ANTES NO, AHORA TAMPOCO
Tuve la oportunidad de leer el libro “Representaciones e imaginarios sobre la violencia colombiana en la prensa nacional (1990-2004)”, de los profesores Guido Germán Hurtado Vera y Luis Eduardo Lobato Paz, investigadores del Grupo de Investigación en Estudios Sociopolíticos de la Universidad Autónoma de Occidente.
La gentileza con que Hurtado Vera me invitó para hacer un comentario de la obra, fue un trance especulativo íntimo que aspiro superar razonablemente, pues reconozco especial aprecio por el polémico y prolífico autor quilichagueño.
La investigación es una cronología que busca teorizar sobre la competencia del editorialista y del columnista de opinión, génesis, según Hurtado Vera, de las representaciones e imaginarios colectivos entronizados en la sociedad colombiana. Pretende llegar a unas conclusiones doctrinarias que sirvan de orientación a la práctica profesional de los periodistas y su responsabilidad social en un entorno tan complicado y violento como el de Colombia en la última década, y al mismo tiempo, que a partir de la investigación, “la Universidad Autónoma de Occidente se comprometa y participe en el análisis y revisión de alternativas para trasformar nuestros conflictos”.
Al finalizar la lectura y análisis, me sorprendió el extensivo título “… en la prensa nacional” porque la investigación exhaustiva se hizo únicamente sobre editoriales y columnas de opinión publicadas en el periódico El Tiempo durante el período ensayado. No hubo confrontación con otras fuentes, con opiniones emitidas en las revistas Cambio, Semana, o periódicos como El Espectador, por ejemplo, y demás medios regionales que tienen significativa incidencia al hacer cualquier análisis sobre opinión pública.
La generalización que se hace en estas condiciones, a partir de una sola fuente, por más poderosa económicamente que sea, debilita la deducción, simplificando a un mínimo los procesos emisor-receptor, que interactúan en un contexto globalizado donde además intervienen infinidad de factores externos en esa relación directa medio-lector, como la formación y educación de cada individuo, los índices de lecturabilidad propios de cada región, etnia o cultura, el acceso a los medios –que es diferente en cada región-, la indudable concurrencia de las técnicas, desarrollos y dispositivos avanzados que integran funcionalidades de almacenamiento, procesamiento y transmisión de datos, etc.
En este escueto comentario a la obra de los profesores Hurtado y Lobato no osaría demostrar que los medios de comunicación no son los únicos factores que intervienen en la formación de opinión pública, y menos en las representaciones e imaginarios colectivos sobre la violencia; diría con toda sencillez que las representaciones o imaginarios se originan a partir de multitud de componentes tomados de la realidad, pero también de la fantasía y de los prejuicios formados en la tradición del hogar, de los mitos y leyendas, de las instituciones educativas, de las iglesias y religiones, de las campañas publicitarias para generar consumo masivo, del debate político por el poder local, regional y nacional, de los miedos que nos crean las multinacionales para aumentar sus ventas de armamentos y drogas, y obviamente, de los medios de comunicación, entre otros factores decisivos.
Los estereotipos, reduccionismos o juicios de valor que dan lugar a los imaginarios del conflicto armado, son una consecuencia que no solo se da en los escenarios de la guerra sino que en su incremento exponencial contribuyen los discursos y significados de quienes luchan por el poder político y económico, donde la prensa juega un papel importante pero no definitivo o exclusivo, creo yo.
El problema está en la formación de las personas, labor de padres de familia, escuelas y universidades, inclusive de instituciones religiosas y otras entidades públicas y privadas, que cotidianamente ‘forman’ al ciudadano desde que es un bebé hasta cuando aprende a leer y a ‘trabajar’. Cuando se asimila ese cuerpo conceptual y teórico básico surge un ser dispuesto a actuar en sociedad, bien o mal, según esa formación inicial aprehendida; la lectura que aquel ser en proceso de formación comienza a hacer de las realidades de su entorno, irá moldeando las representaciones, actitudes, aptitudes e imaginarios sociales. El individuo llega al cuerpo social con una infraestructura, unos cimientos socio-psicológicos previamente adquiridos, terreno ‘abonado’ para su interactuar público. Luego, la estabilidad de la edificación y de lo que se le vaya cargando en adelante depende de esas bases cerebrales del ser, no de las lecturas de los hechos que hacen los columnistas y editorialistas, quienes seguramente utilizan en su trabajo de opinión ese conjunto organizado y duradero de convicciones o creencias que les inyectaron desde su niñez y en la adolescencia de su formación profesional, pues también han sido víctimas, de pronto ‘inocentes’, de una formación socio-psicológica pre-diseñada para el consumismo violento y para el sometimiento político y económico que ha padecido en Colombia históricamente, no sólo en el período analizado en esta investigación: es cuestión de antes y de ahora.
Entonces, no podemos asumir como doctrina excluyente que “el imaginario social se constituye en un paradigma y en este proceso son vitales los medios de comunicación ya que ellos son los que proporcionan a los individuos casi la totalidad de la información conocida y los elementos culturales, deportivos, sociales y científicos que serán utilizados en su interrelación personal” porque reconoce que el ciudadano no ha tenido una formación previa, que es un ser perfectamente maleable por la mínima opinión que salga en un medio de comunicación, confesando que para que ello ocurra, ese ser fue formado con unos soportes psicológicos y formativos no-sólidos, insignificantes, que lo convierten en una veleta a merced de los vientos que cruzan en todo sentido su entorno vital. Me parece que aquellos conceptos contribuyen a crear otra cortina de humo que no permite ver la génesis del deterioro social que padecemos.
La fuente de los problemas que vive el país no es la variabilidad antojadiza de su normatividad legal, ni la corrupción, ni el conflicto armado, ni el narcotráfico, ni el enriquecimiento fácil, ni el repudiado y degradante sector político dirigente, ni el personalismo, ni la justicia paquidérmica y maniatada, ni la injusta distribución de recursos; todas estas circunstancias son las consecuencias de unas representaciones creadas desde la infancia para que el ser social alcance como sea el ‘éxito’ y pueda llegar a ser todo un ‘triunfador’, como decían los abuelos. Las causas de la histeria colectiva, de la anarquía social colombiana, están río arriba; si el sector formativo de la sociedad ‘educa’ para enfrentar consecuencias seguirán, de manera exponencial, el crecimiento y mantenimiento de las causas, que son el imaginario colectivo original.
Ciertamente los medios de comunicación cumplen una dimensión importantísima del desarrollo humano porque contribuyen con la adquisición por parte de los individuos, comunidades e instituciones, de la capacidad de participar efectivamente en la construcción de una civilización nacional, pero es la predisposición inicial, la formación básica del individuo, el impulso necesario para entender las leyes de la naturaleza y de la sociedad.
Es esa formación básica, hasta la universitaria, si es bien orientada, la que puede arrojar luz a la vida interior del individuo, descubrir su motivación y reproducir un código de ética que pueda guiar el comportamiento humano, de lo contrario, seguiremos siendo testigos de un país atemorizado y anestesiado, mudo y conforme, y quienes pueden contribuir al cambio, contribuyen a la espiral de búsqueda de soluciones a problemas insolubles, en vez de recurrir a las causas que los originan. Por eso, me pareció obligado titular este comentario diciendo que antes no fue posible, pero ahora tampoco.




