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Domingo, 4 de octubre de 2026

AÑÁSOL: UN HOMENAJE A LA VIDA

AÑÁSOL UN HOMENAJE A LA VIDA
AÑÁSOL: UN HOMENAJE A LA VIDA

No es fácil narrar historias, menos de un hombre que vivió tantas y tan intensamente. Pero quiero empezar por el primer recuerdo que nos une: el río Quilichao. Aquel en el que tu madre, María Raquel, pasaba mañanas enteras lavando las ropas de otras personas a cambio de dos pesos, mientras tú recogías chambimbes, esas frutas exóticas de forma esférica y con una cáscara que, al romperse, deja escurrir una baba que se utilizaba como jabón natural. Supongo que mientras recogías esos frutos, con los que también jugabas a las canicas, disfrutabas de las aguas del río, que en aquel entonces poseía un caudal digno de los buenos nadadores. En él aprendiste a nadar, y desde ahí siempre estuviste vinculado al agua, del río y luego de la mar. Cuántas veces después del colegio te habrás ido a “echar nado” con tus amigos Tico, Progenio, Olave, Sixto y tantos otros; igual que lo hice yo, 50 años después con Dairo, Jan, Ricardo, en el mismo río que también me enseñó a nadar.

AÑÁSOL: UN HOMENAJE A LA VIDA
Humberto «Tico» Hurtado Cuartas con Arnulfo Ñañez Solarte

Y después de nadar en el río, caminabas, contemplabas y jugabas alrededor de nuestro segundo gran recuerdo: El Gran Samán, nuestro amigo centenario que te vio crecer y ahora morir, y que me vio crecer y seguramente, también me verá morir, porque ese árbol imponente y majestuoso, debe ser inmortal. Yo desde muy niño podía admirar la forma en que adorabas ese árbol gigante, fuerte y a la vez, de hojas pequeñas y delicadas. Ahora comprendo que los ojos de un artista no son iguales que los ojos de los demás, que cuando contemplabas ese gran Samán, profundizabas más allá de sus formas, de sus cáscaras, de su superficie; veías poesía hecha vida.

Caminando por ese bello parque lineal y cruzando un gran puente de piedra llegábamos a un pequeño apartamento al frente de escuela Tello que llamábamos “la oficina”, pero la oficina del arte, la pintura, la música y la poesía de Quilichao. Allí disfrutábamos tardes enteras de obras completas de Mozart, Vivaldi, Strauss, Bach, Tchaikovsky y por supuesto del maestro de maestros: Ludwing Van Beethoven.

Guardábamos silencio, mientras nuestras mentes volaban y se entrelazaban al ritmo de esas románticas y sublimes notas que sólo el más grande genio de la humanidad pudo crear. Sin embargo, no siempre todo era tan sublime, en momentos de alegría y calentura aparecían las otras joyas musicales: Compay Segundo, Los Matamoros, Carlos Gardel, Julio Jaramillo, Jaime Llano, Arnulfo Briceño, Inti Illimani, Silvio Rodríguez, Serrat, en fin, la buena música, porque desde niño aprendí que existen dos tipos de música y que a mí sólo me gusta la buena, esa es una de tus grandes herencias.

¡Qué afortunado soy! ¡Qué afortunados son mi madre, Nathalie y Santiago! Padres hay demasiados, pero padre educador, artista, escritor, intelectual, pintor y poeta, me temo que muy pocos.

Fuiste un hombre diferente, especial, no tenías que presumir de dinero, ropas, marcas, estatus; sabías bien que eso era para hombres pequeños. Por donde pasaste dejaste huellas, de amores y también de odios, por supuesto, esa es una característica de los hombres inteligentes, inconformes, rebeldes, y siempre fiel a sus principios, como muy pocos en estas épocas. Tu forma de ser genuina, espontánea y sarcástica son tu sello, y quien te conozca coincidirá conmigo.

Y pues bueno, un gran hombre, inteligente y rebelde tenía que encontrarse con una gran mujer, inteligente y rebelde, no era para menos, como dicen las rezanderas paisas: “mi diosito sabe cómo hace sus cosas”. Estoy convencido de que ese encuentro fue tu gran obra, al punto que con tus dedos finos plasmaste aquel inmenso amor en el cuadro de la guerrera y el cacique ¡qué maestro que sos! ¡Qué forma de enamorar a una mujer! No podías hacer algo más sencillo como comprarle una blusa o regalarle una carta con frases prefabricadas, no, claro que no, eso lo hace cualquiera, pero la pintura de la guerrera y el cacique, sólo se le ocurre a un grande como vos.

Son muchas las cosas que quedan por decir, pero prometo que este será solo el prólogo. Tomaremos tus notas, recuerdos, anécdotas y aventuras y continuaremos escribiendo.

Por ahora, quiero terminar con el momento de tu final. Rodeado por mí, mi madre y mis hermanos. Viviendo todos con intensidad aquel enigmático momento, como lo habías soñado. En medio de caricias, abrazos, sonrisas y lágrimas. Irradiado por nuestro calor que consumías mientras tu corazón dejaba de latir. Ese corazón de adolecente, porque los mismos médicos nos lo dijeron: tiene un corazón de adolecente. Así que técnicamente puedo decir que te diste el lujo de vivir siempre joven y que quizás, sin quererlo, encontraste el secreto de la eterna juventud, jajajaja, ¡siempre te saliste con la tuya!

Desapareciste en medio de canciones, y esperaste caprichosamente el momento indicado, porque no fue cuando nosotros quisimos, sino cuando vos quisiste. Esperaste que fuera diciembre, tu mes favorito; que fuera de noche, para contemplar el atardecer que siempre te inspiró; y al final, con bombos y platillos, una tormenta de pólvora iluminó el cielo. La pólvora que siempre disfrutaste como un niño; como aquel niño que jugaba a las canicas con semillas de chambimbe, bajo el gran Samán, mientras tu madre lavaba ropas de extraños en el río Quilichao, por dos pesos y un pedazo de pan.

Por tu existencia, que es un homenaje a la vida. Siempre una sonrisa y algún par de lágrimas.

Johan David Ñañez Zuleta
Y familia.

Bucaramanga, 1 de diciembre de 2023.

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