SANTA LAURA: PARADIGMA DE MUJER
Crepitaciones 2013

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Creo sinceramente y con mucha seguridad (pero no la democrática), certeza, convicción y hasta con alegría desbordada a la colombiana, que nuestro actual presidente es la persona con mejor estrella del mundo, “con todos los astros alineados”, como él alguna vez lo afirmó (a propósito de los diálogos de La Habana), y como diría alguien por allí, “es la persona más suertuda del país”, porque se le están dando las cosas de una manera especial, casi providencialmente. Tal vez será por la connotación y sonoridad de su apellido, de pura raigambre elitista, estrato 10 o por la mezcla afortunada de las circunstancias extras enumeradas al principio de esta columna.
Pues bien, yendo al grano, al presidente Santos se le “apareció” una santa antioqueña, Santa Laura Montoya Upegui, de Jericó, y por eso los colombianos de bien, junto a él, estamos de plácemes y con júbilo inmortal, pues tenemos otro motivo más para sonreír y sentirnos orgullosos ante la faz del mundo, en contraposición a la mala imagen que algunas veces tenemos en el exterior. El pasado domingo 12 de mayo del presente año, ella fue santificada, siendo la primera mujer colombiana que llega al santoral, con todos los honores que prodiga la Iglesia Católica a quienes, por sus virtudes y siguiendo un proceso exigente y exhaustivo, llegan a tal merecimiento, para bien de una comunidad o de un país determinado.
Tras esa santificación, realizada por el Papa Francisco, en la colmada Plaza de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano, en Roma, es bueno, justo y necesario, atisbar con ojos de buen cubero, un conjunto de circunstancias benéficas para los colombianos. No tanto por el hecho en sí mismo, de ser santa, el cual por sí solo adquiere ribetes inesperados, sino por lo que hay tras bambalinas.
Por ejemplo, ante el asesinato de su señor padre, de profesión médico, ella y su familia, en condición de víctimas, nos dieron ejemplo de fortaleza y coraje, para enfrentar la triste noticia, y aún más, al perdonar a los asesinos, mostraron la importancia de la reconciliación y el perdón, que tanta falta nos hace ahora, que estamos ad portas de un posible fin del conflicto eterno colombiano. Al ingresar a la Normal de Institutores, para ser profesora, para “ayudar a su mamá y familia”, nos enseñó su lealtad, su responsabilidad, para hacerse cargo del grupo familiar. Al querer ingresar a las selvas del Darién, en su calidad de monja, a enseñarles a los indígenas embera-katíos, a tener dignidad como seres humanos, a aprender su lengua, a escribir cartillas, con sus dialectos propios, a respetar su cultura, a que tuvieran confianza en sí mismos, a ser valorados, ante las críticas de los integrantes de la misma Iglesia y de las autoridades estatales, nos dio formidables lecciones de avanzada, de ayuda a los demás, de respeto a la diferencia, de amor al prójimo, de innovación, en fin, fue una mujer que se adelantó a su tiempo, con cualidades y virtudes que brillaron con luz propia y que la convirtieron en modelo y santa de los colombianos.




