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sábado 5 noviembre, 2016 a las 10:44 am

Sobre la paz imperfecta

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Jorge Muñoz Fernández
Mateo Malahora

Los colombianos hemos hablado en demasía sobre la paz porque no soportamos la guerra. El conflicto lo han sobrellevado los que mueren y combaten en el campo, lo demás es la consecuencia de una guerra de baja intensidad sostenida por intereses foráneos, una guerrilla sin esperanzas de tomarse el poder y un Estado fuerte pero intimidado por la clandestina operación bélica de la insurgencia.

Medio siglo en que no hubo territorios liberados, apenas cotos cercados por minas antipersonas y esporádica toma de poblaciones inermes.

Tiempos en que el secuestro, “toma de rehenes”, para dar presunción que se trataba de aplicar el Derecho Internacional Humanitario, crimen de lesa humanidad, como práctica guerrillera despiadada, terminó la fatídica experiencia con en el repudio de la población civil, cualquiera que fuera el “retenido”.

La propia guerrilla de las Farc lo ha calificado como un error injustificable y le han dicho a la nación que no debió ocurrir esta ignominia.

Ahora se palpa un sentimiento promisorio de paz y los grupos que causaron catastróficas ruinas ambientales y dolor en numerosas familias, han empezado a recorrer de buena fe por los caminos democráticos.

No consiguieron cambiar la sociedad con las armas y nunca pudieron llegar a ser regimientos populares, salvo incursiones del M19, que dejaron en la población simpatías por su carácter nacionalista y popular, como lo demostraron en las urnas.

Sobre la paz, que está “ad portas” de nuestro país, lo único aceptable en su clasificación política y social, es el advenimiento de la paz imperfecta, cuyo más estacado exponente en la actualidad es el académico investigador español Francisco Jiménez, de enorme impacto iberoamericano, cobrando especial importancia las investigaciones realizadas por el docente Francisco Muñoz, tempranamente fallecido, cuyas obras que se pueden conseguir en las redes, teóricos que continuaron la misión universal del Nobel Alternativo de la Paz, Johan Galtung.

La paz imperfecta, de que habla la Enciclopedia de Paz y Conflictos del Instituto de la Paz y Los Conflictos de la Universidad de Granada, de Mario López Martínez (dir.) y retomada por los dirigentes políticos colombianos, es una aproximación tangencial que refleja una excusa para no acordar cambios medulares y justificar la precariedad de los acuerdos. Además, los insubordinados nunca tuvieron un peso popular para imponer sus tesis.

Expresada, así, la paz imperfecta, como se habla para justificar la magnitud de los acuerdos, hace parte de reflexivas indagaciones académicas que han contribuido a dar claridad sobre la naturaleza misma de la guerra y su desaparición.

La literatura en torno a la “paz imperfecta”, nos lleva al abordaje de “todas las experiencias y espacios en los que los conflictos, en este caso de poder, se regulan pacíficamente, es decir en que las personas y/o grupos humanos optan por facilitar la satisfacción de las necesidades de otros. La llamamos imperfecta porque, a pesar de gestionarse pacíficamente las controversias, convive con los conflictos y algunas formas de violencia”.

Forma de violencia institucional es por ejemplo una Reforma Tributaria que impone un poder impositivo a la pobreza.

Gandhi nos alentó con la sentencia que ha ganado valor universal: “no hay camino para la paz, la paz es el camino”, presumiendo que se necesitaban dar los pasos correctos para conseguirla.

Su aserto es positivo, tenía validez para sus luchas contra el imperio británico, donde se encuentra nuestro Premio Nobel, y si bien es cierto, por ejemplo, que apoyaba a Israel no justificaba con ningún código de conducta que se agrediera a Palestina. Defendía la tesis de la No Violencia.

Las paces viables que necesitamos pasan primero por la negación de la violencia política, que el país acepta con menguadas excepciones, el rechazo a la dialéctica de la muerte, por la exaltación de la vida y la clausura del término de combatientes, que no implica la desaparición del Ejército Nacional, como se pretendió con cálculo electoral justificar, si no su entrega pulcra y soberana a la misión constitucional encomendada.

La paz imperfecta facilita, en teoría, el acceso al análisis desprevenido de nuestra realidad social, marcada por un fuerte culto a la política externa de los Estados Unidos, que alberga a una población pobre casi igual a la totalidad de los colombianos. Sobre esta misma afirmación alguna vez le escuché decir al Primer Ministro de Canadá sobre su vecino incómodo: “Estamos durmiendo con un elefante, no sabemos en qué momento se voltea”. Y, desde luego, un país con refinado capitalismo, pero más justo.

Para salir de la pobreza estructural no se ha firmado nada sustancial y, naturalmente, la Nación erradamente ha entendido que el abandono de las armas nos humaniza automáticamente, para vivir en un país con plena libertad, tanto que las gentes comienzan a sentirse social, económica, ecológicamente y políticamente satisfechas, tal como lo hemos soportado cincuenta años con los mismos gobernantes.

Hasta pronto.

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