa de la imaginación.

Ah, los sueños de un niño. Ah, de la inocencia que no pasa. Ah, de conservar viva la necesidad de cabalgar, de viajar, de oír los relinchos del avión y el galope del bote sobre el agua cuando va Piangüita o a San Andrés o a las Islas del Rosario. Qué sensación más pura y gasto más bien hecho cuando se alquila un caballo marca Airbus A-320 para cruzar el océano y las nubes al lado de Joan Mauricio Jaramillo. Porque también aún hoy, como lo hacía en esos días, alzaba la vista para lograr divisar el avión que ronroneaba en la altura y seguirlo hasta que se perdía en la lejanía…

¿Cuántos de ustedes tuvieron la dicha de un regalo tan brincón y paciente? El caballito iba por alcobas, corredores, comedor y dormía al pie de uno sin espumarajo entre el freno y la lengua. ¿Y a cuántos de ustedes se les privó de este antojo tan barato que producía tanta algarabía?