ADICCIONES

ADICCIONES
Por Jaime Cárdenas / Fue en el año de 1884 cuando Sigmund Freud empieza a interesarse por la cocaína. Advierte que puede servir para calmar el dolor físico y al experimentar su consumo considera que el dolor psíquico puede ser también desplazado, incluso acepta que puede ser un vehículo para combatir el hábito de la morfina. Son diez años aproximadamente en que el joven científico, para ese entonces interesado en la neurología, hará uso de esta droga. Coincide su abandono con el encuentro de la palabra como el instrumento fundamental de la cura psíquica, vale decir, en el momento en que funda el psicoanálisis.
Viene entonces una extensa y profunda producción intelectual, todo lo cual lo lleva a situarse junto con Marx y Nietzsche como uno de los grandes pensadores del mundo contemporáneo. En esta nueva etapa de investigación Freud apunta a que la adicción a psicoactivos busca apagar el peso de las angustias y sufrimientos de la vida y que es un desplazamiento del placer erótico, una forma de suplantar el deseo. Lacan retoma el criterio y señala que las adicciones son la supresión del otro; todo el deseo, la libido, la energía de la satisfacción del deseo se revierte al yo. Si la droga me da placer entonces los demás sobran, sería el razonamiento.
El consumo de sustancias psicoactivas no lleva necesariamente a que el individuo llegue a la adicción, momento en el cual la droga lo domina. Freud lo vivió y lo argumentó en diversas obras.
Por otra parte, el uso de las drogas tiene valoraciones diferentes en la cultura. La historia registra el uso de sustancias denominadas psicoactivas a través de los tiempos. En el pasado, en Roma, se consumía como un hecho normal el opio y en las culturas indígenas sustancias de gran potencia en la transformación de la percepción como el peyote o el yagé se han utilizado siempre. En una ceremonia de yagé en el Putumayo profundo pude observar como a los niños se les suministraba una pequeña cantidad, de manera que su uso se entiende en algunos pueblos aborígenes de la amazonia como algo normal y saludable. Por el contrario, los rusos prohibieron el café en el siglo XIX por encontrarlo adictivo y en Estados Unidos en pleno siglo XX se prohibió el whisky. Hay artistas que han enriquecido su visión con sus viajes, hay quien probó una vez y abrió las puertas del infierno y nunca más pudo salir.
El riesgo de la adicción está determinado por el universo psíquico del individuo que consume la droga y no por su esencia. Es por ello que Antonio Escohotado, investigador profundo del tema habla de que las drogas son neutras y retoma el concepto griego de Phármakon que las concebía como medicina y veneno, las dos cosas a la vez.
Desde otra perspectiva podemos ver que existe el criterio sensato de que los estados, las instituciones de salud deben de informar con objetividad y buena ciencia lo concerniente al vasto universo de las sustancias psicoactivas para que los jóvenes y en general la población sepa de qué se trata, para que tenga de presente que siempre hay límites. Es posible que no se disuada del uso de los estupefacientes, pero sí que se creen muros de contención en las mentes de los jóvenes que se deciden a obtener gratificaciones de la química operando en las zonas de placer de la corteza cerebral.
En una sociedad democrática el respeto por la persona que decide hacer uso de las drogas no puede tener discusión y se debe de considerar que se trata de una decisión que forma parte de su intimidad, un derecho fundamental. La intervención de terceros, del Estado, solo puede darse en la medida en que el consumo perjudique efectivamente a otras personas, o que el usuario considere que requiere apoyo, encuentra que vive una adicción nociva. Solo en una sociedad arbitraria, oscurantista, se acepta el desprecio, la persecución legal y la estigmatización hacia el consumidor o el adicto.
En el momento en que se vive en Colombia el ataque al presidente por adicción a la droga, que puede ser real o ficticia, es una muestra del atraso de quienes han gobernado y nuevamente, al mejor estilo de los fariseos, se convierten en los guardianes de la moral y en peritos toxicómanos.
En una sucesión casi ininterrumpida en más de medio siglo los presidentes han estado cerca del narcotráfico, tanto por ser hija su elección de este negocio como por haber formado parte de su mafia. Han estado ligados a crímenes de lesa humanidad, han saqueado vorazmente los recursos de la población contando con la impunidad que viene del diseño de la administración de justicia, han sido ineptos, incultos, ajenos a los valores de la democracia. El titular de las acusaciones al presidente de Colombia no ha escrito una sola carta censurando estas conductas delictuales olvidando que su acusado y de buena fe, quiso que pusiera sus conocimientos al servicio del país, nada menos que le confirió el honor de ser el intermediario con los países del orbe. Así es su clase, así han sido los dirigentes de los partidos, pensamiento cavernario y adictos a la violencia, desleales, sin escrúpulos.
Tiene la infame misiva una curiosidad: ser apología de la droga, en cuanto que al censurado lo ha acompañado virtudes indiscutibles: honradez a toda prueba, capacidad de estudio y de exposición, ideales de transformación, señalamiento de las injusticias y de las corruptas conductas de los agentes del Estado. Si el consumo de droga origina estas consecuencias, cualquiera se preguntaría: ¿Qué están esperando los colombianos y las colombianas?
La adicción del presidente de Colombia real y lamentable es con la clase social de la que forma parte su excanciller. Con esas élites ha urdido un pacto a todas luces inaplicable. Con ellos ha gobernado. Y con la mediocridad de sus antiguos amigos, a quienes los subió a las altas esferas del Estado, sin reparar que solo el afán de lucro los anima y que cualquier ideal altruista estaba sepultado hace tiempo. Subió a dedo a la mediocridad excelsa de los congresistas que por igual son ineptos y ambiciosos, negociantes. Basta ver a quienes se fungen como dirigentes campesinos. Todos ellos plegados a las envidias, a las vanidades y como sus aparentes contradictores ideológicos, carentes de formación política y humanística. De todo ese grupo escogido se salvarán dos o tres.
Paradójicamente, de manera inexplicable el presidente desdeñó a toda una generación preparada académicamente, culta, ética, hizo a un lado a dirigentes de organizaciones con gran tradición de lucha, leales a los principios que ampulosamente se expusieran en campaña. Siempre con el pueblo, pero con la condición de que no entre en la casa, a la casa solo entraron los que han convertido este país en un Estado fallido, en una sociedad en la que es un sacrilegio que un joven fume un cigarrillo de marihuana, y sin embargo hay indiferencia cuando se sabe acerca de los orígenes de la riqueza mafiosa de los amigos del excanciller, al enterarse que mueren niños de desnutrición o al ver que crecen entre la violencia y la ignorancia.
Hoy Gustavo Petro está pagando las consecuencias de esta verdadera y triste adicción.
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