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Sábado, 10 de octubre de 2026

Una modernidad pifiada por la historia

Jorge Muñoz Fernandez
Jorge Muñoz Fernandez
MATEO MALAHORA
[email protected]

Con frecuencia escuchamos que para que el país alcance el progreso ideal debe acercarse a la modernidad, en una interpretación que confunde modernidad con modernización.

La verdad es que la modernidad ya fue pifiada por la historia y la realidad, censoras que nunca han sido benignas a la hora de establecer si la misión, los objetivos y las estrategias del desarrollo en un momento dado resultan apropiados, adecuados y correctos para resolver la crisis que soportan los pueblos y la propia civilización.

Levantada la modernidad sobre la apoteosis de la razón fundante, con sus arquetipos basados en la historia, el sujeto, la justicia, el progreso, el humanismo, la ética, la vanguardia en todos sus espacios, y la propia revolución fallecieron y ni el estado contemporáneo ni los agentes del poder, e incluso algunos intelectuales no han querido admitir su muerte y esperan que la historia o un milagro le devuelva la vida y recupere su función cerebral.

Lo único real es que todos esos paradigmas, prototipos y modelos civilizatorios no funcionaron y arrastran la metáfora necrológica de su desaparición.

Tres siglos, a partir del siglo XVIII, que países como el nuestro continúan remolcando el desplome de los preceptos basados en el mito de la modernidad.

Quizá allí estriba el desgaste de los proyectos de la política tradicional, que con justa reflexión ha generado el fenómeno de la antipolítica, como se observa en la indignación universal en contra de todos los gobiernos en el mundo, indignación que en cada país asume características particulares y ha incorporado a nuevos actores que hasta ayer eran dóciles exponentes del sistema imperante, como los campesinos.

En el campo de la ética pública, postulado de la modernidad, en países como Estados Unidos, España, Italia, China, Rusia, Venezuela y Colombia, la corrupción es una lepra cuyas instituciones saltan en pedazos donde quiera que el Estado se mueva, sin que cause impresión el hedor y la peste corporativa que emanan los agentes encargados de la cosa pública.

Antes por el contrario, la ciudadanía conoce a los corruptos y socialmente los habilita y legitima, ante la lentitud de la justicia para actuar o la indiferencia de los afectados para demandar.

Célebre es la anécdota de un funcionario de bajo rango que acudió a una recomendación política para cubrir un modesto cargo en una institución que manejaba dineros del Estado. Seis meses después de posesionarse no había cobrado uno solo de sus sueldos y al ser requerido para que lo hiciera, le respondió tranquilamente al funcionario pagador: ¿Es que aquí también pagan?

Fábula o chiste, la historieta ilustra la situación en la que cayeron los partidos políticos en Colombia a partir del novedoso hallazgo del Frente Nacional, un sistema de alternancia en el poder que permitió a los partidos aplicar la corrupción en “justas proporciones”, como lo dijera alguna vez un prohombre liberal, expresidente de la república.

Nació, así, la destreza del “todos ganan”, como un reacomodo social y económico de la clase gobernante, que desocupó a los partidos políticos de toda propuesta ética y condujo a las colectividades históricas al más crudo pragmatismo económico y el oportunismo cómplice.

Se transformaron los partidos políticos en poderosas maquinarias destinadas a ganar elecciones para acceder “al poder por el poder”, como un fin esencial, dejando la justicia social y el desarrollo humano como propósitos secundarios y accesorios.

A la postre, se agudizaron los conflictos, se incrementó la desigualdad social, se fortalecieron los grupos insurrectos, las mafias se tomaron el poder y las elecciones fueron simplemente un sainete democrático, con escenarios prefabricados, guiones fascinantes y actores políticos con perfiles mediáticos.

A todo ello le seguíamos llamando exquisitamente modernidad, mientras íbamos haciendo tránsito de la “realidad real” a la “realidad virtual”, que terminó desplazando las posiciones críticas y recodificando el pensamiento de la sociedad colombiana en el contexto de la globalización neoliberal.

Los principios ordenadores de la política como reglas de juego democráticas desaparecieron, incluso el ideario político de la modernidad, que suponía la igualdad jurídica, fue averiado y el espacio político, en apariencia neutral, con sus partidos, instituciones parlamentarias, entidades territoriales, el voto, los sindicatos y los gremios entraron en crisis de representación y abandonaron la propuesta ética como expresión de la reconstrucción de un nuevo proyecto de civilidad.

Y para completar el infortunio de la sociedad colombiana, en el contexto de la crisis política e institucional, apareció el dinosaurio de la partidocracia que parecía extinguido, sin más horizonte que el de su propio e imponente cuerpo, desafiante frente a un Estado epiléptico, convulso y sin posibilidades, por ahora, de mejoría, convertido en agencia de soluciones, que sólo actúa en virtud de balas insurrectas, presiones parlamentarias y bloqueo de ciudades, y que de paso se autodenomina “Estado de Prosperidad”. Hasta pronto.

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