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Domingo, 11 de octubre de 2026

Acusaciones de brujería para la desinformación

Acusaciones de brujería para la desinformación 3

Acusaciones de brujería para la desinformación

Alfonso J Luna Geller

Yo creo que Colombia es uno de los países en los que se arraigó la más vulgar manipulación de la opinión pública a través de los medios masivos que interpretan las ambiciones de sus dueños, el conglomerado económico.

Es la reacción instintiva porque sienten intervenido su statu quo, con las reformas que viene proyectando el Gobierno Nacional.

Igual, y por las mismas razones, es el país donde el racismo y la exclusión por asuntos de estratificación social y económica siguen vigentes, a veces de manera muy sutil, pero fomentando la barbaridad cotidiana.

Tanto, que no les ha gustado que se proclame la consigna “Hasta que la Dignidad se haga costumbre”.

Hace unos días, por ejemplo, esos medios ratificaron la estigmatización contra la vicepresidenta de Colombia, acusándola de practicar brujería, esta vez en Popayán.

A ella ya la habían perseguido con esta misma disculpa, que reciclan metódicamente cuando no les funcionan otras, o simultáneamente, para confundir a su público.

No sé si recuerdan que durante la campaña presidencial la tildaban de “bruja mayor”.

Entonces, en concordancia, admiro a Francia Elena Márquez Mina, no exclusivamente por haber marcado el hecho histórico de ser la Vicepresidenta de la República, sino por su innegable liderazgo y por el espíritu de superación que la alienta y que le ha permitido ascender por sus conocimientos y formación.

Por ejemplo, luego de que su pueblo minero fue declarado “perturbador de mala fe”, se puso a estudiar Derecho, hasta cuando la Universidad Santiago de Cali le concedió el título de abogada, para luego librar una batalla judicial que terminó con un fallo que suspendió las concesiones mineras a multinacionales. Posteriormente, la Universidad Pedagógica Nacional le entregó el título, Honoris Causa, de doctora en Educación.

La admiro por su valentía y tenacidad, que le permitió después de muchos años de lucha ser ganadora del Premio Ambiental Goldman 2018 para Colombia. Por conservar su humildad y dignidad, a pesar de haber escalado las alturas del poder político. Por su decencia y respeto, que le permitió asimilar la andanada de insultos que este país racista y excluyente todavía le vocifera por su extracción modesta, por ser madre soltera y defensora de derechos humanos.

Pero principalmente, admiro a la vicepresidenta y ministra de Igualdad y Equidad, Francia Márquez Mina, por su resistencia para soportar la avalancha de desinformación que se produce sobre ella con fines malintencionados, para desacreditarla, socavando su gestión e insistiendo en el odio por su etnia. Han llegado hasta acusarla de guerrillera de las FARC, para crear confusión, debilitando la confianza en las instituciones. Su resilencia ante tanta irresponsabilidad e infamia ha sido asombrosa. ¡Por eso te admiro, ve!, dicen por acá nuestros vecinos.

Acusar de brujería a los contradictores políticos ha sido frecuente como herramienta de desinformación. Inclusive, desde hace varios siglos.

Los medios y creadores de contenido para políticos en oposición se benefician del tráfico y la atención generada por historias sensacionalistas o engañosas, porque la desinformación se procesa más llamativa y viral que los contenidos verdaderos.

Eso se hace porque saben que en Colombia la ignorancia es superior al conocimiento: algunas personas tienden a buscar información que confirme sus creencias preexistentes, así sea leyendo únicamente titulares, les diseñan desinformación para hacerlas sentir cómodas, reforzando su ignorancia con las visiones del mundo que necesitan para sentirse “importantes”.

Así ocurrió, por ejemplo, la semana pasada con el cuento de la brujería en Popayán.

Desconocen quienes ignoran las Humanidades, que la práctica ancestral de la cosmovisión indígena y afrodescendiente es vital para mantener el equilibrio natural y la sanación del alma, el cuerpo, el espíritu y la mente.

Por eso es que las comunidades cantan, danzan y ofrecen rituales para agradecer a los elementos sol, tierra, aire, fuego y agua.

Obviamente, eso no lo entienden los que fueron “educados” en miedos, costumbres y creencias que califican lo que no conocen como brujería o satanismo.

Por eso, manipulan la opinión pública con enfoque fanático, para que no tengan en cuenta que Colombia es un país laico y que las libres creencias son un derecho.

Entonces, creen que la violencia es válida para redimir creencias. Así, han producido millones de víctimas. Budistas, cristianos o católicos le han declarado la guerra a protestantes y hugonotes; judaístas, chiitas, sunitas, taoístas, hindúes y musulmanes, entre ellos y contra los otros, también han protagonizado sus propios conflictos.

Se enfrentan por que son diferentes, por ser diversos en creencias. Por los símbolos que creen inmutables: los del crucifijo, contra los del pez, o el cordero, las estrellas, banderas o emblemas.

En otro lado, se matan entre sí los del sello de Mahoma, el candelabro de siete brazos, el pergamino, el Om, la flor de loto, la Swastika, la rueda del Dharma, la espada de Bolívar, el brazalete de acero, amuletos, el Yin-Yang o el Pa Kua. Todos contra todos en diferentes épocas.

Me excusan, pero para mí son batallas entre imbéciles, que buscan enemigos en todas las esquinas para desfogar la ignorancia que los consume.

Lo registrado en Popayán me hizo acordar de otra de las páginas más vergonzosas de la historia de la humanidad: la “cacerías de brujas”, cuando los “dueños de la verdad” torturaban y asesinaban a las mujeres que practicaban otros cultos. También recordé el trágico proceso colonizador donde aparte de violencia física y exterminio de nuestros aborígenes, hubo agresión cultural con la pretensión de negar y destruir sus creencias y dioses, como hoy nuevamente lo pretenden, creando pánico moral, actitudes misóginas y prejuicios sociales.

Los medios de comunicación como prioridad debiéramos conocer nuestras raíces, los hechos que han ido conformando nuestro sistema de creencias, junto con el mestizaje racial y cultural, para poder contribuir a la configuración de una identidad múltiple y compleja, profundamente afincada en la dignidad, la libertad de cada ser humano y en el desarrollo de una economía fundamentada en el saber.

Concretamente, para evitar la desinformación, es importante aclarar que las prácticas religiosas ancestrales, indígenas y africanas son formas legítimas de espiritualidad y no deben confundirse con la brujería. Al abordar la diversidad religiosa con respeto y comprensión, podemos reducir la confusión y fomentar una sociedad más inclusiva y tolerante.

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