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Sábado, 10 de octubre de 2026

¿PARA QUÉ POETAS EN TIEMPOS DE PENURIA?

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¿PARA QUÉ POETAS EN TIEMPOS DE PENURIA?
¿PARA QUÉ POETAS EN TIEMPOS DE PENURIA?

¿PARA QUÉ POETAS EN TIEMPOS DE PENURIA?

León Gil

     «¿Para qué poetas en tiempos de penuria?». Esta es la archifamosa pregunta que lanzara Hölderlin (1770-1843) a su amigo Heinsi (1749-1803), en su elegía Pan y vino; y que aún hoy, más de dos siglos después, muchos poetas e intelectuales hacen, se hacen y tratan de responder.

     ¿Acaso tuvo noticia el gran bardo alemán de tiempos que no lo fueran? Él, tan amante y admirador de la cultura griega, ¿se preguntaría alguna vez si realmente fue tan dorado (y adorado) el Siglo de Oro de Pericles?

     ¿No sería lo más lógico, natural y razonable hacerse la pregunta al contrario? Es decir, ¿Para qué poetas en tiempos de abundancia, prosperidad y ventura?

     Son mayormente afortunados; en cuanto a número y belleza, los trenos y las elegías que las odas y los ditirambos, los epitafios que los epitalamios, las tragedias que las comedias (las de auténtico valor son realmente tragicómicas), las canciones de despecho o desamor que aquellas que celebran el amor y la felicidad de la pareja; por ejemplo… el Siglo de Oro de Pericles no generó su equivalente a Los miserables, de Víctor Hugo.

     Han sido las penas y miserias materiales, físicas y espirituales; tanto individuales como colectivas, las que han generado los más ricos y espléndidos poemas de todas las épocas y todas las naciones.

     ¿Y de dónde y desde cuándo esa maldita manía de coger de chivos expiatorios al poeta y la poesía? Por qué no preguntarse igualmente; ¿Para qué pintores en tiempos de penuria? ¿Y músicos, escultores, cineastas, arquitectos, gourmets, diseñadores de modas y casi que la totalidad de las demás artes, profesiones y oficios?

    Aunque nunca han faltado aquellos que opinan que a la pregunta de Hölderlin le sobran, sencillamente, las cuatro últimas palabras.

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UN SÍSIFO EL POETA, EL ESCRITOR

     Existen muchas formas de expresar una misma idea en unas cuantas líneas. Y sólo una de ellas es la más justa, aunque tal vez jamás sea perfecta.

     Es esa la eterna lucha del verdadero escritor, del artista auténtico. La que hace que su trabajo no sea un placer, un divertimento, una diversión; sino todo lo contrario.

     Es la medida de ese logro la única que le otorga la efímera alegría, la esquiva satisfacción. Todo lo demás es impotencia, frustración; la gran metáfora de la cruel condena del rey Sísifo, esa cuyos motivos el poeta Homero jamás nos reveló.

    Estas líneas; según creo, constituyen a su vez un buen ejemplo de la idea que he pretendido con ellas expresar.

     Quizás alguien lo podría haber dicho mejor con tan sólo una o dos.

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Tal como miras a la mujer de tu amigo, la tuya lo podría estar mirando a él.

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ESE LUMINOSO OBJETO DEL ESPÍRITU

     Un halo de indefinible dignidad parece rodearle. Extraño respeto, casi que reverencia inspira el hombre o la mujer que, en algún lugar público, inmóvil y en silencio se encuentra leyendo un libro. Sin importar su edad, o qué traje luzca, ni el tamaño ni la calidad del libro, ni la banca o silla o suelo en que repose, es hierática su figura, semejante a un místico sosteniendo un objeto sacro con el cual realizara un antiguo y misterioso rito.

     Sea quien sea, parece estar ungido con la máxima nobleza y elegancia del espíritu… Si fuera un niño, sería como ver un Ángel, o quizás al Principito.

     Es extraño, pero la impresión cambiaría radicalmente si ese hombre, mujer o niño lo que sostuviera en sus manos; en lugar de un libro, fuera un celular, un computador o cualquier otro objeto por el estilo. Resultaría un cuadro inobjetablemente ordinario; por decir lo mínimo.

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¿Me pregunto, «si tantas veces fuiste estúpido y ridículo de joven, que te haría suponer que igualmente no lo estés siendo ahora»?

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«Habla Juan de Mairena a sus alumnos:

—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba:

«Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».

El alumno escribe lo que se le dicta.

—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe:

«Lo que pasa en la calle».

Mairena:

 —No está mal»

Antonio Machado, en su Juan de Mairena.

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     A propósito de esa odiosa modita –tan en boga en las redes sociales– de llamar ‘maestro’ a cualquier vejete; tan sólo por el hecho de serlo y haber escrito o realizado algunas otras cositas supuestamente creativas o artísticas, decía el maestro Juan Carlos Onetti (— es una broma; por supuesto, “maestro”. Note la diferencia de las comillas):

     «En México, en un congreso de escritores, me enfermaba cada vez que me decían «maestro». ¿Maestro de qué? Es idiótico. Lo de maestro parece perfecto aplicado a un individuo que quiere adoctrinar o hacer didáctica, como Bernard Shaw. Sartre también trabajaba de maestro. Pero yo no. Jamás me interesó adoctrinar. Si hasta en el Quijote –que estoy releyendo por milésima vez– me revientan esos parrafitos didascálicos que a veces preceden los capítulos.»

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La poesía es más importante para la vida que para el arte, la literatura o la misma poesía.

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Otras publicaciones de este autor en Proclama del Cauca y Valle:

León Gil

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