Urgencias en espera


Miércoles 10 de agosto de 2016. 1:10am. Un pasillo cualquiera en el área de urgencias del hospital Susana López, al sur de Popayán. El silencio es apenas interrumpido por una serie de ataques de tos de distinta procedencia. Al fondo, tres personas sentadas contra la pared: un hombre de entrada edad, oxígeno conectado a su nariz, con los ojos cerrados pero no dormido; camisa a cuadros, pantalón de dril y zapatos de cuero negro, sin medias. A su derecha una mujer de muy mal aspecto, también con oxígeno, respira con dificultad con la boca abierta, el labio inferior caído dejando ver los dientes; tose insistentemente y, cuando logra una pausa, suelta un lastimero “¡ay, dios!”. Lleva abrigo negro de lana y sandalias que se quita y pone con desesperación. A su derecha una mujer anciana con chalina gris sobre sus hombros, mira fijo al suelo; la intentan canalizar pero no logran dar con sus venas. La señora del medio dice: “me voy a vomitar”; una chica de unos dieciocho años que acaba de llegar la escucha y toma el bote de basura rojo a un costado (que indica su contenido peligroso) con las manos desnudas y lo arrastra hasta la señora, quien vomita un líquido blanco en el acto. “¡Ay, dios!”. El hombre viejo la observa vomitar, casi encima suyo, sin inmutarse. “Dejó las venas en la casa”, dice una enfermera de canas y manos pesadas a la anciana, chuzándole el brazo una vez más.
De regreso al pasillo, un médico asoma la cabeza desde una oficina sin mirar afuera, grita un nombre con la impersonalidad que deben tener los androides y regresa a la impenetrabilidad de su escritorio, dejando la puerta entreabierta a sus espaldas. Las personas sentadas se miran a veces entre ellos. Todos están agotados y hay un dejo de derrota en sus gestos. Uno está agachado con la cabeza calva entre los hombros. Una niña duerme doblada como una letra ele sobre una silla. Casi todos están canalizados y miran avanzar las gotas de las bolsas de suero colgadas de las paredes. A veces pasa un médico y algunos lo miran con temor, otros intentan hablarle; éste pasa inadvertido. Para quemar el tiempo conversan unos con otros, generalmente uno solo pregunta y el otro solo responde. Todos se quejan: del tiempo, del frío, del dolor, de la rabia, de la indolencia. Al final vuelve el silencio. El que menos tiempo espera que lo valore un médico es seis horas; otros, esperando la remisión al quirófano, no comen desde hace un día. Hay personas que vienen desde Argelia, desde Corinto. No entiendo qué hacen aquí, en un pasillo. Los hay quienes lloran en silencio y quienes quieren que sus lamentos sean escuchados por el personal médico, ignorando que llevan años de preparación para desoír precisamente esas manifestaciones. Por la puerta de urgencias siguen llegando personas.
Afuera hay una pequeña cafetería. Se ven mujeres aferrándose a un vaso desechable lleno de café, pensativas. Hombres que se soban las manos, con la mirada clavada en la mesa. Llega un taxi y frena bruscamente. Del asiento de atrás sale una mujer intentado cargar una niña de unos doce años, desmayada y del color del papel. La mujer pide ayuda a gritos, pero se demora en aparecer la camilla; antes llega otra mujer y le ayuda a terminar de sacar a la niña del carro. Entran estrepitosamente al hospital y afuera queda la calma; el café; las empanadas; los rostros.
“Me voy a vomitar”, dice de nuevo la señora de abrigo negro. La jovencita le alcanza de nuevo el tarro de basura rojo, rebosado de gasas, algodones ensangrentados y jeringas; la mujer inclina la cabeza sobre el tarro, a centímetros del señor de edad que mantiene sus ojos cerrados, y vomita con dificultad. “¡Ay, yo no aguanto más!”. Varias personas se han tirado al suelo, cubriéndose con cobijas traídas de sus casas; duermen o fingen hacerlo, debajo de las hileras de sillas, agotadas de estar sentadas durante el día. Alguien cierra las puertas que separa el pasillo de la primera sala, intentando cortar el frío que entra a ráfagas, pero en pocos segundos pasa una enfermera o un enfermero y las abre. En la mitad del pasillo hay una puerta que da a la sala de observación de los pacientes adultos. En una de las camillas hay una mujer que grita una y otra vez “¡Antonio!” alargando hasta el lamento la penúltima sílaba. Después de un rato ocupa el mismo plano que los pitidos de las máquinas a las que están conectados los más graves.
Entre los pacientes está mi abuela, de 79 años. Me mira desde su silla y me levanta las cejas, señalando con un gesto burlón a la señora que se queja a su lado. Llegó con síntomas que a su edad son considerablemente peligrosos. A esta hora de la madrugada se encuentra agotada y se está quedando dormida en una silla del pasillo abarrotado. No necesito estar emparentado con ella para juzgar su trato como deleznable. Hay, en esta área, solo tres camillas y están ocupadas desde hace varios días. Sus años y su cansancio no son argumento suficiente. Tampoco que se esté muriendo. Ella se va quedando quieta, resignada, y, de vez en cuando, abre los ojos para mirar su situación. Ya son las 2:10 a.m. y aún debe esperar a que le den ganas de entrar al baño para cumplir con exámenes. La experiencia está lejos de terminar. Mientras tanto, una enfermera inexperta duda al abrir una ampolleta y recoge del piso una gasa que se le acaba de caer; no parece saber qué hacer con ella. Otra enfermera, al ser increpada por dos mujeres, explica que solo hay un médico en el área y que por ahora deben dar prioridad a los que van llegando y que deben tener paciencia para la lectura de sus exámenes. Las mujeres se miran con desconcierto una vez la enfermera vuelve a sus agujas.
Treinta minutos después entró al hospital, entre una algarabía de enfermeros y paramédicos un muchacho de unos dieciocho años cubierto en su propia sangre, con varias heridas de cuchillo en su vientre y el cuello abierto en tajo. Pasó frente a mí y pude ver cómo respiraba con dificultad mientras un paramédico también cubierto de sangre metía sus dedos entre la herida, quizás intentando parar la hemorragia. Nadie se esperaba un espectáculo tan atroz a esta hora. La policía llega al poco tiempo y comienza a unificar datos con los funcionarios del hospital sobre el muchacho que, hasta ahora, no ha podido ser identificado. La camilla en la que llegó la regresaron a la sala, toda ensangrentada, pero no había lugar para lavarla en los patios. Quienes todavía tienen energía para conversar, se juntar a discutir sobre lo sucedido. Más personas siguen llegando, mientras avanza la madrugada, y toman asiento en la sala de espera. Difícilmente, alguno tiene idea de cuánto tiempo le espera en el hospital.



