
Ver cientos, miles de tractores que paralizan Bruselas, campamentos universitarios que se multiplican de Madrid a Berlín, marchas que cruzan cien ciudades estadounidenses en una sola semana, jóvenes que se suman en una gran movilización física y en redes sociales para darle el triunfo a Lula en el Brasil, son eventos que están ocurriendo con una velocidad que desconcierta a los analistas.
Este vértigo audiovisual de millones de personas movilizadas en las calles del mundo da la sensación de que el planeta entero ha entrado en combustión simultánea. Pero, como lo sostuve en la reciente edición de La Conversa de Fin de Semana, no estamos ante una única ola revolucionaria global y uniforme; estamos ante olas temáticas discontinuas, con sus propios picos, valles y bases sociales profundamente heterogéneas, que comparten el miedo a un futuro que se ha vuelto ilegible.
Al revisar la literatura sobre protesta durante los últimos seis años, encontré un punto en común que conviene no perder de vista: la economía, por sí sola, no explica los estallidos. Desde mi humilde opinión, resulta claro que el desempeño macroeconómico predice débilmente la ocurrencia de protestas; lo que predice mejor quién sale a la calle son las actitudes, las identidades y las redes organizativas. El caso alemán de 2022 es elocuente. Veamos el asunto: una crisis severa del costo de vida generó mucha simpatía, pero solo una participación moderada, porque faltó una oferta ideológica y organizativa capaz de canalizar ese malestar de forma masiva. Resulta entonces que la presión económica importa, sí, pero en la actualidad protesta más quien puede organizar el descontento, no quien simplemente lo padece.
Sin embargo, no se puede negar la percepción que muchos tenemos, relativa a que hay algo que la economía sí está produciendo y que las cifras agregadas no capturan: una precariedad que se ha vuelto existencial. Afortunadamente, los estudiosos nos dan algo de razón. Miremos. El informe sobre el estado de la sociedad civil de CIVICUS señala que la brecha de riqueza sigue ampliándose, la reducción de la pobreza global se ha estancado y la exclusión económica está alimentando volatilidad política y protestas, con los jóvenes a la cabeza.
Esta sesuda observación de CIVICUS es corroborada en la realidad del ciudadano de a pie, en Cali o en Madrid (España), cuando vemos a jóvenes ( y unos no tanto) que salen de las universidades con un título y pocas perspectivas, enfrentando años de dificultades para subsistir; la automatización y la inteligencia artificial amenazan con reducir aún más sus oportunidades; y, en muchos países, los jóvenes se enfrentan a la perspectiva de no poseer nunca una vivienda, destinando una proporción creciente de sus ingresos al alquiler. No es solo pobreza, ya de por si grave y generalizada ( a pesar de que la realidad virtual de los medios insiste en decir otra cosa); es esa frustrante sensación de que el esfuerzo ya no garantiza nada.
Siguiendo con mi decisión de buscar en la prensa diferente a la de MAGA, AIPAC, PRISA, Gilinsky, Sarmiento Angulo o Ardila Lule, me topé con un análisis de Xinhua sobre el auge de la extrema derecha que resultó esclarecedor. Decía el texto que el ascenso de la derecha, en su versión cruda, es el resultado de la presión de los problemas económicos, la inmigración y la seguridad, pero, sobre todo, de la acumulación de un déficit de confianza en los partidos tradicionales (cualquier parecido con lo que pasa por acá: No es coincidencia). Resulta que la extrema derecha se moviliza con enorme eficacia en lo que llaman la “política de ansiedad”. Por ejemplo, en Alemania, la AfD ha sido extraordinariamente exitosa en instrumentalizar el descontento y la rabia al echar mano de la alta inflación, el estancamiento de la inversión pública y una profunda inseguridad sobre el futuro, como caldo de cultivo ideal para sus debates de envidia y sus escenarios de odio electoral canalizado.
No se necesita un PhD en ciencias políticas para advertir que no es un fenómeno aislado; basta con mirar el comportamiento de Vox en España, Alternativa para Alemania, pasando por el MAGA estadounidense o el partido japonés Sanseito, para darse cuenta de que estas fuerzas han convertido la “amenaza identitaria” en su bandera, articulando agendas antiinmigración, antifeministas y contrarias a las políticas de diversidad. Y aquí es donde entra en juego el ecosistema mediático. Sería ingenuo atribuir todo el fenómeno a un puñado de líderes carismáticos, porque la extrema derecha no opera en el vacío; se apoya en una infraestructura digital y mediática que amplifica sus narrativas y las legitima.
Aquí entra en juego la prensa corporativa, o como la llamamos en Colombia: La Gran Prensa, a través de un mecanismo de “lavado bidireccional de narrativas”, que se logra a partir de contenidos generados en plataformas digitales que dizque se infiltran en medios convencionales y que, por arte de magia, adquieren la cobertura de estos últimos, en donde se recontextualizan estos discursos para dotar de legitimidad a las narrativas de irracionalidad y de odio de los ecosistemas extremistas. ¡Exacto! Estimada lectora o lector: No es simple desinformación; es una arquitectura operativa que permanece activa y es replicable cada que se necesite, por ejemplo, en elecciones o para tapar los escándalos del poder.
¿Y las protestas? También han cambiado. Ya no responden al eje izquierda-derecha clásico. El telón de fondo es el de una crisis de las democracias liberales de Occidente soportadas en el capitalismo. El informe V-Dem de 2026 es categórico al afirmar que no estamos ante una simple “fatiga democrática”, sino ante una nueva era de autocratización; por primera vez en más de medio siglo, Estados Unidos ha perdido su estatus de democracia liberal y, a finales de 2025, el mundo registraba 92 autocracias frente a 87 democracias. La censura de medios sigue siendo la herramienta más extendida de ese retroceso, junto con la represión creciente de la sociedad civil.
Con este panorama, la pregunta que me ronda no es si habrá nuevas protestas: ¡Claro que las habrá! La cuestión es: hacia dónde se recompondrá el equilibrio ideológico. Los nuevos actores sociales, como los inquilinos organizados, los movimientos climáticos, campamentos propalestinos, juventudes desencantadas, etc., han demostrado una enorme capacidad para imponer agendas y para obligar a los gobiernos a reaccionar. Pero también han demostrado que su fuerza es episódica y fragmentada y que la extrema derecha sabe transformar ese malestar difuso en votos y en poder institucional.
La incertidumbre general de las sociedades es sobre si las instituciones democráticas liberales conservan la capacidad de procesar el conflicto social o si, por el contrario, asistiremos a una recomposición permanente de fuerzas librada en el espacio público, con una ciudadanía cada vez más movilizada y un modelo socio económico, como el capitalismo, cada vez más en crisis. El miedo al futuro se ha convertido en el principal organizador de la política de nuestro tiempo.
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