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martes 27 diciembre, 2016 a las 9:36 am

¡NAVIDAD!

navidad
Bulevar
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
navidad
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Navidad es una palabra grata. Es un juego de letras que nos recuerda la niñez. Es nacimiento, hogar, es compartir, sencillez y sentimientos sonoros que cosquillean por dentro. Es tiempo de mirar estrellas, de viajes, de silencio a través del desierto. Es toparse con pastores, con panderetas y saltitos en la calle, de vacalocas, triquitraques, caretas y villancicos tiernos.

La palabra invita a despojarse de la cara de seriedad para hacerse niño otra… y otra vez. Navidad suena a viaje a Belén, y también vuelta a casita, en diminutivo. El hogar de uno sabe a miel, a arepa, a maíz, a olores que salen de los rincones, del patio de atrás, del horno de barro y la huerta o el jardín. Y hay que volver allí, aunque sea con la imaginación.

Navidad quiere decir campanitas que saltan y ríen. Su ding-dong no molesta, el sonido es dulce como el manjar blanco o arequipe que se bate en fondos de cobre con cagüinga por estos días. Por todas partes llegan pastores en las emisoras y hay canciones que nos recuerdan ocasiones y a seres que ya no están con nosotros pero que son parte de la estación más ensoñadora del año.

La palabra viene de natividad. De nacimiento. Cada año nace una nueva esperanza, cada fin de año es una oportunidad de volver a ser niño. Aunque uno no sea rezandero, da placer que en iglesias suenen las campanas y que en las unidades residenciales celebren la novena de aguinaldos.

Sí. De aguinaldos. Se perdieron detrás del tiempo las apuestas pajita en boca, estatua, hablar y no contestar, para luego cobrar con alegría al que perdió: “mis aguinaldos”. Tal vez hemos perdido esta inocencia y este ser niño con detalles sin malicia ni desacato entre niños, jóvenes y adultos. Los hemos cambiado por regalos de marca, para darle gusto al comercio y a las multinacionales.

Ahh… de la Navidad. Es un sueño de niños que resurge al fin de cada año. Es una y otra oportunidad para mirarnos por dentro y sacar de allí al niño que está escondido. Podemos tener la edad que tengamos, pero el niño que fuimos está acurrucadito allá en el fondo de nuestros recuerdos y afectos. No es una celebración de tinte religioso. Es una época de paz, de castañuelas, de melancolía hecha ingenuidad, de abrazos apretados, de salir al supermercado y comprar un mínimo detalle para el amigo, la mamá, el hijo, la novia o la madrastra.

En la Navidad no cabe el alejamiento, el rencor o dejar para después. Es el momento adecuado para mirarse a los ojos, para perdonar, para olvidar lo que pasó, para dar el abrazo más largo de la historia de cualquier otra Navidad.

Entonces, afloran los sentimientos de acercamiento, de familia, de amistad, se refuerza el amor y renace la paz tan escasa hoy en día. Dar y darse, tener en cuenta al otro es el mejor regalo. Una simple llamada, un guasap o una invitación a tomar café.

25-12-16                                         8:39 a.m.

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