PRINCESA Y EL AGUA


Loco-mbiano

Transcurren los días, las horas y los sucesos para el ser humano y suceden casi con la misma precisión. Pueden ser registrados y narrados por una cámara indiscreta o por un escritor de novela. Porque el humano es predecible. Alguien lo dijo: Nada de lo humano me es ajeno. Aún los milagros tienen causalidad y efectos perceptibles.
Durante las caminatas diarias con mi novia hemos visto volar especies nunca antes imaginadas que dejan una sensación de magia por el colorido, la belleza o la rapidez del vuelo.
La sencillez del búho con su presencia muda, la inocencia de las tortugas y su impasibilidad ante lo que ocurre a su alrededor, la aparición repentina de la iguana sobre la rama que repta con su cresta erecta y amenazante, la placidez de los canarios o la manera de caminar de las mirlas que parecen pisar una brasa caliente cuando pasan. Parecen tener unos lenguajes escritos en una página inédita.
Desde nuestras primeras excursiones por las riberas del Río Cali hemos visto garzas blancas y negras. Hay blancas con pico negro, zancas negras y patas amarillas como si acabaran de pintarse las uñas. Tienen un copete despeinado y cola algo encogida que les da un aire de distinción. Las llamamos princesas, a diferencia de la reina que tiene el cuello más largo, su cabeza sin copete, el pico amarillo y las zancas y las patas pintadas de absoluto negro. Cuando están volando sus patas relucen al final de su plumaje.
Las hemos visto paradas sobre piedras o agachadas sobre el agua y con su pico metido en ella escarbando y buscando alimento. A veces las hemos sorprendido recién levantadas limpiando con el pico rojo debajo de sus alas y a las negras con las alas extendidas tomando el sol, sin bikini ni gorro en la cabeza.
Hoy nos ha sucedido algo singular. Al paso hemos avistado una princesa en la ribera opuesta por donde caminábamos. A nuestro lado estaba un pordiosero y vio que nos detuvimos a mirarla.
«Es majestuosa», nos dijo con resolución. Volteamos a saludarlo y nos dijo: Miren la belleza de la garza reflejada en el agua. Nunca habíamos observado una escena así. Era como una pintura impresionista de Renoir o un cuadro onírico de Dalí. O era como un poema pintado de García Lorca. La figura de la garza se movía sin perder su gracia ni sus líneas de bailarina. Hacía sol y el agua se dejaba penetrar la luz que bajaba de las alas y las zancas negras.



