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miércoles 9 diciembre, 2015 a las 8:15 pm

BAJO EL RESPLANDOR DE LA LUNA

Pálida azucena
Paul Disnard
Sandoval Vekarich / Agosto 11 del 2015

José Antonio había montado, en la plataforma de un camión, un pesado piano que tomó prestado de sus amigos, unos jóvenes dentistas que tenían su consultorio popular en un costado del edificio de la plaza de mercado; de todas maneras le rogó a uno de los mellizos, que era el virtuoso de las manos de seda, que le acompañara en la odisea pasada la medianoche, una serenata a una hermosa descendiente de un irlandés que nadie supo cómo y cuándo encalló en Popayán y llegó a ser el principal linotipista de la Imprenta Departamental. José era dueño de una maravillosa voz de tenor, sus canciones semejaban una sutil telaraña que atrapaba con gran facilidad el corazón de las mozas del vecindario. Bilioso y descarnado por la soledad de su viudez el anciano veterano de una de las tantas guerras civiles de los hunos contra los otros, arrancó del desvencijado armario su mejor arma cinegética, los añejos cartuchos sonaron como pólvora veintejuliera en Cajibío.

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Enojo y molestia provocó el disparo del Coronel, vano fue su intento de acabar con la serenata y de sofocar la potente voz de Antonio José, por lo contrario, las niñas entusiasmadas por ese inusitado espectáculo a las dos de la mañana abandonaron las ventanas donde soñolientas y románticas se habían acomodado para escuchar enamoradas las letras de la canción. Completamente despiertas por la ocurrencia del veterano militar de accionar su añeja escopeta de cacería, se hicieron presentes en el umbral de las puertas, algunas en piyama o en túnicas de colores, otras en exóticas batas llamadas saltos de cama por un bromista catalán de la Real Academia de la Lengua, pero allí estaban reclamando un bis como si realmente estuvieran en la sala de burlescos y sainetes del Teatro Popayán.

En algún lugar de las estrellas se oculta tu corazón, yo lo busco con el desmedido afán de prolongar mi vida con el brillo de tus ojos verdes, el poeta improvisó la introducción a la célebre canción de los Panchos de México para regocijo y admiración del joven y espontáneo público que lo asediaba. Pero no solamente México estaba presente, con facilidad se sintonizaba Radio Cadena Azul de La Habana, de allí salieron los versos de José Martí en música y ritmo enlazando la tradición de los afrodescendientes, el innegable vinculo del Caribe en sus bailes y cantos de amor y de protesta: cultivo la rosa blanca en julio como en enero – para el amigo sincero-que me da su mano franca, así prácticamente de canción a danzón y de bolero a salsa surgió el himno popular de los cubanos “Guantanamera, goajira guantanamera” que introdujo Xavier Cugart y su orquesta tropical entre los hispanoparlantes de las dos Américas, tampoco se perdió su influjo en Popayán. recatada e ilustre dama que a pesar de su longevidad conserva fresca y pura el alma de sus trovadores, indiscutible en las quinceañeras del vecindario volcadas como una estampida en la calle para al unísono participar en tan singular serenata, al repertorio de José se añadió su hermano Jaime cantando “Pálida azucena”, un acorde triste y melancólico del sur de Colombia, desde entonces nunca se pudo desprender del mote que le aplicaron por el apego a las películas de vaqueros “el cara pálida azucena”. Al principio se sintió amoscado pero terminó riéndose de sí mismo con la guitarra colgada al hombro como un rifle Spingfield 30.30

Pálida azucena

La luna en un cielo cálido, limpio de sombras inundando con su azulado resplandor los más recónditos escondrijos de la noche, resolvió ser parte de la conspiración de serenatas, no recuerdo a quien se le ocurrió, riendo de la travesura pronto se encontraron al pie de los muros del convento, nuevamente las guitarras dejaron sentir la magia del sonido, una voz moderada y dulce inició en ascenso uno de los más hermosos cantos de inspiración religiosa, el Ave María lentamente alcanzaba su más hermosa expresión hasta convertir la soledad en una catedral de amor y de silencio, en esta ocasión no hubo quien pidiera un bis, eran ya casi las cinco de la mañana, nadie dijo nada y cada quien tomó su rumbo de clausura.

Pero las alumnas del Internado de las Monjas Salesianas, la confidencia la hicieron a sus primos y hermanos, sufrieron una amarga mañana, reunidas todas en el patio de la congregación aguantaron  una retahíla de regaños y sermones por parte de la Madre Superiora que buscaba a como diera lugar quien o quienes eran las responsables de semejante atrevimiento. ¡A ver, desvergonzadas, digan, confiesen, para quien era la serenata! No respetan este hogar sagrado, aquí han venido a educarse, a ser gente de bien, vamos, hablen, confiesen, descaradas! El silencio parecía un mar de gelatina, no podían estar rígidas, no podían tener las manos quietas, las estrujaban como esponjas, pasan de descansar en el pie izquierdo al derecho, algunas parecía que sollozaban pero no, trataban de ocultar la risa, con las jóvenes monjas sucedía lo mismo, el Ave María les había derretido el corazón y la voz tranquila, dulce y cadenciosa del tenor les quemaba el recuerdo de haber vivido en familia antes de entrar al convento, a dos o tres de ellas se le escurrieron las lágrimas, quizá pensaron desertar, habían hecho un voto y tenían que respetarlo. Las retahílas y sermones continuaron durante tres días, pronto amainó la tempestad y no supieron las alumnas las causas de ese milagro. Pero los sinvergüenzas se reían de su desfachatez cuando conocieron las consecuencias de su serenata. Escogieron por sorteo a Emiliano, era delgado y alto, rubio, de ojos verdes “pareces un ángel” le decían burlándose sus compañeros, otros añadían “ángel de la perversión y la maldad”, a grandes carcajadas le encomendaron la tarea de entrevistarse con la Madre Superiora llevándole un ramo de flores blancas. Cumplió a cabalidad su cometido.

Le abrieron las puertas del convento, pronto como un rayo llegó la Madre Superiora, echando fuego por los ojos y en la boca un cañón de largo alcance, pero Emiliano impávido y tranquilo le alargó el ramo de rosas. Sor Cecilia, se adelantó Emiliano impidiendo que la aristocrática monja le arrebatara la iniciativa, la serenata de hace tres días era para usted, así como este ramo de flores, sabemos por nuestras hermanas de la devoción y dedicación que les brinda a las alumnas que la estiman y quieren mucho… ¿Siiiiii?, sarcástica se encaró Sor Cecilia con Emiliano, ¿y se puede saber cómo se llama su hermana? Fue rotunda y enérgica la negativa de Emiliano, ¡no porque no quiero que ella sufra represalias de su parte! Qué tenga usted un buen día y que Dios la acompañe. En diciendo esto el espanto desapareció, mejor dicho con gran cortesía y noble gesto Emiliano abandonó la rectoría del colegio. En realidad Emiliano no tenía  ninguna hermana y la monja, como cualquier diablo ensotanado, se quedó con el rabo entre las piernas.

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