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Viernes, 2 de octubre de 2026

Popayán, ¡oh! mi Popayán

Jaime Vejarano Varona1

(“QUIEN LA VIO NO LA PUDO YA JAMÁS OLVIDAR”)

Jaime Vejarano Varona

Jaime Vejarano Varona

Nunca antes la vi tan fascinante, hermosa y engalanada. “Toda de blanco, hasta los pies vestida”, bella y seductora, parecía una novia. Digo mal… era una novia… era la novia de todos.

Y cuánto la queríamos; y cómo nos deleitaba admirarla y sentir el orgullo de saberla nuestra. Y la mostrábamos a los invitados asegurándoles que no había una más linda, ninguna mejor.

Y ella, radiante de felicidad, sin falsas modestias, se mostraba en todo su esplendor, con su piel de nácar, su faz ingenua, su ademán gentil. Y ese porte, tan suyo, de nobleza y dignidad.

Consciente de su valimiento no se recataba ante la admiración que le prodigaban y recibía los elogios con sencilla naturalidad.

Cómo nos henchíamos de satisfacción al saber que le pertenecíamos… que nos pertenecía.

Así era, así estaba nuestra bien amada Popayán ese Jueves Santo de aquel nefasto marzo de 1983.

Desde sus altos campanarios era visible la armónica arquitectura de sus calles rectas y limpias; con sus aleros protectores y amigos; y sus faroles como insomnes vigilantes. Y esos sus tejados recubiertos por la pátina del tiempo con su matiz grisáceo, testimonio de las ardorosas elaciones de su volcán tutelar.

Un aire tibio la envuelve tiernamente, casto y traslúcido; y en los balcones sus macetas florecidas a los ígneos arreboles de insospechables crepúsculos ante la seductora policromía de un paisaje arrobador.

Pero, ¡era excesiva, quizá, tanta belleza!

Y la tierra sintió celos … en ímpetu brutal derribó su Cruz, porque era el signo de su supervivencia y en alarde de su poderío, en solo 18 segundos, uno a uno contados con infinito desespero, vemos ajarse el rostro hasta entonces terso, sereno y risueño de nuestra ciudad, ¡la amada, la inolvidable!.

Resquebrajados sus techos, caída irremisiblemente su hermosa cúpula; derruidos sus templos centenarios, San José, el entrañable y San Francisco, monumento ejemplar del barroco español; y La Ermita colonial y Santo Domingo y Belén.

Silenciadas abruptamente sus campanas, se resiente y tambalea la Torre insignia, la del Reloj, soportando precariamente el embate demoledor; y cuelga desgarbadamente el secular testigo del correr de su tiempo y de su historia, en la más absoluta indefensión.

¡… ¡muerte y dolor … Y llanto por doquier!

Mas no te culpo ¡oh tierra! por tu celoso desvarío: “todos matamos lo que amamos/ que cada uno sepa eso/ mata el valiente con una espada/ mata el cobarde con un beso.”

Tú, mataste con lo que tenías, tu invencible fuerza telúrica.

Devuélvenos, ¡oh! Tierra”, ¡oh! Valle de Pubén, a nuestra amada Popayán.