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Jueves, 8 de octubre de 2026

Omaira, la niña que cantaba entre el lodo

Omayra 2

 

Keshava Lìévano

La noche del 13 de noviembre de 1985, Armero dormía bajo una luna tibia.

Nadie sabía que el Nevado del Ruiz estaba a punto de despertar.

El aire olía a lluvia, y las luces de las casas temblaban en silencio, como si presintieran algo.

En una vivienda humilde, una niña de trece años ordenaba sus cosas para el día siguiente: el cuaderno, el lápiz, y una cajita de dulces —cocadas, panelitas, confites de colores— que vendía en la escuela para ayudarle a su madre.

Omaira Sánchez Garzón era alegre, vivaz, llena de sueños.

Soñaba con ser enfermera, con ayudar a los demás, con comprarle zapatos nuevos a su hermano menor.

Tenía el alma grande y los pies en la tierra.

Esa noche, antes de acostarse, su abuelo —un viejo recolector de algodón de piel tostada y manos curtidas por el sol— se sentó a la puerta de la casa.

El día había sido largo: los campos del valle parecían nevados de tanto algodón, y el aire aún guardaba el aroma del fruto seco.

El abuelo, con la mirada cansada y el corazón lleno de ternura, tomó su vieja voz de cantor campesino y le regaló a su nieta la tonada de siempre: la canción que lo acompañaba desde joven.

“Lunita consentida colgada del cielo,
como un farolito que puso mi Dios,
para que alumbrara las noches calladas,
de este pueblo viejo de mi corazón.

Pueblito de mis cuitas, de casas pequeñitas,
por tus calles tranquilas corrió mi juventud,
allí aprendí a querer por la primera vez,
y nunca me enseñaste lo que es la ingratitud…”

Omaira lo escuchó con los ojos cerrados, abrazada a sus rodillas.

Afuera, los grillos llenaban la noche de música.

Esa canción, “Pueblito viejo”, era su arrullo y su promesa.

No sabían que sería la última que compartirían.

Omaira, la niña que cantaba entre el lodo

Poco después, la montaña rugió.

Una luz rojiza se alzó sobre el horizonte, seguida por un estruendo que rompió la noche.

El barro, las piedras, el fuego y el río se mezclaron en una sola corriente.

En minutos, Armero desapareció bajo una ola de lodo ardiente.

El abuelo, la madre, los hermanos… todos quedaron bajo la avalancha.

Solo Omaira sobrevivió.

Al amanecer, los rescatistas la encontraron atrapada entre los restos de su casa.

Solo su cabeza y sus brazos emergían del barro.

El agua le llegaba al cuello, pero su voz seguía viva.

—“No se preocupen por mí”, decía. “Dios no nos abandona.”

Durante tres días habló con el mundo entero.

Su voz, transmitida por radios y cámaras, se volvió un eco de fe.

Recordó a su madre, a su escuela, al abuelo de las canciones.

Y, en los momentos de cansancio, volvía a cantar:

“Lunita consentida colgada del cielo…”

La melodía se elevaba entre el lodo, frágil y luminosa, como si el alma misma de Armero se negara a morir.

Los socorristas lloraban, la nación entera escuchaba.

En medio del desastre, una niña de trece años cantaba para no rendirse, para mantener encendida la llama del amor.

Cuando llegó el tercer amanecer, el agua subió un poco más.

Omaira miró hacia arriba, como si viera a su abuelo esperándola, con su saco lleno de algodón y su sonrisa de campo.

El sol nacía, el barro se aquietaba, y ella cerró los ojos, dejando su canción flotando sobre el silencio.

Pero Omaira no se fue del todo.

Su voz quedó grabada en la memoria del mundo, símbolo de inocencia y fortaleza.

Cada vez que suena “Pueblito viejo” en una emisora campesina, cada vez que cae la lluvia sobre el valle del Tolima, su canto vuelve.

Vuelve su sonrisa, su ternura, su fe.
Vuelve la niña que vendía dulces, la nieta del cantor de algodón,
la que habló con el barro y con el cielo.
Omaira, la niña que cantaba entre el lodo,
la lunita consentida de Colombia,
que aún alumbra, desde la eternidad,
las noches calladas de nuestro corazón.


Texto e IlustrArte Digital By Keshava Lìévano
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