Consejos de Juventud: entre la apatía y la necesidad de una reforma.

Por: Juan Camilo López Martínez.
El próximo 19 de octubre, Colombia volverá a vivir una elección que, en teoría, debería ser símbolo de participación y renovación: la de los Consejos Municipales de Juventud (CMJ). Sin embargo, el ambiente que rodea este proceso dista de ser optimista. En muchos territorios hay más desinterés que entusiasmo, más desconfianza que esperanza. Y es que hace cuatro años, cuando se eligieron los primeros CMJ después de una década de espera, el país presenció una gran paradoja: se llenaron las urnas de ilusión, pero rápidamente se vaciaron las sillas de participación. Los jóvenes electos, en su mayoría, no volvieron a sesionar.
De cara a una nueva elección, el debate no puede quedarse en el acto simbólico del voto. El reto es replantear el sentido mismo de los consejos y entender qué se necesita para que estos espacios realmente sirvan. Si los Consejos de Juventud quieren tener relevancia, deben primero recuperar la confianza de los jóvenes. De nada sirve una figura institucional si la ciudadanía juvenil no la considera útil. En las elecciones de 2021 la participación fue mínima (en algunos municipios no llegó ni al 10% del censo juvenil) y eso les restó legitimidad desde el primer día. Si el 19 de octubre ocurre lo mismo, estaremos repitiendo el error: elegir representantes sin respaldo social. La participación no se decreta, se construye. Los gobiernos locales deben asumir su responsabilidad en promover, acompañar y visibilizar estos espacios, y los jóvenes deben entender que la transformación no llega solo desde las calles o las redes sociales, sino también desde las instancias donde se toman decisiones.
El Estatuto de Ciudadanía Juvenil, que dio origen a los CMJ, fue una conquista histórica, pero hoy requiere una reforma urgente. Su estructura normativa no garantiza condiciones reales para que los consejos funcionen. Los jóvenes elegidos suelen encontrarse sin presupuesto, sin asesoría técnica, sin reconocimiento político y con una relación difusa frente a alcaldías y concejos municipales. Es necesario que el Congreso materialice una revisión profunda que establezca recursos, competencias claras e incentivos reales para quienes participan. De lo contrario, se seguirá repitiendo el ciclo de entusiasmo inicial y frustración posterior. Los jóvenes quieren incidir, pero necesitan un marco institucional que les permita hacerlo de manera efectiva.
Finalmente, este proceso debe ser un ejercicio libre. Los Consejos de Juventud no pueden convertirse en una extensión de las estructuras políticas tradicionales. Ojalá se deje a los jóvenes pensar, proponer y disentir sin presiones ni cooptaciones. La independencia es esencial para que estos espacios recuperen sentido. Cuando los jóvenes perciben que la política es solo un juego de poder, se alejan. Pero cuando ven que hay autonomía, creatividad y propósito, participan. Esa es la oportunidad que el país tiene ante sí: permitir que las nuevas generaciones hablen con su voz, no con la de quienes llevan décadas monopolizando la representación.
El 19 de octubre no debería ser solo una cita electoral más, sino una oportunidad para rescatar la credibilidad en la participación juvenil. Si no logramos que los CMJ sean legítimos, útiles y autónomos, volverán a ser una formalidad sin impacto. Colombia necesita jóvenes que participen, pero también instituciones que los escuchen y los respeten. Solo así, los Consejos de Juventud dejarán de ser un adorno institucional y se convertirán en un verdadero motor de transformación democrática.