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domingo 3 noviembre, 2013 a las 7:52 pm

LOS INSENSIBLES

mauricio arboleda
mauricio arboleda
Por Mauricio Arboleda Vivas

Lo que para la mayoría de nosotros, los ciudadanos del común, llamamos CORRUPCIÓN, es para ciertos sectores un estilo de vida o de trabajo. Se necesita una masa muy torpe para elegir representantes que hacen de las suyas con los recursos públicos, pero más allá de eso, se necesita que esta clase sea tan insensible como para que priorice, por ejemplo, favorecer a una empresa poderosa por encima de potabilizar el agua de una comunidad que vive entre las infecciones y la miseria. Yo, particularmente, no solo me siento usado sino culpable, y cada vez que veo una escuela sin pupitres, cada que veo niños en las calles sin zapatos o cada que veo señoras con los pies llenos de llagas pidiendo monedas en la calle; esa culpa me oprime más.

¿Cómo puede ser uno tan poco ser humano? me pregunto constantemente acerca de una clase dirigente que no se sacia con nada, que a su paso arrasa con el patrimonio que es de todos, que ya con los bolsillos llenos vive en un afán desmesurado por llenarle los bolsillos a otros. La desfachatez y el cinismo no tienen medida en estas lides politiqueras, familias enteras llenas de dinero que no les pertenece, se empeñan no solo en conseguir más, sino en continuar un linaje de corrupción: el yerno, el hermano del yerno, el sobrino de aquel… y siguen y siguen como en un barril sin fondo, mientras un grupo de jóvenes bailarines, un semillero de científicos o hábiles deportistas tienen que salir a vender gelatinas, empanadas y postres para conseguir un pasaje a otra ciudad y quedarse en hotelitos bastante modestos.

Deprimente e ilógico es el panorama. Un Congreso putrefacto que legisla para su propio beneficio a la vista de todos, mientras televisan su perrería, y una masa indiferente o demasiado complaciente, que asiente cada que le proponen hundirle más la daga en sus entrañas. En importantes debates, como el de la reforma al sistema de salud, se demoraron más tiempo leyendo las excusas y los impedimentos que debatiendo la conveniencia de menudo ladrillazo a sus electores. Se necesita ser muy hijo de su madrecita para hacer negocio con el bienestar ajeno, con el dolor de la enfermedad y con el sufrimiento de un hijo que necesita un medicamento para sobrevivir, se necesita también carecer de pantalones para no hacer un llamado a la mesura y detener el chorro de semejante teta llamada erario público.

Y no solo es tremendamente insensible, sino de ignorantes, pensar que el dueño de una multinacional tiene mayores necesidades que esas comunidades aisladas donde el puestico de salud queda a dos o tres horas caminando por alguna trocha. Detrás de un escritorio no se untan de barro, ni en las marmóreas instalaciones del edificio público, ni en los lujosos autos blindados que les pagamos para que se sientan seguros. Me pregunto si necesitarían tanto escolta en caso de que tuvieran salarios justos y trabajaran por el bienestar de la gente.

Mucho ciudadano está tranquilo con el salario que le da el pancito diario, otros sienten que viven de las sobras, y otros más persiguen el sueño colombiano: un palancazo para un puestico fijo. Lo cierto es que nos une un vínculo muy particular: la capacidad de callar y obedecer, de ser ajenos a la realidad y lejanos a la acción. He sentido enorme angustia pensando cómo le voy a explicar a mi hijo este barullo, y si debo pintarle un horizonte de esperanzas, o someterlo al desconsuelo del país de las causas perdidas y el bajo perfil, alivianando sus expectativas y previniendo decepciones en un futuro cada vez más incierto.

Quiero ser optimista, pero algo me lo impide. La tendencia, tristemente, no es a prosperar; aunque de a pocos quisiera ver que esto mejora, no es el cauce que está tomando nuestra nación. Somos una sociedad victimaria de sus propios sueños, inmediatista y torpe en sus decisiones, indisciplinada en sus acciones, incapaz en sus movilizaciones, ahogada en sus omisiones. De hecho no somos una unidad ni un todo: somos varias naciones, cada una peleando sus intereses y sus derechos. Nos esmeramos tanto creerlo, que ahora cada pueblo debe tener leyes propias, servicios exclusivos y bancadas separadas.

Somos enormemente impresionables, pajecitos de campañas de absurdas promesas, nos deslumbran los discursos bonitos y nos regocijamos en las flores que arrojan desde sus tarimas esos verdugos en potencia, orgullosos si se bajan de su pedestal para darnos la mano, felices si posan para tomarse una fotico con el parroquiano de a pie.

Pintorescos y contundentes carteles se ven últimamente por las calles, desafiando al mismísimo satanás y a su consorte, pero no encuentro ni uno que intente despojar de tanta prebenda a nuestros caudillos. Por ahí en cierta fábula literaria, un rey se transforma en diablo a la vista de su pueblo, con lo cual dejan de creer en su benevolencia y viven un despertar ante semejante sorpresiva figurilla maligna. El día que eso ocurra aquí, muy socarrones vamos a decir que tan lindo por ponerse el disfraz de «Mi pobre angelito», y seguiremos haciéndoles morcillas, como decía mi abuela.