Lo que dicen las encuestas y lo que no dicen


Nos quedan apenas dos semanas para elegir al presidente de la república para el período 2026-2030. Es decir, a quien debe comenzar a hacer el empalme y recibir el próximo 7 de agosto la Casa de Nariño, hoy ocupada por Gustavo Petro.
Iván Cepeda lidera todas las mediciones de intención de voto en primera vuelta con un promedio de 38,6%, una ventaja que ningún analista serio disputa. La primera vuelta del 31 de mayo la gana él. Eso está claro.

El nudo es la segunda vuelta. Y aquí las encuestadoras no son unánimes, aunque la derecha quiera presentarlas como si lo fueran.
La firma Invamer —una de las más rigurosas del país— coloca a Cepeda ganando en segunda vuelta frente a Paloma Valencia con 51,2% contra 46,6%, y aplastando a De la Espriella con 54,6% frente al 42,6%. GAD3 habla de empate técnico entre Cepeda y Valencia: 43% frente a 40%. El CNC arroja 43,3% para Cepeda contra 42,9% para Valencia. Una diferencia de apenas cuatro décimas, dentro del margen de error.
Estos datos describen un punto de partida, no un desenlace. Son señales que orientan, pero que en realidad indican que es en los territorios donde, el 21 de junio, la movilización popular tiene más que decir que las encuestadoras bogotanas. Donde se decide el futuro de Colombia.
En estas circunstancias, el sector que rodea al expresidente Álvaro Uribe, que es el de Paloma Valencia, sostiene que la única forma de frenar a Cepeda es una gran coalición de la derecha. Pero esta estrategia tiene un frágil límite.
El argumento favorito de quienes decretan la derrota de Cepeda es sumar los votos de Paloma más los de Abelardo para obtener una mayoría sobre el candidato de izquierda. Es un argumento que parece matemática pero es política ficción.
Los votos no se transfieren automáticamente. Los votantes de Abelardo De la Espriella y los de Paloma Valencia no son una masa homogénea con instrucciones unificadas. Entre ellos hay electores de centro que valoran la institucionalidad y que pueden rechazar tanto el petrismo como el uribismo más duro. Los resultados electorales han confirmado que en los ejercicios de segunda vuelta, los porcentajes nunca suman el 100% de lo que tuvieron en primera vuelta.
Mejor dicho, la segunda vuelta no se gana en los debates televisivos ni en los análisis de los portales bogotanos. Se gana en los municipios donde el Estado nunca ha llegado como se le necesita y debiera. Se gana en el Cauca, que lleva años viviendo entre apagones de la CEO y ataques de actores armados, y que tiene razones concretas, no ideológicas, para votar por un gobierno que reconozca ese abandono histórico.
Se gana en los territorios del Pacífico, donde la pobreza no es tanto un indicador de miseria, como de ganas reprimidas de decidir por su propio futuro con alguien que realmente los pueda representar con la mayor dignidad y eficacia.
Son las ganas de esas comunidades de la periferia de Colombia que han construido formas de organización política y que no aparecen en ninguna encuesta de Bogotá; esas ganas cuando se activan, se convierten en fuerza popular incontenible, que el día definitivo de elecciones llenan urnas.
Pero es más, en estos asuntos electorales siempre hay un colchón de indecisos, de abstención histórica, de voto en blanco, que ronda el 10% y que es el territorio en disputa.
Ese 10% más la movilización del centro político es exactamente la garantía de la victoria de Cepeda en la segunda vuelta.
Está demostrado que el centro y los ciudadanos moderados no votan por ideología, responden a percepciones de riesgo y de confianza; votan por estabilidad, por seguridad económica y capacidad de gobierno. Por eso, Cepeda ha estado alejado de la confrontación estéril y se ha posicionado como la opción de la decencia y la institucionalidad. Frente a la vulgaridad y la amenaza, la respuesta ha sido la altura del estadista.
Hoy, con Iván Cepeda y Aída Quilcué como fórmula presidencial, ese argumento tiene más fuerza. Quilcué es senadora caucana, es indígena, es la voz de un territorio que ha enterrado a demasiados líderes sociales y que conoce mejor que nadie lo que significa que el Estado los ignore. Su presencia en la fórmula es una convocatoria directa a los pueblos que históricamente han sido los más abandonados y los más movilizables cuando sienten que el juego es real.

Por otra parte, el programa “El poder de la verdad” de Iván Cepeda Castro se presenta como una hoja de ruta para profundizar lo que él denomina la «segunda etapa del cambio» en Colombia. Lejos de ser un simple manifiesto electoral, el documento es un extenso compendio de 433 páginas que sistematiza el diálogo directo del candidato con las realidades de los 32 departamentos y comunidades en el exterior. Bajo la premisa de consolidar a Colombia como una «potencia mundial de la vida», la propuesta se vertebra en cuatro revoluciones fundamentales: la revolución ética, que busca reconstruir la moral pública mediante un Sistema Nacional contra la Macrocorrupción; la revolución social, enfocada en superar la pobreza y garantizar derechos básicos; la revolución territorial, que prioriza el desarrollo sostenible desde la periferia; y la revolución política y democrática, que aspira a fortalecer el poder popular y la participación ciudadana.
Este modelo de gobernanza propone una transición desde la «política del espectáculo» hacia lo que Cepeda llama «mandar obedeciendo», un ejercicio de austeridad republicana donde el Estado se somete al mandato democrático de las bases. Entre sus apuestas más ambiciosas destaca la transformación de la reforma agraria en una Revolución Agraria, que busca convertir la economía campesina en el motor de una potencia agroalimentaria mundial, garantizando el acceso al agua y eliminando la brecha entre el campo y la ciudad. Al posicionarse como el sucesor de un proyecto histórico, el plan de Cepeda busca una transformación estructural que ataque las causas de la exclusión y la violencia, proponiendo la decencia y la coherencia ética como los pilares de la nueva institucionalidad colombiana.
El desenlace no está escrito. Cepeda tiene camino. Ese camino exige ampliar su alcance, reducir resistencias y consolidar confianza en sectores que hoy no lo tienen como opción natural. La derecha, por su parte, necesita algo más que unidad discursiva. Necesita coherencia electoral.
Colombia llega a una elección donde el resultado dependerá de quién entienda mejor una regla básica: el poder no se conquista reafirmando convicciones propias, se conquista incorporando voluntades ajenas.
Ahí se decide la Presidencia.
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One comment
Raul Hurtado
viernes 15 mayo, 2026 a las 9:24 pm at 9:24 pm
Que bueno que para este año 2026 se harán nuevas elecciones populares libres tanto en Venezuela como en el hermano país Colombia..
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