RAFAEL ALBÁN Y EL GRUPO LA RUEDA DE POPAYÁN

Rafael Albán Hidalgo

El pasado 30 de junio falleció Rafael Albán a quien conocí, creo, a finales de 1979. En ese momento, el Taller Artístico y Literario La Rueda llevaba varios meses de fundado por estudiantes de diferentes facultades de la Universidad del Cauca, y acababa de publicar el primer número de su revista. No sé por qué llegó al grupo, pero seguro llevado por la inquietud de conocer a los jóvenes escritores universitarios que estremecían a la Popayán de finales de esa década del setenta. Llegó como un vendaval, lleno de entusiasmo intelectual, con propuestas, interrogantes e inquietudes culturales y políticas propias de la época. Venía de Medellín, donde había conocido algunos poetas y escritores con los que luego nos pondría en contacto. Buen lector, contundente en sus opiniones, alborotaba con sus discursos las reuniones de estos bohemios reunidos inicialmente en la sede del Instituto Cultural de Popayán, como también en el Café Alcázar y en el Parque Caldas con guitarra, poesía y guaro caucano. Se distinguía por su lucidez, su ironía, su carcajada y una postura personal sobre la poesía, la vida y el arte.
En 1980, cuando comencé a escribir los primeros poemas de mi libro Origen de silencios, se los leí al grupo y Rafael, estremecido, me animó a seguir escribiendo con ese mismo tono, ritmo y atmósfera más poemas. Los fui publicando en la Página Literaria, dirigida por Germán Mendosa Diago en el periódico El Liberal. Rafael los celebraba con furor y entusiasmo, lo cual me animaba para proseguir con este oficio y destino escritural.
Una noche los dos viajamos desde Popayán a Medellín. El objetivo era dar a conocer mis poemas a escritores y poetas paisas. De modo que visitamos a varios de sus amigos, entre los cuales se encontraba Gustavo Adolfo Garcés, quien, vaya cosas del extraño juego del azar, hoy sábado 11 de julio, día en que escribo estas notas, acaba de fallecer este poeta en su amada Medellín. Con él nos encontramos en la Universidad de Antioquia donde dirigía la Revista Gaceta. Le dejé algunos de mis poemas que publicó meses después. En 1989 lo encontré de nuevo en Bogotá donde fuimos colegas como profesores en varias universidades. Gustavo Adolfo fue un cómplice poeta que brindaba su amistad y solidaridad a raudales.
En ese viaje, en una cafetería del Parque Berrío, hablamos con otro conocido suyo: el poeta nadaísta Darío Lemos, quien, bastante animado, conversó durante un buen tiempo con nosotros. También con el poeta Gabriel Jaime Caro, Gajaka, el cual nos acompañó algunos días con su humor, lucidez y amplio conocimiento de la poesía.
En Popayán, Rafael publicó varios de sus textos. Así, en el número 4 de la Revista Cuatrotablas, de febrero de 1981, dirigida por el poeta Amadeo González, publicó “La otra muerte de Dostoievski”, una poderosa reflexión sobre el escritor ruso. En ese mismo número pudimos leer su cuento “La puerta de la felicidad”. En la Revista de La Rueda publicó también varios de sus poemas, ensayos y cuentos: en el número 2, de marzo de 1980, salió su poema “Ganarse la vida”:
“Ganarse la vida, ¿Y dónde la perdimos? / ¿Y en qué garito? / ¿Y quién cargó los dados? / Y dime tú, Le gris/ ¿Qué estás jugando?
De igual manera, en el Número 3 de julio de 1980, se publicaron los poemas “Ahora todo se llama olvido”, “Ronda nocturna” y “La hora del retorno”. En el Número 5, de mayo de 1982, salieron sus cuentos “Epílogo”, y “La pasión del verdugo”, y en el número 7, de febrero de 1985, último número publicado por La Rueda, leímos su poema “Envío”, donde expone su concepción vital sobre el oficio de la escritura poética:


