Entre el algoritmo y la realidad


Hoy cuando la tendencia del día es glorificar a Bad Bunny y olvidar la pederastia de la elite y la masacre de Gaza, ejercer el periodismo implica caminar sobre un terreno minado.
Nunca antes hubo tantas herramientas para informar y al mismo tiempo, tantas para desinformar. Las redes sociales, que prometían democratizar la palabra, se convirtieron en fábricas de ruido. Las fake news viajan más rápido que los hechos. La inteligencia artificial produce textos, imágenes y voces con una eficacia inquietante. Y el algoritmo, ese editor invisible, decide qué existe y qué se hunde en el silencio.
En este contexto, el periodista enfrenta una tentación permanente: dejar de investigar para empezar a influir; abandonar el oficio para asumir el disfraz del influencer. El síndrome es reconocible: opinar antes de saber, publicar antes de verificar, comentar lo que otros comentan y llamar actualidad a lo que apenas es tendencia. No se persigue la verdad, sino el alcance; no se busca comprender, sino circular.
Antes hubo periodistas tendenciosos, es cierto: con dueños, con partidos, con miedo. Pero aun así existía una noción clara de responsabilidad. Hoy muchos trabajan sin dueño visible, pero sometidos a una tiranía más eficaz: la del clic, la métrica y el engagement. La dictadura ya no usa botas ni censores reconocibles. Ahora se llama algoritmo. Premia la frivolidad, castiga la profundidad y condena al olvido todo lo que no entretiene.
Mientras las pantallas gritan, las redacciones guardan silencio.
Y la realidad avanza sin filtros.
En Córdoba, Chocó, Sucre y Bolívar, el agua se lleva casas, cultivos, animales y vidas. En la costa Caribe colombiana, el invierno ahoga pueblos enteros. En Gaza, la masacre continúa con una regularidad que ya no provoca horror, sino cansancio. La repetición también anestesia.
Pero no todas las tragedias son naturales.
Y ahí comienza el trabajo que muchos ya no quieren hacer: investigar.
Las inundaciones en amplias zonas del país tienen al menos dos orígenes que deben examinarse con rigor. El primero es la crisis climática: un frente frío ártico imprevisible cuyos efectos aún se sienten, especialmente en el nordeste y oriente antioqueño. El segundo, del que casi no se habla, es humano, administrativo y político: las represas estaban saturadas.
Urrá, de manera irregular.
Hidroituango y otras, al límite.
Todo esto mientras se le decía al país que había escasez de gas.
No faltaba agua. Había abundancia.
Y hoy se libera de forma brutal: más de 2.500 toneladas por segundo. Agua que arrasa, que destruye, que mata. ¿Cuántas vidas y bienes se perdieron por estas decisiones? ¿Cuánta energía potencial pierde Colombia cada segundo mientras el recurso se bota como si no tuviera valor?
Estas preguntas no dan likes.
Pero son las que importan.
Congresistas de Córdoba, Bolívar, Sucre y Atlántico hundieron la ley de financiamiento del Estado y hoy piden recursos para atender la crisis del agua que ellos mismos contribuyeron a provocar. Miserables con el pueblo. Un magistrado de Córdoba pidió suspender la emergencia económica. La irracionalidad también firma autos judiciales.
Sin embargo, en las redes solo se habla de Bad Bunny. No porque cante mal, sino porque el mundo decidió convertir el espectáculo en refugio, la evasión en política y la indiferencia en estilo de vida.
Cada vez se ven menos mendigos en la calle. No porque haya menos hambre, sino porque ahora están en la red: mendigando likes, extendiendo la mano digital, sonriendo para no desaparecer. Esclavos del algoritmo.
El periodismo, atrapado en esta lógica, corre el riesgo de dejar de ser un oficio para convertirse en una performance. El periodista ya no pregunta: ¿a quién sirve esta verdad?, sino: ¿cuántas vistas tiene?, ¿cuánto dura?, ¿qué tan viral puede ser?
El dolor sin edición no circula.
La tragedia sin música de fondo no alcanza tendencia.
La muerte, si no se puede monetizar, se archiva.
Tal vez hoy el verdadero acto revolucionario del periodismo no sea gritar más fuerte, sino detenerse. Investigar. Contradecir la velocidad. Mirar donde nadie mira. Nombrar lo que no da likes y seguir llamándolo realidad.
Porque cuando el mundo se ahoga y la masacre continúa, celebrar la tendencia no es ingenuidad: es una forma elegante —y cómoda— de mirar hacia otro lado.
Texto e IlustrArte Digital By Keshava Lìévano
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