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Sábado, 3 de octubre de 2026

El triunfo agridulce

El triunfo agridulce
El triunfo agridulce
Imagen: https://chatgpt.com/
Stella Ramírez Granobles
Stella Ramírez Granobles

Todos los ojos están puestos en los “quemados” de la contienda de ayer.

Pero está pasando de agache el quemado mayor.

Porque si alguien también salió golpeado fue Álvaro Uribe Vélez.

Y eso no es cualquier cosa.

Durante más de dos décadas su nombre fue sinónimo de poder electoral, de disciplina política y de control sobre buena parte de la derecha colombiana.

Hoy el panorama empieza a mostrar otra realidad.

Varios de sus alfiles quedaron por fuera y, aunque algunos sectores celebran el resultado de su ungida —la misma que en público grita con orgullo “Uribe es mi papá”—, ese supuesto triunfo termina siendo, en realidad, un triunfo agridulce.

Y hay un detalle que los medios hegemónicos prefieren no poner sobre la mesa.

Cuando Iván Cepeda Castro fue elegido como candidato del Pacto Histórico, la Registraduría Nacional del Estado Civil instaló cerca de 20.000 mesas para ese ejercicio democrático.

Ayer, en cambio, para un proceso comparable, la misma entidad desplegó 120.000 mesas.

Es decir, 100.000 mesas más.

Un aparato electoral seis veces más grande.

Un despliegue institucional mucho mayor.

Un escenario completamente distinto.

Sin embargo, hay una “razón” que algunos medios quieren instalar en la opinión pública: cambiar el lente para cambiar el resultado.

Intentan presentar el triunfo de Cepeda como una derrota, acomodando la narrativa y comparando cifras que no nacieron en las mismas condiciones.

Pero los números, cuando se miran con contexto, cuentan otra historia.

Y mientras algunos discuten titulares, Colombia sigue de fiesta. Porque muchos de los que fueron artífices de que las reformas sociales no llegaran al pueblo, hoy se quedaron por fuera del escenario político.

A varios de ellos se les acabó la guachafita.

Habían salido a vender la falacia de que ahora sí apoyarían las reformas sociales. Que ahora sí estaban del lado del pueblo. Que ahora sí habían entendido el momento histórico.

Pero el país ya no es el mismo.

El pueblo aprende.

El pueblo observa.

Y cuando llega el momento de hablar en las urnas, también pasa la cuenta.

Por eso la pregunta sigue siendo inevitable: si para vender un “gran triunfo” se necesitaron 100.000 mesas adicionales, ¿de qué victoria está hablando realmente la extrema derecha?

Tal vez lo que estamos viendo no es la consolidación de un liderazgo.

Tal vez estamos presenciando el desgaste de una era política que durante años pareció intocable.


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