Recuerdo que una mañana de 1980 realizamos, con Rafael y otros poetas de la Rueda, el que creo fue el primer y único mitin poético que se haya visto en Popayán. Bajo los gritos de ¡Viva Arthur Rimbaud! ¡Viva Paul Verlaine y Charles Baudelaire!, ¡Arriba Henry Miller!; “amaos los unos sobre los otros”, “La imaginación al poder”, “prohibido prohibir” y otras consignas tomadas en préstamo del mítico mayo del 68 francés, caminamos varias calles y entramos a los corredores de la Facultad de Humanidades, donde con guitarra en mano, lectura de poemas y explosivos panegíricos, dejamos clara nuestra posición apasionada de la vida y nuestra pulsión contestataria poética.
Ese fue el Rafael Albán que conocí en los tiempos del grupo La Rueda, un grupo fundado en 1979 que, como escribí en el prólogo al libro compilatorio de los textos del grupo, transcurrió sus días y noches “entre el Café Alcázar y los corredores de la Universidad del Cauca; entre el Parque Caldas y las Residencias Universitarias Tuto González y 4 de marzo; entre la música de Agustín en El Sotareño, el vino loco, el guarapo y el aguardiente caucano; entre las empanadas y los tamalitos de pipián y los mítines universitarios; entre los bares del Barrio Bolívar y algunos prostíbulos, haciendo nuestra bohemia vanguardista payanesa. Bohemia, poesía, rebeldía y revolución, fueron los componentes de la bomba molotov de aquella época. Atravesados e influenciados por las ideologías contestarías de la razón crítica moderna y por las estéticas de la protesta del XIX y del XX, nosotros, que paseábamos bajo los apacibles aleros de esta blanca ciudad, quisimos reivindicar dichos discursos, volverlos presencia, realidad viviente. A eso nos dedicamos. Por ello creamos un grupo y lo llamamos La Rueda, como metáfora de viaje, de camino, de cambio, movimiento y avance, de pensamiento rebelde y nómada, símbolo de aplastamiento de lo tradicional, sueño de sueños, residencias de la resistencia. Críticos y combativos, a veces iconoclastas, a veces furibundos creyentes en la revolución, nietzscheanos, freudianos, marxistas, foucaultianos, anti-siquiatras, anarquistas de parque, hijos del romanticismo libertario latinoamericano, agresivos, truhanes, malandrines de aula universitaria, compulsivos prestamistas de dinero, malas pagas, tiernos para el amor y locos de pasión por la poesía, todo eso y más éramos al rayar el alba de los años ochenta.
El Grupo La Rueda fue eso: una posibilidad para no perecer en el silencio. Las condiciones históricas estaban construidas para que surgiera en una Popayán impactada por discursos de izquierda y por estudiantes de diversas partes del país, con una profunda ambición de cambio. Las poéticas de las vanguardias del siglo XX fueron nuestra influencia; la era de los manifiestos nuestro más fuerte respaldo. Fuimos sin duda hijos de una época en crisis y de crítica. Desconsolados y desencantados ante un país hecho con ruinas históricas; enamorados efusivos de la buena literatura y de la gran poesía; seducidos por los filmes de autor que nos hechizaron en el cine club del Teatro Anarkos o del Teatro Popayán; bailando con las tumbadoras de la siempreviva salsa de los años 60 y 70; escuchando a los Beatles, el jazz y a Carlos Santana, cantando a Piero, a Charles Aznavour, a Joan Baez, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Soledad Bravo, a Víctor Jara, a la Nueva trova cubana de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, a la melancolía del viejo Atahualpa Yupanqui, a los Ana y Jaime colombianos y a Joan Manuel Serrat, soñábamos realizar la revolución poética y libertaria. Estábamos como generación con los cuerpos encendidos tratando de, si no cambiar la vida, al menos no dejarla pasar sin ningún estremecimiento.
Nuestras lecturas fluctuaban entre una literatura marxista, según las llamadas líneas correctas, casi todo Nietzsche, la literatura de los poetas malditos, la gran novela de la Generación Perdida Norteamericana, los poetas vanguardistas europeos, la poesía de George Tralk, todo Kafka, Alejandra Pizarnik, el Boom latinoamericano, Julio Cortázar, José Lezama Lima, T.S. Eliot, Borges, Octavio Paz, la poesía norteamericana, Ernesto Cardenal, Enrique Molina… Vimos el gran cine cubano y latinoamericano, a Woody Allen, el cine de la Nueva Ola Francesa, a François Trufaut, Bergman, Passolinni, Herzog, el neorrealismo italiano” 1
Todo eso fuimos y todo eso lo vivimos con nuestro amigo Rafael Albán.
Después del terremoto yo partí para Cali y de allí hacia Bogotá. Nos encontramos en varias ocasiones en Popayán. Eran otros tiempos y otros asuntos y otras preocupaciones lo asaltaban, pero siempre guardo hacia él un profundo agradecimiento por sus enseñanzas, su lúcida palabra y por ser uno de los que leyó con ímpetu y fervor mis poemas, como por el cálido apoyo intelectual y vital que brindó en esos días aciagos de exploración poética en la Ciudad Blanca.
1 En: La Rueda. Grupo literario. Aventuras y desventuras del grupo literario La Rueda de Popayán. Editores Mario Delgado. Gonzalo Buenahora, Oscar Sacanamboy. Popayán, 2013, págs.,13-15.También en: “La poesía en el grupo de La Rueda”, ensayo de Carlos Fajardo Fajardo. https://mariodelg.blogspot.com/2009/10/la-oesia-en-el-grupo-de-la-rueda.htmlmariodelg.blogspot.com
Otras publicaciones de Carlos Fajardo Fajardo en Proclama del Pacífico: 



