IVÁN VALENCIA, PINTOR DE LA POÉTICA URBANA ESTADOUNIDENSE


Las ciudades modernas se cubifican en su ascenso vertical en proporción geométrica a su desarrollo urbanístico. Encontramos en ellas un caleidoscopio de planos multiplicados en series que se difractan en volúmenes enriquecidos en sus contrastes; sombras proyectadas en su alargamiento de altivas moles de concreto, columnas verticales de cristal, cilindros de aluminio que encandilan la mirada del espectador. Las ciudades capitales de Estados Unidos son arcanos geométricos donde -en la medida de la percepción, análisis y síntesis- los artistas plásticos contemporáneos descubren una cantera para extraer su capital visual, y así revelar en su nueva mirada sus secretos de ciudad.

Iván Valencia (Popayán-Colombia), radicado en los Estados Unidos desde hace cuatro décadas, ingeniero graduado con honores en la Universidad del Cauca, facultad de Ingeniería Civil, renunció a la vorágine monetaria de la oferta y la demanda, para consagrarse a su proyecto de vida que es pintar, así como respirar y enriquecerla a través de su sensibilidad al canalizarla en la expresión plástica, fruto de insondables lecturas sobre la historia del arte, su entrañable amor por la docencia ejercida en su tierra natal como formador de talentos jóvenes, su inclinación al cine, la música clásica, las lecturas de autores contemporáneos. Posteriormente al radicarse en los Estados Unidos, sus constantes visitas a los museos, su deslumbramiento ante las retrospectivas de los grandes maestros, complementado su quehacer pictórico con viajes a Oriente, Sud América y, el Viejo Mundo, sedimentaron su sensibilidad con su acumulación de dibujos de viajes y bocetos preparatorios, ya que su oficio lo impele a llenar libretas de apuntes que lo llenan de regocijo interior.
Iván Valencia, en sus obras de las últimas décadas ha llegado a una sabia decantación de todos sus saberes, percepciones y expresiones, al lograr en esta temática, después de su experimentación décadas atrás con el expresionismo abstracto, el rigor del dibujo clásico aplicado al retrato, el manejo de la acuarela y la plumilla complementado con el pleno dominio del óleo. Gracias a este lento proceso ha concretado una poderosa síntesis plástica urbana, resultado de su ilimitado dominio de los recursos técnicos, sumados a una sobria paleta que no se desborda en efectismos, sino en mesurado dominio cromático expresado en su materia pictórica, que fluye como una melodía plástica de suaves ritmos compositivos, texturas táctiles en sus planos geométricos de la ciudad, que se expande en sus monumentos escultóricos, plazas, avenidas, calles, y detalles de ventanas, etc.

Al mirar retrospectivamente la historia del arte urbano, comprobamos con asombro el descubrimiento de perspectivas medievales de ciudades encantadas como las de Vermeer y Canaleto, con el asombro arquitectónico de Amsterdam y Venecia, los detalles de las vestimentas de sus transeúntes detenidos en un tiempo inmemorial que los artistas del Renacimiento inmortalizaron al plasmar las ciudades de origen. En ese gran salto del tiempo y del espacio abordamos el Impresionismo y sus epígonos que asumieron a la ciudad como protagonista de sus investigaciones cromáticas, creando una gran fisura en el punto de quiebre de la percepción atmosférica, que es el mismo áureo poético de las urbes plasmadas en sus cromáticos parpadeos de la luz. O el desvertebrar de la visión constructiva del futurismo al estremecerlas en un vertiginoso dinamismo. Y posteriormente la reconstrucción el cubismo analítico y sintético en su visión simultánea de planos entrantes y salientes en una unidad visual intelectualizada en la percepción geométrica de la realidad.

Como corolario apreciamos en el conjunto de obras del maestro Iván Valencia, una apropiación de técnicas de los maestros anteriormente anotados, y en sus síntesis más acabadas de los hiperrealistas contemporáneos sin dejar de mencionar a Edward Hopper, que enriquecieron su percepción de la ciudad como todo un acervo visual, que de una manera personal muy mesurada, dejando de lado lo aleatorio y circunstancial, con su paciencia casi benedictina que recuerda a los ilustradores iluminados medievales en su lentitud de copistas e ilustradores de libros sagrados, de espaldas al éxito y la consagración de las efímeras modas.



