A MI HIJO YA LE PASÓ…

Lo que voy a comentar ahora, en este preciso momento, sucedió hace un año y siete meses atrás, en Santander de Quilichao y me lo tenía bien guardado, bien adentro de mi corazón, y por cuestiones de ética profesional, de reserva personal, para no herir susceptibilidades de ninguna índole, de honestidad para no ofender al causante de los hechos, decidí no comentarlo en su momento, cuando sucedieron los hechos, pero con el correr del tiempo, ya me estaba atosigando con lo sucedido (léase torturando) y en virtud de lo que ahora acontece a nivel nacional, con la cantidad de familias víctimas de esa epidemia etílica, de esos borrachos asesinos al volante, decidí contar mi propia tragedia familiar y aquí me tienen dispuesto a hacerlo y apoyar en algo a las soluciones que por allí se mencionan, para terminar con esa otra tragedia nacional.
Los hechos en mención, acaecieron en la noche del pasado 15 de enero de 2011, entre las 8 y las 9 de la noche, en el cruce de la calle 9a y la Panamericana, donde hay unos semáforos. Mi hijo mayor, iba en su motocicleta, de norte a sur, por el carril derecho y como estaba el semáforo en rojo, esperó al cambio respectivo y entonces, cruzó despacio a la izquierda, para subir por la 9a y justo en ese momento, por el otro carril, de sur a norte, apareció de repente, un pequeño vehículo “a toda”, como dice la gente, y mi hijo, ante semejante aparición trató de acelerar para evitar la embestida, pero era tal la velocidad del conductor del vehículo, que lo atropelló, lo arrastró un trecho, lo dejó tirado sobre el pavimento, “creyéndolo muerto” y salió en retirada hacia la vía a Caloto. Entonces dio la casualidad que en esa parte de la vía estaba un policía, quien se percató de lo sucedido y procedió a detener al conductor, un funcionario joven del INPEC, natural de Popayán, borracho con grado 2 de alcoholemia (según la investigación pertinente), quien iba con otros amigotes, también borrachos. Mientras tanto, sobre el frío pavimento, hacía su labor Dios, pues mi hijo, yacía allí tirado, con la pierna derecha fracturada completamente en dos partes, asustado pero consciente y entonces, vinieron los socorristas de los Bomberos y se lo llevaron al Hospital. Aquí empieza otra historia, pero mi hijo, a Dios gracias estaba vivo, de milagro. Hoy en día, después de un año y medio, ya está un poco recuperado, siguió trabajando y está a la espera de la parte judicial del caso, a cargo de un reconocido abogado quilichagueño.
Como ustedes se dan cuenta, amables lectores, ninguno de nosotros, sea quien sea, no estamos libres ni exentos de que nos pase una tragedia similar, y hasta peor, en lo que ahora se ha convertido en el mayor de los peligros con esos conductores ebrios al volante (ya sean de vehículos o motocicletas), quienes de pronto se convierten en asesinos. Y lo peor de esta gran tragedia nacional, es que “no hay voluntad política” de parte de los congresistas, según afirma Gloria Stella Díaz, del MIRA, para solucionar la situación. ¿Hasta cuándo esos conductores ebrios?




