El poeta Javier Heraud regresa 49 años después


La poética de Javier Heraud es simple y desnuda como su muerte y tierna como su vida.

Aquel joven poeta de quien tuve la primera noticia mucho después de su fusilamiento, un 15 de mayo del 63, frente a Puerto Maldonado en el Perú, lo conocí como poeta, cuando obtuve el libro “Poesías completas y cartas” prologado por Sebastián Salazar Bondi, con el título “Primera y última noticia de Javier Heraud”. El libro fue hecho con el “apoyo del Gobierno revolucionario del Perú, en su deseo de contribuir al fomento de la cultura. Lo paradójico es, que esta misma institución que lo asesinó, editó toda su poesía, trece años después de la muerte del poeta de 21 años, por haber en el país un gobierno militar de izquierda.
Javier Heraud, nació un 19 de enero en la ciudad de Miraflores, iniciándose como poeta en la Facultad de Letras de la Universidad Católica de Lima con Cuadernos de Hontanar, 1960. Escribe “El río”, como una premonición de su muerte, con epígrafe del poeta español Antonio Machado: “La vida baja como un ancho río”. Luego vendrá “El viaje”. Y en el 61 se desempeñará como docente de literatura de la Gran Unidad Escolar Melitón Carvajal, y va al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Moscú. Recorre la URSS, y luego en París visitará la tumba de Cesar Vallejo.
Heraud ganó los Juegos florales convocados por la Federación Universitaria de Marcos con “Estación reunida” compuesto por “Alabanza de los días y Estación del desencanto” y “En espera del otoño”. En el 62, recibe una beca para estudiar cine en Cuba. Luego aparecerá como combatiente del ELN con el seudónimo de Rodrigo Machado, organización dirigida por Luis de La Puente Useda, que opera en la selva peruana limítrofe con Brasil.
Desnudo y sin armas, en medio del río Madre de Dios, el joven poeta peruano, ante el acoso del ejército, pide que no le disparen, pero su suplica no es atendida, cayendo fusilado en medio del río en la balsa donde iba.
ARTE POÉTICA
En verdad en verdad hablando,
la poesía es un trabajo difícil
que se pierde o se gana
al compás de los años otoñales.
Cuando uno es joven
Y las flores que caen no se recogen
uno escribe y escribe entre las noches,
y a veces se llenan cientos y cientos
de cuartillas inservibles.
Uno puede alardear y decir:
“Yo escribo y no corrijo,
los poemas salen de mi mano
como la primavera que derrumbaron
los viejos cipreses de mis calles”.
Pero conforme pasa el tiempo
y los años se filtran entre las sienes,
la poesía se va haciendo
trabajo de alfarero,
arcilla que moldean fuegos rápidos,
y la poesía es un relámpago maravilloso,
una lluvia de palabras silenciosas,
un bosque de latidos y esperanzas,
el canto de los pueblos oprimidos
el nuevo canto de los pueblos liberados.



