
Por: Stella Ramírez G.
El “ungido” de algunas iglesias cristianas, Abelardo de la Espriella, asegura que la mejor forma de acabar con la delincuencia es la “ley del fusil” apoyado en una ley insistente.
Y no, no es una metáfora.
Es una advertencia.
Cuando la propone, no está exagerando el lenguaje: está dibujando el país que algunos están dispuestos a construir.
Un país donde la ley no protege… sino que amenaza.
Además, lanza otra idea inquietante: “construir cárceles diez pisos bajo tierra, donde los reclusos no vuelvan a ver la luz del día a pan y agua”. (Palabras textuales de De la Espriella)
Ese “anhelo”, donde la justicia no argumenta… sino dispara, donde enterrar vivo a una persona se presenta como castigo legítimo, y donde “destripar” al adversario se vuelve consigna, no es una propuesta de orden.
Es la expresión de una mente atravesada por el odio.
En el —imaginario— gobierno de De la Espriella, pensar distinto puede costar la vida.
Porque no nos engañemos: cuando el fusil pretende convertirse en ley, lo que desaparece no es el delito… es la libertad.
Y lo más grave no es la frase.
Es el aplauso.
El respaldo de quienes, envueltos en discursos religiosos, pastores y sacerdotes han decidido guardar silencio frente a propuestas que contradicen el mandamiento más básico: no matarás.
Al contrario, celebran con abrazos al «ungido».
¿En qué momento la fe dejó de ser límite?
Porque una cosa es predicar orden… y otra muy distinta es justificar la violencia como método.
Una cosa es defender la seguridad… y otra es legitimar la muerte.
La “ley del fusil” no busca justicia.
Busca obediencia.
No pretende proteger la vida.
La pone en riesgo.
Y quien la normaliza —desde la política o desde el púlpito— no está defendiendo valores.
Está renunciando a ellos.
La historia ya ha mostrado lo que ocurre cuando el poder se arma y la moral se calla:
empieza con discursos de fuerza,
sigue con silencios convenientes,
y termina con sociedades que aprenden a vivir con miedo.
Por eso no son frases de más.
Son líneas que se cruzan.
Y hay momentos en los que callar no es prudencia…
es complicidad.
¿Hasta cuándo el pueblo cristiano continuará caminando por el sendero al que lo conducen pastores llenos de avaricia y poder, desconociendo el mandato de Dios?
¿Hasta cuándo el pueblo de Dios seguirá obedeciendo mandatos de hombres antes que los mandatos divinos?
Esperemos que, como el tiempo lo ha venido demostrando, esos “apóstoles” sigan quedando en vergüenza.
Porque Dios no los mandó a “ungir” candidatos que proclaman la muerte…
sino a defender la vida, no a satisfacer su avaricia y su impiedad.
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