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lunes 29 diciembre, 2014 a las 1:44 pm

AGUA Y VINO, VIDA Y HERVOR

Dionisos

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Dionisos
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

Tener el ser humano acceso al agua no es un privilegio, es una necesidad. Y, entonces, brota de entre las peñas, salta en los géiseres, pace en las lagunas como la vaca en el valle y se deslíe en la mana o baja de las nubes o se revuelca en el mar inmenso a su antojo.

Pareciera que el agua nos persiguiera en los ríos, cuando pasamos a su lado y que nos pidiera auxilio cuando se seca en la aridez de las montañas deforestadas y la tierra se convierte en erosión. En la literatura se le llama líquido vital porque su existencia es necesaria para la vida. ¿Qué fuera del Universo sin este elemento?

Sin agua no germinarían las semillas, no habría árboles ni hierba, ni frutas, ni verduras, ni nubes, ni rocío en la mañana, ni lluvias que consuelen al verano y al calor y que calme la sed. No habría sábanas limpias, ni ropas con olor a salud y frescura. Todo sería árido, desierto sin oasis, volcán ardiente y lava seca.

El agua nos lava y purifica, nos forma una capa de protección sobre la piel, nos proporciona el alimento diario y nos salva en la inanición. El ser humano sería incapaz de vivir sin este elemento saturado de misterioso valor sanativo y nutritivo. Un vaso de agua puede salvar la vida y sostener la esperanza de un caído en medio de un socavón.

Y el vino, ahhh…, el vino. Esa otra bebida, ese otro líquido que fabricó Noé en la barca y lo libaron los dioses en el Olimpo mientras Euterpe y Calíope ejercían sus artes. Bienaventurados la vid y sus uvas, el lagar, las noches en toneles, las copas en que se sirve el vino y los labios que lo gustan.

Si el agua permite vivir, el vino hace volar, hace hervir el ánimo, potencia los sentidos, eleva la inspiración y quita el freno a la imaginación de quien lo liba. Sea un vino tempranero o un añejo, uno blanco o bermejo, dulce o seco, lleva en sus entrañas un duende o genio que de la botella o tinaja sale generoso y penetra en la sangre del que lo bebe. Hasta Jesús en una boda lo buscó en vano y pudo, entonces, convertir la ansiedad en gozo.

El agua calma y sostiene, el vino impulsa y hace correr y hasta se puede caer en el precipicio si se abusa. Porque el vino se hizo para los dioses que eran inmortales. Ellos lo cedieron al humano mortal para que gozara de la alegría y el dulzor de la pasión que ellos inventaron.

El vino pone alas en los brazos, en la espalda, en los pies y dota de una lente gigantesca en los ojos de quien lo toma. Hace que el bebedor entre en un estado que lo asemeja a Dionisos, a Eurídice y Orfeo y pueda bailar, retozar, que las palabras salgan fluidas de su boca y que broten metáforas, imágenes, ditirambos y epigramas y pueda alguien subir al Parnaso o bajar al Hades.

27-12-14                                        11:56 a.m.

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