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martes 5 julio, 2016 a las 10:12 am

Congreso

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Carlos E. Cañar Sarria
Carlos E. Cañar Sarria. [email protected]

En una democracia auténtica resulta fundamental el papel del Congreso. Entre otras cosas, evita la concentración de poder en una sola persona o en unos pocos, fiscaliza las acciones u omisiones del Ejecutivo, elabora leyes útiles a la sociedad para que las personas vivan en condiciones de dignidad. Esto hace que el pueblo centre esperanzas en el Congreso para que éste le represente, vele por sus intereses  y atienda sus demandas y necesidades de la mejor manera posible.

En Colombia, el Parlamento o Congreso vive en deuda con el país. Se trata de un Congreso que se mantiene más preocupado por prebendas personales que por la defensa de los intereses del conglomerado social. Caracterizado por el clientelismo y la politiquería, por el reparto burocrático del poder, por  la indiferencia ante situaciones difíciles de las comunidades que teóricamente dice representar.

Al analizar las circunstancias adversas en que vive la mayoría de la población colombiana, nos preguntamos: ¿Qué hacen por el pueblo nuestros congresistas? La verdad es que el Congreso ha sido renuente en auto reformarse y auto depurarse, por ello sigue legislando a su favor y este es uno de los obstáculos para la democratización del país.

Los sueldos exagerados de los congresistas es una afrenta contra la sociedad. El reciente aumento salarial de dos millones de pesos que les lleva a devengar 29 millones mensuales contrasta enormemente con el aumento al salario mínimo de los trabajadores colombianos, 45 mil pesos para una remuneración mensual inferior a 700 mil pesos. Mucha plata para el pago de nulo o poco trabajo de los legisladores.

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Mediante el canal institucional de televisión, podemos observar el apoderamiento del ausentismo en los escenarios del Congreso. Son evidentes las sillas vacías debido a que no todos los congresistas concurren a las citaciones o convocatorias para tratar, analizar, discutir y aprobar los diferentes proyectos. Por lo visto, los reglamentos legislativos, los códigos de ética son desestimados; lo cual constata que a no pocos congresistas lo que realmente les interesa es hacerse elegir o reelegir, disfrutar de su posición y devengar. Les importan un comino las comunidades que teóricamente dicen representar. La asistencia a las plenarias sigue siendo caótica. Falta de quórum. Unos congresistas contestan lista y se van, otros hablan por celular, otros se quedan dormidos; se paran, se sientan, salen y entran. Por lo que se observa, algunos no saben qué se discute y en el momento de votar un proyecto, adoptan la modalidad del ‘pupitrazo’. ¡Qué mal ejemplo el que dan los congresistas indisciplinados! Sin duda son malos arquetipos en un país donde la honradez, la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad, entre otros valores, se echa  al cesto de los desperdicios. Cualquier desprevenido observador puede pensar: “Si este es el comportamiento de los denominados “padres de la patria”, ¿qué se puede exigir y esperar de las personas comunes y corrientes?”.

Siempre hemos pensado que las leyes son buenas por ser útiles y son útiles por ser buenas. Leyes a favor de los intereses comunes son las que requiere el país; no legislaciones que favorecen a unos pocos en detrimento de intereses colectivos. Leyes útiles y buenas se esperan de congresistas responsables y comprometidos. Es prioritario, que además de lo que muestran el canal institucional y los medios de comunicación, exista una pedagogía sobre el comportamiento y desempeño de los congresistas, para que los potenciales electores tengan la claridad mental suficiente que les permita seguir o no respaldándolos electoralmente. Una información clara y precisa sobre el comportamiento de los legisladores, el conocimiento a fondo de las intervenciones y acciones de los congresistas en el seno de la corporación y del impacto social de sus realizaciones u omisiones, pueden contribuir notablemente a la conformación paulatina del nuevo Congreso que requiere el país.

No todos los congresistas son malos, desde luego. Hay excepciones pero es poco o nada lo que pueden hacer para que la situación cambie. Reiteramos en la necesidad de una depuración extrema en el seno del Congreso, lo cual no será posible si el pueblo o constituyente primario sigue respaldando a quienes no ameritan ser congresistas. Esto explica la necesidad de construcción de una verdadera sociedad civil que permita una cultura política que implique la conformación de un Congreso acorde a las necesidades y expectativas de la gente y que actúe a tono con las circunstancias del devenir histórico de la Nación. Mientras esto no suceda, continuaremos en el circulo vicioso de elegir y reelegir a los mismos de siempre con sus respectivos vicios y artimañas. Y en lugar de mantenernos quejando en las redes y en las protestas sociales en contra del Congreso que tenemos, debiéramos demostrar y expresar nuestra inconformidad en el escenario de los votos. El problema no está en los malos congresistas sino en los malos electores que los eligen y reeligen.

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