
Como país, nos movemos hacia un Estado confesional. Como hace más de cien años, se impone de nuevo el eslogan “orden, obediencia, religión y patria”, con la complicidad y el respaldo de protestantes y católicos, de algunos sectores liberales y conservadores, de partidos de derecha, de los grandes medios de comunicación, los paramilitares, el clero, los militares, las élites políticas y económicas, incluso parte de nuestra sociedad civil.
Naufragamos en una especie de neo-regeneración antidemocrática, la cual padecemos desde 1885, con su discriminación, exclusión y censura a toda actitud crítica al régimen. Recordemos que la Colombia de la Regeneración era un país de políticos filólogos, latinistas, católicos, conservadores y gramáticos (Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, José Manuel Marroquín, Miguel Abadía Méndez, Marco Fidel Suárez…) y con una población casi en su totalidad analfabeta. El poder político y la gramática eran inseparables. “Para los letrados, para los burócratas, el idioma, el idioma correcto, era parte significativa del gobierno”1. Dominio del idioma, poder eclesiástico y conservatismo fue la triada burocrática política en la Colombia del siglo XIX y que, con algunas pocas variaciones, todavía perduran en la Colombia del siglo XXI. Tradición y conservación de costumbres políticas como la corrupción, el fraude, la burocracia, son herencias de aquella Colombia decimonónica premoderna, junto al indigno síntoma de obediencia, servidumbre y lealtad a los imperios.
Igual que a Rafael Núñez en 1886, a los dueños del país y a sus seguidores se les podría oír decir: “las Repúblicas deben ser autoritarias, so pena de permanente desorden”. Estar en desacuerdo con dicha frase es para ellos casi caer en un gran error histórico e incluso en pecado. Las ideas contrarias a este pensamiento único se vuelven un peligro, una sentencia de muerte. Rencillas, rencor, mentiras y chantajes, fabricación y destrucción de supuestos enemigos, son algunas de sus “virtudes nacionales”.
En esta Colombia de la segunda década del siglo XXI, se oyen voces que piden a gritos que vuelva el control de la enseñanza por parte de las religiones, que se institucionalice la familia tradicional cristiana, se rechace el aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo y se instaure el orden sobre toda pluralidad de pensamiento, con mecanismos autoritarios que ayuden a conservar las tradiciones. Puro régimen decimonónico, el cual convida a una guerra total contra los defensores de las libertades democráticas y de los derechos humanos, prolongando una guerra fratricida que les garantice perpetuarse en el poder, para mantener la corrupción, favoreciendo a banqueros, terratenientes, industriales y a mafiosos.
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La atmósfera nacional desde hace tiempo se enrareció… Con una habilidad de ocultarse de la justicia y de violar leyes a través de astucias, actitudes ambiguas y de trampas, la mayoría de nuestros políticos corruptos y matones se ocultan, pasan impunes sin vergüenza, exponiendo su cinismo en público. Retóricos y demagogos, diestros embaucadores, son los “prohombres” que se han divinizado en este país. La mentira se constituye así en una garantía de distinción, reconocimiento y ganancia. El hacer el mal, el ser malo, da estatus, puesto que quien lo ejerce ha sido capaz de pisotear al otro, a esos del montón, sin que nada pase. Esa ha sido su forma de accionar y su ejemplo, la manera de legalizar el totalitarismo del cinismo. Si no se cumple con dichos procederes, se corre el riesgo de estar en peligro, de ser excluido del clan de los astutos y audaces, de los supuestos vencedores. Por lo tanto, a cualquier pensamiento crítico, opositor y analítico se le observa como una perturbación que pone palos en la rueda a semejante maquinaria de ignominia patria. Entonces, descaradamente, se fomenta la agresión, el terror, los crímenes y la paranoia como estrategias de separación y digresión entre los ciudadanos. Lo peor es que algunos de éstos lo justifican, lo toleran, lo apoyan, lo ejercen y hasta piden su puesta en acción de manera urgente.
Tal es el plan en un país diseñado para y por los trúhanes, los tramposos, los zafios, los réprobos; proyectado para los crápulas y ladrones; un país con una dictadura legalizada, asolapada, camuflada.
