LA CALLE, EL MEJOR MIRADOR…
Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
La buseta transitaba lentamente, la llovizna no dejaba ver con claridad; la ciudad pasaba por las ventanillas como un fantasma empañado, y ellos no tenían ganas de llegar a su destino.
—Indudablemente, el arte tiene caras ingeniosas; mire esos grafitis que polucionan ahora las ciudades.
—Son respuestas a las tantas amenazas de este mudo sin frenos.
—El arte incumbe, llena, vacía, sugiere, denuncia… y la calle es el mejor mirador para mostrarnos la conciencia del mundo…
—Esos grafitis, de verdad, quedan allí como un grito mudo, pero todo transeúnte, quiéralo o no, es su destino.
—Cuando se termina la obra se abandona, hay que dejarla a quien pueda pertenecerle; ella cierra un ciclo; aferrarse a ella es disminuir las probabilidades de seguir creciendo. Como las hojas del árbol, que caen una a una; el viento las lleva al lugar de los olvidos.
—Como las aves: unos días son acompañados por sus padres, y luego vuelan solas, sortean contingencias.
—La última mirada que se le concede a la obra hecha puede ser la más larga: autojuicio, o embelesada contemplación sin condiciones. Generalmente, una satisfacción íntima colma la respiración del alma. Otras veces, incomodidad infinita; no alcanza la fuerza para satisfacción gratuita; acusa, retribuye con descontento, lo cual no necesariamente quiere decir que se haya abortado la creación esperada.
—»Por qué publicas», le peguntaron a Alfonso Reyes. «Para no seguir corrigiendo», respondió. ¿Le ocurre algo parecido al pintor?
—Esas siempre me han parecido respuestas tramposas, artificios de intelectual acosado por el momento. Si publica el escritor, si muestra el pintor, si el músico toca o compone, obedece simplemente a la propia esencia y rigor del oficio. El panadero hace pan, el sastre cose, el médico ausculta, el abogado litiga, el atleta corre, el profesor enseña, el actor actúa, el filósofo piensa, el predicador habla… Cada quien, atado a su destino ineludible. La vida señala, nos escoge un camino, una tarea; nosotros tenemos que explorar talentos, ponernos el delantal, y ¡al oficio!
—Toda la obra de Alfonso Reyes parece que anda en un librito: La experiencia literaria. Los escritores mayores dicen que fue la mejor prosa literaria de Latinoamérica en el siglo XX.
—Algo leí de él en los magazines dominicales. Hoy no recuerdo nada, y eso hace que uno cuestione ciertas lecturas. Sólo asimilamos lo que de verdad se sitúa en nuestro
centro de gravedad; lo demás no deja huella ni sombra.
—Estamos de acuerdo.
—En algunos libros uno como que reencuentra el tiempo perdido, y eso da significado momentáneo a la existencia. Deberíamos leer los mamotretos de Proust.
—Hay que leer a Proust de la manera como él escribió: forrar en corcho el estudio para aislarse del mundo exterior.
—La otra noche descargué la primera parte de En busca del tiempo perdido, en menos de un minuto. ¿No es maravilloso internet?
—Tengo la firme esperanza de, en lo que me queda de vida, no leer un libro en internet. Esa será mi guerra santa, mi venganza.
—Jajajajaja. Es bueno aprender el arte de la paz, sobre todo con los inofensivos libros de la red.
—En este caso la paz se me ha convertido en agresión.
—Se oye como si tuviera crispados los puños, listos para el golpe… ¡Oye, qué vaina, tengo que bajarme en la próxima esquina!
Se despidieron apresuradamente en el parador; la lluvia se había ensañado con la ciudad nocturna. Todo se veía desprotegido; los andenes chispeaban, estaban negros con el agua. Él corrió hasta la puerta de su casa…
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