Articulemos una narrativa estructural… o como sea que se diga

Por Alfonso Luna Geller / El idioma colombiano está enfermo. La enfermedad no es grave todavía, pero avanza. Se contagia por radio, por televisión, por redes sociales, por comunicados oficiales, por discursos de candidatos y por análisis de expertos que hablan mucho y explican poco. Los síntomas son claros: tres palabras que aparecen en todas partes, a toda hora, en boca de todo el mundo, hasta perder el último rastro de significado.
Las palabras son articulación, narrativa y estructural. Y están de moda como lo estuvo generar en su momento glorioso, cuando en Colombia se generaban incendios y se generaban alegrías, se generaban accidentes y se generaban noticias, se generaban atentados y se generaban encuentros, hasta que el verbo quedó tan gastado que ya no generaba nada.
Articulación es hoy la reina indiscutida. El presidente Petro acaba de expedir una directiva que ordena que ningún funcionario pueda declarar públicamente sin la debida articulación previa con la Secretaría de Comunicaciones. Articulación para hablar. Articulación para callar. El Concejo de Bogotá instaló una Mesa de Articulación para la inserción laboral juvenil. Los ministerios exigen articulación interinstitucional, articulación intersectorial, articulación territorial. En los planes de desarrollo, la palabra aparece tantas veces que el contador de Word se rinde. La ironía es perfecta: tanto articular y nadie coordina nada. La palabra se articuló sola hasta vaciarse.
Narrativa llegó de las universidades y los laboratorios de comunicación política y hoy colonizó hasta el noticiero de las siete. Ya nadie habla de propuestas ni de programas de gobierno. Hablan de narrativas emocionales, de poder narrativo, de instalación de narrativa, de candidatos que logran que otros hablen de ellos. El ciudadano que enciende la televisión ya no sabe si le están contando lo que pasa o le están explicando cómo le están contando lo que pasa. La narrativa terminó narrándose a sí misma.
Estructural es la tercera en discordia y quizás la más peligrosa. Todo en Colombia es hoy estructural. La pobreza es estructural. La corrupción es estructural. La violencia es estructural. El atraso del campo es estructural. Los problemas de salud son estructurales. Los de educación también. Los de movilidad en Bogotá amenazan con volverse estructurales en cualquier momento. La palabra nació para distinguir lo profundo de lo superficial, para señalar las raíces de los problemas y no sus síntomas. Terminó siendo tan superficial como todo lo que pretendía diferenciar. Y lo más grave: cuando todo es estructural, nada tiene solución concreta ni responsable identificado. Lo estructural es el refugio perfecto de quienes no quieren actuar.
Pero la epidemia tiene más pacientes. Gestionar reemplazó al verbo hacer con una elegancia burocrática que intimida: ya nadie hace trámites, los gestiona; nadie resuelve problemas, los gestiona; nadie atiende a la gente, gestiona su atención. Impacto sobrevive todavía, resistente y omnipresente: todo genera impacto, todo tiene impacto, todo mide su impacto, aunque nadie sepa muy bien en quién ni en qué. Ecosistema salió de la biología para instalarse en la política, la tecnología y los negocios hasta perder todo oxígeno: hay ecosistemas emprendedores, ecosistemas digitales, ecosistemas de paz y ecosistemas electorales, ninguno con una sola planta viva adentro. Visibilizar convirtió el acto simple de mostrar algo en una operación casi quirúrgica. Y resignificar promete darle nuevo sentido a las palabras justo cuando el idioma más necesita que las palabras conserven el suyo.
Es más, en Colombia ya nada se cae, nada cede, nada se derrumba ni se desmorona. Todo colapsa. Los puentes colapsan, los hospitales colapsan, las vías colapsan, los gobiernos colapsan y los árboles, como quedó demostrado en Quilichao, también colapsan. El verbo es tan versátil que hasta el idioma mismo amenaza con colapsar bajo el peso de tanto uso.
La enfermedad, conviene recordarlo, no respeta jerarquías ni tamaños de municipio. La Oficina de Prensa de la Alcaldía de Santander de Quilichao lleva un tiempo sorprendiendo a sus ciudadanos con boletines que merecen traducción simultánea. Hace unos días informaron, muy serios, que «un individuo arbóreo de la especie Samán colapsó, tras verse afectado por un choque con una tractomula, sumado a otras condiciones que comprometían su estabilidad estructural». Traducción: un árbol se cayó. Pero ojo: según la redacción oficial, el árbol había chocado contra un camión. El samán tomó la iniciativa. La tractomula estaba ahí, tranquila, cuando el individuo arbóreo decidió lanzarse encima.
Pero los de la Oficina de Prensa no se detuvieron ahí. En el boletín de hoy registraron la atención a comunidades afectadas por lluvias y por «eventos antrópicos no intencionales». Eso, en quilichagüeño de toda la vida, creo que significa accidentes. Los que pasan sin que nadie los haya planeado, como siempre han sido los accidentes desde que el mundo es mundo. Y para rematar, acompañaron de cerca a las «familias impactadas», que antes, cuando el idioma todavía estaba sano, se llamaban familias afectadas, damnificadas, o simplemente: las familias. Todo esto, por supuesto, lo hicieron «en articulación» con la Corporación Autónoma Regional del Cauca. Ahí está la palabra reina, cerrando el círculo con su acostumbrada solemnidad vacía.
La pregunta que queda flotando es sencilla y urgente: ¿quién enseñó que enredar las palabras equivale a saber escribir? La prestancia literaria, señores funcionarios, se consigue exactamente con lo contrario: con claridad, con precisión, con respeto al lector. Un árbol caído es un árbol caído. Un accidente es un accidente. Y un boletín de prensa que necesita traductor no es comunicación institucional. Es, con todo el cariño del mundo, una articulación narrativa con serias deficiencias estructurales.
Cada época produce su propio vocabulario de trinchera, y ese vocabulario termina delatando más sobre las modas del poder que sobre la realidad que pretende describir. Las palabras de moda cumplen siempre la misma función: dan la apariencia de profundidad sin el esfuerzo del pensamiento, transmiten la sensación de que algo se está haciendo sin la incomodidad de hacerlo, y construyen una distancia cómoda entre quien habla y la realidad sobre la que habla.
El idioma es el primer territorio que hay que cuidar. Cuando las palabras se gastan, el pensamiento se empobrece. Un país que piensa con palabras vacías tarda más en entender lo que le pasa y más en encontrar el camino para salir. Colombia tiene problemas reales, profundos y urgentes. Merece palabras igual de reales, igual de profundas, igual de urgentes. Palabras que nombren las cosas por lo que son, que señalen responsables con nombre propio, que propongan soluciones con fecha y con firma.
Articular una narrativa estructural no alcanza. Nunca ha alcanzado. Y mientras seguimos articulando, los problemas siguen ahí, sin narrativa y sin estructura, esperando que alguien los llame por su nombre verdadero.
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