AGUACATES, AGUACATES, A MIL, A MIL



Le arreglo la depresión…
No se estrese, vecina.
Llegó el experto en arreglar
los aparatos que no funcionan
…
Invierta unos pesitos,
yo se los dejo para estrenar
…
Frag. del poema en Apartamento con ventana de G.M. Medina
Está pasando, allá abajo, bajo mi ventana: el voceador diario que ofrece la verdura más nutritiva de un sano menú. Es uno de tantos vendedores a voz en cuello de los que emplean la bicicleta con una canastera para ofrecer productos y ganarse lo necesario para subsistir.
¿Dije subsistir? Sí, efectivamente. Ya llegará luego Martha Rentería Mosquera – oh, ya llegó – con su platón sobre la cabeza gritando sonora: Agua-cate… aguacateeee, cateeee… teeee…, como dice el poema de mi novia Gloria María Medina. La última sílaba se alarga y fenece tan pronto la magra y pequeña vendedora se pierde cuando tuerza la esquina. Y llegará hoy viernes el muchacho risueño que ofrece el exclusivo champús con vendaje, una palabra prestada de Cundinamarca que equivale a un poquito más de lo mismo, de regalo o encime.
Subsistir… me está sonando y retumbando hace tiempo en el inconsciente. Es una palabra castellana casi infame, para designar el estado cercano de inanición y hambre de muchas familias de una ciudad. Así existen los vendedores de escobas, trapeadores, estropajos que llegan con sus bocinas improvisadas, los afiladores de machetes y cuchillos, los recogedores y reparadores de ollas de presión, que le arreglan «la de-presión» a las amas y a también a los amos del hogar.
Poco a poco han ido despareciendo los tradicionales voceadores de El Tiempo, El Espectador y El País. No, no se han acabado estos diarios en papel, tan útil para los quehaceres de la casa, como para matar moscas y limpiar vidrios. Es que ya existe la internet y ahí uno puede leer cuanto periódico hay en el mundo. Le Figaro, Semana, El País de España y todos los de EE. UU y Europa. No hablo de Asia porque para qué si no hablamos por acá turco, ni sirio, ni yugoslavo, ni chino o japonés. No habría tiempo, tampoco.
Afortunadamente los aguacates, el delicioso champús, los pandebonos, nos los traen hasta la puerta y tan baratos estos sencillos voceadores de a pie o en bicicleta. Claro que algunos hacen una bulla con altavoces, a veces insoportable por la repetición. Como el que se acerca en este momento: la competencia del primero que pasó con aguacates.
Hay otros ruidos ambulantes que pasan por nuestra calle y vecindario: son las chivas rumberas que llevan 20 parlantes y una consola potente que llena todo el barrio a las 11:30 de la noche, cuando empieza la hora de dormir. Salta uno en su cama, de terror porque piensa que es un motín. Suenan gritos, tambores, platillos y se oye el tintín del chocar de las botellas de ron y aguardiente. No ofrecen dulces ni galletas ni brindan un bienestar. Son explosiones de euforia, calor de garganta y mente caliente. Nadie los sale a ver. Nadie los puede controlar.
Que vuelvan el aguacatero, la magra y pequeña, el afilador y que se acerque a la puerta el del champús y la mazamorra que dan color y sabor al folclor. Ellos alegran el medio día, llenan de paz el paisaje y luchan por subsistir en medio de tanto banco, tanta corrupción, tanta burocracia oficial y tercerías, a pesar de una Mintrabajo exizquierdista.



