Aquiles Nazoa


Credo
“Creo en Pablo Picasso, todopoderoso creador del cielo y de la tierra/ creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones/ que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo/ y cada día resucita en el corazón de los hombres/ creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable/ creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa/ creo en la cualidad aérea del ser humano/ configurada en el recuerdo de Isadora Duncan/ abatiéndose como una purísima paloma herida/ bajo el cielo del Mediterráneo/ creo en las monedas de chocolate que atesoraba secretamente/ debajo de la almohada de mi niñez/ creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la música/ yo, que en las horas de mi angustia vi, al conjuro de la Pavana de Fauré/ salir liberada y radiante a la dulce Eurídice del infierno de mi alma/ creo en el Rainier María Rilke, héroe de la lucha del hombre por la belleza/ creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia/ creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar/ creo en un barco esbelto y distantísimo/ que salió hace un siglo al encuentro de la aurora/ su capitán, Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles/ junto a sus sienes un resplandor de estrellas/ creo en el perro de Ulises/ en el gato risueño de Alicia/ en el loro de Robinson Crusoe/ creo que en los ratoncitos que tiraron el coche de la Cenicienta/ en el beralfiro del caballo de Rolando/ en las abejas que laboran en el corazón de María Tinajero/ creo en la amistad como el invento más bello del hombre/ creo en los poderes creadores del pueblo/ creo en la poesía/ creo en mí mismo, puesto que sé que hay alguien que me ama”. Aquiles Nazoa.
Aquiles Nazoa (Caracas, 18 de mayo, 1920; carretera Valencia-Caracas, 25 de abril, 1976), es uno de los personajes más cautivantes de la literatura venezolana y un ejemplar humano de excepción. Poeta, humorista, investigador y periodista, dejó una obra que plasma fielmente la historia de su ciudad. “El transeúnte sonreído” (1945), “El ruiseñor de Catuche” (1950) “El burro flautista” (1958) “Caballo de manteca” (1960) “Mientras el palo va y viene”, “Los poemas” (1961) “Pan y circo” (1965) “Caracas física y espiritual” (1960) “Los humoristas de Caracas” (1972) “Obras completas” Universidad Central de Venezuela, 3 volúmenes (1978-1983) son entre otros, ejemplares de su prolífica labor. Supo captar la psicología del venezolano del común y legar a las futuras generaciones una semblanza sencilla y conmovedora de las plazas y pasajes caraqueños, algunos ya desaparecidos. Exiliado durante la dictadura de Pérez Jiménez, su formación marxista y conciencia social unidas a una percepción inteligente de los valores humanos, lo hicieron un escritor que no dio tregua a los desbordamientos de la burguesía venezolana. Admirador de George Bernard Shaw, William Shakespeare, Hans Cristian Andersen y Wolfang Amadeus Mozart, poseedor de vasta cultura musical, autodidacta y excelente lector de autores en lengua inglesa y francesa, fue uno de los escritores más cultos de su país.
Lo conocí hace mucho tiempo en la vieja casona del doctor Jorge Blanco en la parroquia de La Pastora. Abierto a la tranquilidad de la calle dominguera, se abría el amplio salón acondicionado por su dueño para recibir a los conferencistas y poetas más aclamados de la ciudad. A las once en punto llegó Aquiles, menudo, nervioso, pulcramente vestido. Entonces era el humorista por excelencia, glosador de “Las cosas más sencillas” en su inolvidable programa que los jueves en la noche transmitía cada semana el Canal 5 de la Televisora Nacional. Con voz pausada y clara empezó a hablar de los secretos que guarda el vientre rechoncho de los tinteros escolares. Poco a poco fue tomando vida esa mezcla de resinas, sangre de calamar y pulpo o semillas de nuez que es la tinta, su origen, su infancia de alambiques y probetas antiguas, su abolengo imperial y aventurero. El color chorreaba, corría por el suelo, por el aire. Pequeños duendes rojos y violetas se derramaban en un coro líquido. La tinta cotidiana y alterna, conocida y extraña, mixtura donde el tiempo reivindica “las cosas más sencillas”, se adueñó del espacio en la voz y el conocimiento de un niño prodigioso que se detuvo a la orilla de alguna tarde caraqueña para recoger la esencia de las cosas, guardarla en los bolsillos y echarla a rodar cuando fuera necesario. Una hora duró su exposición. Al final apenas el silencio que precede al asombro seguido de una salva atronadora de los aplausos que constituyen la mejor manera que tenemos para expresar lo que sentimos más allá de las palabras.
Nadie mejor que él supo desnudar lo valioso de la verdad y el patetismo de las vanidades humanas. Como epílogo de este modesto tributo a su limpia memoria, transcribo las palabras de su “Autobiografía”:
“Nací en la barriada de El Guarataro de Caracas el 17 de mayo de 1920. He estudiado muchas cosas, entre ellas un atropellado bachillerato, sin llegar a graduarme en ninguna. He ejercido distintos oficios, algunos desagradables, otros pintorescos y curiosos, pero ninguno muy productivo.
A los doce años fui aprendiz de carpintero, a los trece telefonista y botones del Hotel Majestic y luego domiciliero de una bodega de la esquina de San Juan. Esta esquina que ya no existe, era el foco de la prostitución más importante de la ciudad. Más tarde fui mandadero y barrendero del diario “El Universal”, cicerone de turistas, profesor de inglés y director del “Verbo Democrático”. Durante los últimos diez años me he compartido entre las redacciones de “Últimas Noticias”, “El Morrocoy Azul”, el “Nacional, “Élite” y “Fantoches”.
Alguna vez fui encarcelado por escribir cosas inconvenientes, pero esto no tiene ninguna importancia. Aparte de estos pequeños disgustos, el oficio me ha deparado grandes satisfacciones espirituales y materiales. Mi mujer y yo somos los dueños del único tándem o bicicleta de dos pasajeros que existe en Caracas. Muchos de los comentarios que este extraño vehículo suscita al pasar junto a los grupos echadores de broma, me sirven a las mil maravillas para sazonar lo que escribo”.
Éste fue, a vuelo de pájaro, el caraqueño Aquiles Nazoa. Murió en un accidente automovilístico en la carretera Caracas-Valencia. Su espíritu, hecho a transmigraciones y descubrimientos, cubrió como debía la etapa que le correspondió hilar entre nosotros.