Es así como, en vez de respeto a la pluralidad de opiniones, a la diversidad, a la alteridad y la equidad, obtenemos univocidad, homogeneidad, tradicionalismos y estandarización fanática. En eso nos hemos convertido: un país pluricultural envuelto en una neblina conservadora homogeneizante que no respeta la diversidad y que no da tranquilidad ética ni política, mucho menos económica. Ello nos ha puesto al filo de las espadas, al frente de las armas, tanto simbólicas como reales. Las consecuencias son el destierro y el silencio de cualquier pensamiento y sentimiento divergente.
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Refundar la patria y reescribir la historia. A eso tienden las derechas de última hora en América Latina y el mundo: refundar las verdades históricas de sus países, imponiendo una historia de mentiras y falsedades. Inventar una nueva historia, mentir sobre los sucesos del pasado, ver las matanzas y las atrocidades cometidas por los poderosos contra los pueblos como ficciones y “mitos”.
Sí, se intenta refundar e imponer una nueva y falsa historia que limpie tantos hechos de matanzas, tanta injusticia cometida y ungir la historia con nuevos aromas, falsos y perversos, por cierto, para unas futuras generaciones, a las cuales lenta y progresivamente se les ha ido desterrando la verdadera memoria colectiva.
Se pretende modificar la memoria colectiva, social, histórica, personal; hacernos mover entre flujos de olvidos instantáneos, inmediatos, etéreos, fugaces, que se vierten en el botadero, desmontando una memoria reflexiva y analítica de su tradición en busca de nuevos horizontes.
Para lograr esto, archivan en el cuarto de San Alejo a los pensadores, artistas, escritores, poetas, historiadores que mantienen viva la llama de las inquietudes. Anularlos, silenciarlos, a la vez que censurar en la educación la libertad de pensamiento, de expresión y de cátedra, es su estrategia. He aquí un proyecto que se quiere imponer como imperativo ideológico en contra de la docencia investigadora, ética y comprometida con el pensamiento crítico.
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Se trata de una nueva Regeneración que, como la de 1885 en Colombia, desea controlar instituciones educativas, archivos históricos nacionales, bibliotecas públicas, museos, centros de memoria histórica, los pensum académicos, las cátedras de los docentes, la libertad de prensa, e imponer, si los dejan, autos de fe y un nuevo Concordato con su INDEX o índice de libros prohibidos para ser quemados frente a las catedrales. Como se aprecia, esta neo-regeneración despótica, absolutista, con poderes para proponer y elegir a sus cuadros; para desterrar, exiliar, desaparecer y silenciar a sus opositores, es la que hoy por hoy gobierna a Colombia y, de forma soterrada, ha resucitado la Ley 61 de 1888, la cual autorizaba al Presidente de la República imponer prisión, expulsar del país o confinar en algún lugar del territorio a los opositores y perturbadores del orden público.
Hacia 1903, Charles W. Bergquist realizaba una radiografía de Miguel Antonio Caro y los Regeneradores de turno: “Faltándoles lazos estrechos con la comunidad liberal de Occidente –escribía– estos conservadores encontraban en el pensamiento católico y español su sustento intelectual […] Satisfechos con su posición en la vida y a buena distancia de la crítica extranjera, no sentían ninguna vergüenza ante el atraso de su país”.
Los más de cien años de distancia que nos separan de estas frases se presentan bastante patéticos en la actualidad. El cinismo de los Regeneracionistas de última hora frente al encierro del país y ante las atrocidades por ellos cometidas es denigrante y, con toda seguridad, muy peligroso. Neo-oscurantismo, autoridad teocrática y paternalismo feudal.
Vivimos una época bastante antidemocrática y muy preocupante en nuestro país. De allí que haya decidido reproducir algunos fragmentos del ensayo “El país de nuestra imagen”, escrito en el 2018, estando Colombia bajo la atmósfera autoritaria, neo-regeneracionista del uribismo y con Iván Duque de presidente.
Tal parece que en el actual gobierno se revive aquel ambiente, con mayor autoritarismo, venganza, odio y peligro, pero con unos cuantos ingredientes más: un neofascismo galopante, conjugado con el sionismo y el Escudo de las Américas instaurado por Donald Trump y sus secuaces. El ensayo fue publicado como introducción al libro Estéticas en Colombia siglo XXI en el 2020.
El espíritu colombiano no ha logrado
superar el paternalismo feudal
Jorge Gaitán Durán
