A vuelo de plumas (3)


Foto: CCCB
A vuelo de plumas (3).

En esta tercera y última entrega de los ‘vuelos’, dejaré que el lector se deleite con las plumas de aquel espléndido periodismo de las décadas 60 y 70 del pasado siglo. Tres son los periodistas invitados: Silvio Villegas (1902-1972), el libro evocado es Obra literaria (Colcultura, 1972); Eduardo Mendoza Varela, libro Cruz y raya (Colcultura, 1973); y Calibán, en La danza de las horas (Colcultura, 1972).
Silvio Villegas, manizalita graduado de Derecho en la Universidad del Cauca, hizo del periodismo su pasión. Fue también un humanista íntegro, vivía en olor de libros, y grabó esta sentencia: “Una de las obras de misericordia es darle de leer al lector”. Esa sensibilidad se palpa en el siguiente texto.
«Lo poco que tengo de greco-latino se lo debo, además de las lecturas de la adolescencia y de la juventud, a Popayán. En la ciudad letrada se han formado sucesivas generaciones caldenses que allí conocieron, mejor que yo, el milagro griego. Rafael Maya es bastante más greco-latino que yo, para perdurable gloria de su nombre. Él sí tiene una sólida cultura nutrida en la savia clásica».
«La labor del periodista puede ser menos efímera de lo que generalmente se piensa si está encaminada a formar la conciencia pública y al servicio del ideal».
«Es siempre útil hacer un esquema de lo que se pretende decir; pero pensar, lo que se llama pensar, no he podido hacerlo nunca sino frente a una página en blanco».
Calibán, uno de los llamados ‘decanos del periodismo’, evoca en su columna “Del estilo” a un genio maniático del estilo, Gustavo Flaubert. A nadie en este mundo hace pasar una mala noche un adjetivo, solo Flaubert era víctima de ese karma. De eso habla la siguiente anécdota.
«Cuenta Turgueneff en sus memorias que una vez recibió la visita de Flaubert, en momento en que redactaba una carta de recomendación para un ruso amigo suyo, y como hubiera puesto ya el verbo “encarecer” le pidió al ilustre novelista un sinónimo. Flaubert tomó la carta, meditó largo rato; luego pasó a una estancia y duró allí encerrado una hora. Turgueneff, alarmado, entró a ver qué pasaba y halló a Flaubert cubierto de sudor, con la pluma en la mano. Trataba de buscar un sinónimo armonioso y no lo hallaba. “Es imposible, dijo, en tan corto tiempo encontrar la palabra precisa. Mañana volveré”. Y se fue llevándose la carta».
Comenta Eduardo Mendoza Varela que Maximiliano(*) fue uno entre tantos excelentes escritores extraviados en la política. Con la siguiente anécdota, tomada del Diario, el lector juzgará qué tanta verdad hay en la frase anterior.
«… De pronto alguna cosa cruzó frente a mí, rápida como el pensamiento. Mis sentidos iban tan alerta que no se me escapaba nada, ni un movimiento, ni un ruido. Otra vez vi pasar frente a mí aquella cosa rápida como un relámpago, la vi subir y bajar. Y al fin, tras un ir y venir continuo, y siempre con igual presteza, el movimiento se concentró en una liana, muy cerca de mí. Era una vibración incesante, un zumbido, una oscilación mil veces repetida. Se diría un pensamiento atrapado al vuelo y encerrado en una palpitación de alas, flotante y suspensa en el espacio. Arrobado y estático, me concentraba en presencia del primer colibrí que me fue dado ver en mi vida».
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(*) Maximiliano (Viena, 1832 – Querétaro, 1867), emperador de México (1864-1867), nombrado por Napoleón III. Sitiado por las tropas de Juárez, fue fusilad o en Querétaro.
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