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Viernes, 2 de octubre de 2026

ANTE LA LEY

ANTE LA LEY

ANTE LA LEY

Por Jaime Cárdenas.

I.

En principio se nos presenta la imagen de un guardián situado ante las puertas de la ley que están abiertas. Llega un campesino y pide que se lo deje entrar, el guardián le niega el acceso, dice que tal vez después. El campesino echa una mirada y el guardián sonríe y le dice que si quiere puede atreverse a entrar pero que adelante hay guardianes poderosos. El campesino se dice que no había previsto que entrar en la ley fuera tan difícil. La ley debería ser siempre accesible para todos, piensa. Se le da un banco para que espere y así pasan días y años. El hombre le da todo lo que tiene para sobornar al guardián quien acepta la dádiva recordado que la recibe para que él tenga la convicción de que ha hecho lo posible. Entre tanto pasa el tiempo, en tantos años transcurridos a la espera del permiso el hombre conoce hasta las pulgas del guardián y las invoca para que lo convenza de que se le permita entrar. Ha envejecido, ya no ve bien, salvo el resplandor que viene de la puerta de la ley. El hombre presiente que va a morir por lo que llama al guardián y quiere hacerle una pregunta para el crucial.

“Todos se esfuerzan por llegar a la Ley, dice el hombre. ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?”

El guardián se le acerca al oído y casi gritando le dice que esa puerta era solo para él, por eso nadie podía pretender entrar. Acto seguido le dice que procederá a cerrarla.

Este relato, Ante la Ley, es uno de los mejores relatos cortos de Kafka que bien conocía sobre la ley. Como abogado conocía de la ley positiva, la de los códigos, como estudioso del sicoanálisis conocía de la ley de la autoridad, la del padre, como judío sabía sobre la ley religiosa.

En este relato, hay incertidumbre. Pero, así como en la Metamorfosis está la violencia de la familia y de la sociedad actual, en este relato hay no solo estupor sino violencia, infinita violencia, sólo que es una violencia soterrada, solemne, como es el contexto en que se desenvuelve, pareciera que quien la ejerce directamente es antes que un torturador, el emisario del poder que destroza, es un amigo, un protector de un ingenuo campesino que quiere entrar a ley, convencido de que también es para él.

El relato ofrece múltiples lecturas. Se podría decir que el guardián es un ejemplo de cumplimiento del deber, que el suyo era no dejar entrar al campesino que demandó el ingreso a la legalidad. Cabría entonces hacer un juicio y poner en el banquillo al que dio la orden de no ingreso. Cabe pensar que el responsable de no ingresar fue el hombre del campo que estaba obligado por una ética, por un mandamiento de su dignidad a defender lo que consideraba justo, si se asocia, de acuerdo a la visión ortodoxa del derecho contemporáneo, ley a justicia.

(Al campesino, la tradición le ha dicho que su poder cuando no está en la sumisión, en el temor al castigo eterno, está en el soborno, por eso no lucha contra el guardián y le entrega lo que tiene convencido de que podrá entrar en la ley. Pierde, era previsible, en un contexto de derrotas históricas, de la claudicación de quienes dicen representarlo, los que le han inculcado que es posible triunfar con el pacto sucio al que se llega con el sórdido ejército de los guardianes de la ley. El campesino se ha envilecido tanto como el guardián.)

Son disimiles las lecturas de este excepcional relato, Agamben, Derridá, no escaparon a su fascinación, desde el lenguaje dan su propia interpretación. La socióloga argentina Julieta Mira le dedica un sesudo análisis.

II.

Al final de los sórdidos pasillos las Cortes han decidido que la puerta de la ley debe de estar abierta para el tipo de personas como el campesino del relato, con la condición de que se les prohíba su ingreso. Les resulta natural que se lo niegue; mirando su pobre indumentaria consideran una osadía, un gesto de necedad y altanería el que insistan.

Como en las comedidas de los griegos en las que interviene el coro, embutidos en largos trajes, los guardianes de la ley, cual aves de mal agüero, repiten el estribillo con voz gangosa, repugnante: alabado sea el estado de derecho y la democracia.

III.

Desde el trono, se grita: ¡el decreto!

IV.

La farsa es evidente. Debía de empezarse por ilustrar al campesino, al trabajador, a los caídos en desgracia, a los humillados y ofendidos sobre los alcances de la ley, acerca de sus laberintos, de sus aporías, de sus bondades y de sus límites.

Debía de facilitárseles el que hablen en el ágora y que lleguen a tener claro que vale la pena entrar en la ley, aun a costa de su comodidad, puesto que se habían acostumbrado, como en el relato de Kafka, a ver las pulgas del guardián, puesto que el campesino no va a la lucha, el derecho de resistencia y de rebelión que acuñaran las constituciones al inicio de la modernidad no cuenta hoy en la mente del hombre del campo, es un derrotado histórico, pero él forma parte del núcleo social que puede transformar la visión meramente kelseniana que reduce la ley a su validez, a la formalidad en su producción que admite todo tipo de malabares, para rescatar sus contenido transformador, emancipador.

Y el peligro indiscutible. En los albores del nazismo, tal como lo analiza con detalle Wilhelm Reich, se invocó el carácter revolucionario del nacionalsocialismo, se buscó cooptar con programas y consignas a los obreros industriales, cuidando siempre de no presentarse argumentos sino de apelar a los sentimientos, al componente emocional de las masas. La historia se repite.

Debe surgir desde la misma pedagogía y al fragor de una filosofía política coherente un pueblo culto que decida autónomamente acudir a una consulta. Al realmente existente se le exalta para que vote sobre un cuestionario de gran pobreza en cuanto hace a los derechos que se exigen, todo ello dentro de su instrumentalización que deviene de la cercanía del tradicional juego electoral. Debe surgir un conglomerado social que luego de estudiar y discutir en el ágora la viabilidad de la asamblea constituyente se decida a su instauración como quiera que es el único camino para poder ingresar a la ley.

V

Ante las puertas de la ley llegó la familia de un trabajador al que se le ordenó por las autoridades viales que despejara la vía que el invierno cerrara. Por años la puerta del Tribunal Administrativo de Popayán permaneció cerrada, no se la dejaba entrar. El magistrado Jairo Restrepo Cáceres veía indiferente que los demandados se escabulleran protegidos por las argucias de la ley, no se los encontraba. Así pasaron años, finalmente dijo que la culpa fue del trabajador. El magistrado Nicolás Yepes Corrales del Consejo de Estado fue el encargado de cerrar la puerta de la ley. Es cierto, dijo en su sentencia, el trabajador fue temerario, no debió ir por su cuenta. En otros términos, sin que nadie le dijera que fuera a enfrentar solo el derrumbe, por su propia iniciativa, dicen los dos guardianes de la ley, el trabajador tomó la decisión de suicidarse en el derrumbe.

Para el poderoso consorcio demandado la sentencia no les produjo novedad, contaban con que saldría a su favor. Pero no esperaba tanta justicia impartida por los guardianes de la ley la humilde familia del trabajador que murió sepultado por toneladas de tierra.


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