La soberanía electoral bajo asedio

Colombia no se merece esto

Hay momentos en la historia de una nación en que la democracia deja de ser un ejercicio de la voluntad popular para convertirse en teatro. Colombia atraviesa uno de esos momentos.
El domingo 31 de mayo de 2026, cuando los ciudadanos colombianos acudieron a las urnas para decidir su futuro en la primera vuelta presidencial, la larga sombra de Washington se proyectó sobre los tarjetones con la efusividad de un respaldo que nadie en Colombia eligió recibir.
Donald Trump no esperó ni la noche del escrutinio para aplaudir públicamente al candidato Abelardo De La Espriella —a quien llamó «El Tigre»— declarándole su «apoyo completo y total».
El gesto constituye una intervención inaceptable en los asuntos internos de un Estado soberano. Es la voz oficial del jefe de gobierno de la primera potencia mundial inclinando la balanza, ante millones de colombianos indecisos, a favor de un candidato específico.
La trampa del socio indispensable
El propio De La Espriella se encargó de cerrar el círculo cuando respondió al guiño de Trump con una declaración que revela, sin pudor, la lógica que gobernaría su eventual presidencia: «Es fundamental entender que Estados Unidos es determinante para combatir el crimen, el narcoterrorismo y poder liberar a Colombia de una vez por todas de tanto dolor y tanta violencia. Por supuesto también en materia comercial, son nuestro primer socio comercial».
Que Estados Unidos sea el primer socio comercial de Colombia es un dato estadístico. Que ese dato se invoque para justificar la bienvenida a un endoso presidencial extranjero es otra cosa: es la rendición anticipada de la política exterior colombiana antes de que el candidato haya sido elegido.
El analista José Navia Lame señala que De La Espriella posee tres nacionalidades: colombiana, italiana y estadounidense. Sus cuatro hijos nacieron en suelo norteamericano. Naturalizarse ciudadano estadounidense implica jurar defender los intereses de ese país. ¿A cuál patria le debe lealtad primera «el defensor de la patria»? La misma frase de campaña —»Firme por la patria»— elude el posesivo: no dice mi patria, dice la patria. Tal vez porque, ante tanta pertenencia, resulta difícil elegir una sola.
La soberanía no se negocia en campaña
El presidente Gustavo Petro, en su respuesta a Trump, formuló una verdad elemental que trasciende las diferencias ideológicas y debería convocar el consenso de todos los colombianos, independientemente de su opción electoral: «Cuando un país interviene en las decisiones de otro país, muere la libertad». Es un principio de derecho internacional, reconocido en la Carta de la ONU y en todos los instrumentos interamericanos de los que Colombia es signataria.
Una cosa es que los gobiernos sostengan relaciones diplomáticas y acuerden posiciones; otra muy distinta es que el líder de una potencia extranjera elija bando en una contienda electoral ajena y lo proclame urbi et orbi. Eso no es diplomacia: es intromisión. Y el problema no es de quién recibe el respaldo, sino de lo que ese respaldo hace con el voto de los ciudadanos que todavía no han decidido, pero que ningún colombiano debería aceptar como legítimo.
El perfil que la euforia oculta
Más allá de la coyuntura diplomática, los colombianos merecen conocer en profundidad al hombre al que Trump llama «inteligente, fuerte y firme». Abelardo De La Espriella, como todo el mundo sabe, es un penalista brillante en su oficio, capaz de convertir cualquier audiencia en un espectáculo donde la estrella no es el juez ni la víctima sino él mismo. Ha defendido a narcotraficantes, al constructor de la pirámide DMG —David Murcia Guzmán—, y a Alex Saab, el testaferro de Nicolás Maduro hoy procesado en Estados Unidos por lavado de dinero y sobornos. Que Trump respalde con entusiasmo a quien defendió al hombre más buscado por la justicia norteamericana por servir al régimen venezolano es, como mínimo, una ironía que merece explicación.
Las acusaciones que pesan sobre su ejercicio profesional son graves y documentadas: el narcotraficante Juan Carlos Tuso Sierra afirmó que le pidió un millón de dólares para garantizar su permanencia en la justicia transicional; Murcia Guzmán lo acusó de cobrar cinco mil millones de pesos en honorarios y de haber pedido dinero para «tocar» congresistas; el periodista Daniel Coronell reportó que recibió al menos 375.000 dólares de las empresas de Saab. De La Espriella niega todo. Pero es el mismo hombre que hoy tiene abiertas más de veinte demandas por injuria y calumnia contra periodistas que se atrevieron a investigarlo —una estrategia de litigación que no busca la verdad sino el silencio.
El candidato que se presenta como defensor del orden público nunca ha ocupado un cargo público. El candidato que habla de patria tiene tres. El candidato que promete liberar a Colombia del narcoterrorismo con el respaldo de Washington defendió durante años a quienes encarnan ese flagelo.
Lo que está en juego
Colombia no merece que su destino sea decidido —ni siquiera orientado— por una potencia extranjera, así sea su principal socio comercial. La soberanía es el fundamento mismo de la democracia.
Los colombianos tenemos derecho a conocer a sus candidatos sin el ruido de los aplausos de afuera. Tenemos derecho a votar sin que una voz desde Washington nos lo insinúe. Eso es lo que distingue a un pueblo libre de una colonia. Tenemos derecho a escribir nuestra propia historia, aunque el resultado incomode a los poderosos.
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