«AQUIÉTATE Y SABE…»

«AQUIÉTATE Y SABE…»


Cristo dijo: «Cierra la puerta, ora, y el Padre, que habita en lo secreto, te oirá».
Y mírese la relación o semejanza cabalística entre las palabras secreto y sagrado.
Y además dijo: «El que pueda entender, entienda». Entonces, es obvio que las enseñanzas sagradas son incondicionales con el secreto; un secreto místico, para descubrir y vivenciar en intimidad.
Por ejemplo: «Aquiétate y sabe, Yo Soy Dios», dice el conocido Salmo 46. Algo para desentrañar, porque no es obvio su significado. Pues si es Dios quien lo dice, ¿qué es ese dios, y de qué nos sirve, si no sabemos qué es? Palabras gratuitas, si no entendemos su real significado e intención.
Y entonces buscamos otro giro más revelador; leemos esa sentencia como concerniendo a nosotros mismos: es decir, como diciéndose uno, desde sí, a sí mismo: Aquiétate y sabe: yo soy Dios (Me aquieto y comprendo: yo soy Dios). Pero claro, aquí vendrán anatemas del furor, la incomprensión y rechazo general, piedra de escándalo para la multitud, y todo seguirá en la oscuridad.
¿Acaso no dice la Escritura: «dioses sois»? No es soberbia ni falta de humildad; no es un desatino; simplemente es reconocer lo Eterno como esencia y Ser de uno mismo y de todo cuanto hay; si no, nada existiría en la posible dimensión de la realidad.
«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (…) pero las tinieblas no lo comprendieron». Es decir: se hizo carne en cada uno de nosotros, no solo en Alguien que vivió hace 2000 años.
Es indudable: sólo la Luz escondida en la intimidad entenderá y acogerá a la Luz que ilumina las tinieblas. De lo contrario, habitaremos por siempre en «las tinieblas exteriores», éstas que no tienen entrada al verdadero Sancta Sanctorum del templo.
RVQ




