No tengo miedo y exijo justicia

No tengo miedo y exijo justicia: Camila Castillo

La degradación mental y cultural del ser humano ha llegado a tal extremo que supera cualquier perversidad imaginable con tal de causar algún tipo de daño a cualquiera de sus congéneres o a su entorno. Lo que no ocurre en el mundo animal.
Las noticias cotidianas que tenemos que registrar, leer o escuchar en los medios de comunicación en todo nivel informativo, hacen referencia a masacres, asesinatos sin piedad, corrupción administrativa, atracos callejeros en todas las esquinas, vandalismo generalizado, dramático consumo de drogas ilícitas, destrucción del medio ambiente, violencia política y la implantada por narcotraficantes, miseria pública en calles y barrios completos de las ciudades, plagios y falsedades en documentos, la envidia del resentido por el que triunfa o sobresale…
En nuestro país se volvió normal la agresividad en el tratamiento a los semejantes, el desprecio por la diferencia, el egoísmo hacia el necesitado, la vanidad excluyente de quien logra algo de poder, la venganza de quien desconoce el perdón y la piedad, la intolerancia pública que siempre desemboca en más violencia, la tiranía pasajera pero que parece eterna de quien detenta el poder sin haber estado preparado para ejercerlo, lo cual combina, como cortina de humo, con frases teatrales para ocultar la realidad de lo que intenta o hace, engañando siempre al auditorio.
Y, para completar el panorama, el ignorante que, despreciando su consciencia, en época electoral compromete el futuro de su familia por 50 mil pesitos o un tamal para que entregue su valioso voto.
Una ridícula, pero espeluznante y dramática caricatura de lo que es sociedad civil, se ha venido insertando en todos los estratos sociales de Colombia. Y lo que es más grave, con evidente estímulo y participación de quienes debieran ejercer el control, la educación y el gobierno para bien de todos, no solo para los que hacen parte de las mafias que malversan el poder público.
Otro ejemplo de lo dicho se presentó el pasado viernes en Popayán. María Camila Castillo, de 23 años, estudiante de último semestre de psicología de la Universidad Cooperativa de Colombia, activista social reconocida durante el pasado Paro Nacional, luchadora por la causa feminista, fue víctima de una agresión química, cuando en horas de la noche, saliendo de un salón de belleza del barrio Ciudad Jardín, le arrojaron en el rostro y cabello una substancia, al parecer un pegante industrial.
“No fue un hecho accidental, sino un acto planificado en mi contra”, dijo cuando se recuperaba del ataque del criminal que huyó con otro hombre a bordo de una motocicleta.
En una grabación, Castillo afirmó que los agentes de Policía que llegaron hasta el lugar “le restaron importancia a lo sucedido” y exigió mayor celeridad de las autoridades para dar con los responsables. Sin embargo, la Universidad Cooperativa de Colombia y el gobernador Elías Larrahondo Carabalí rechazaron lo ocurrido.
María Camila aseguró que seguirá exigiendo sus derechos y que esta violencia ejercida en su contra no la detendrá ni alejará de sus ideales. Pero en Colombia también es característica una justicia y una fuerza pública adaptadas a intereses exclusivos de cualquier manipulador poderoso. De ahí la impunidad rampante.
No entiendo por qué la gente se ha concientizado de que es imposible ser buena gente y que no paga vivir en armonía con el Universo.




