LA COSTUMBRE HACE LEY


LA COSTUMBRE HACE LEY

«Principio tienen las cosas», oye uno decir por ahí. Hay personas que tienen la virtud de aprender locuciones o dichos y las tienen en la punta de la lengua para cuando creen que es oportuno. Esta frase está entresacada de viejos códices. Y muchos la aplican para sentenciar algún hecho importante para ellos. Aunque sea fatal para los otros.
Sí, el hacer cosas y transformar con ellas la propia vida o poner un punto más en el mundo es un logro o una fatalidad. Nunca alguien hubiera pensado cuando propuso o habló o permitió que pasara algo que iba a trascender y cambiar un poco el corto mundo personal.
Lo banal, sabroso o impreciso que es aceptado por la inspiración, el capricho o el deseo de pasarla bien, pueden llegar a establecer hitos perdurables que cambien circunstancias – hasta ese momento – inamovibles.
Cuántas veces alguien insinúa realizar un paseo o celebrar un pequeño éxito o brindar por alguien en una fiesta y de ese gesto puede nacer una rutina o la continuidad de esa acción por años o por toda la vida. Como cuando uno conoce a otra persona. Al comienzo es un saludo, un estrechar las manos o la despedida de un primer encuentro con un abrazo. Son acciones que suceden casi a diario. Pero, a veces, se convierten en la puerta de entrada a un matrimonio, una nueva relación o un resentimiento de por vida.
O cuando en una empresa alguien cambia las rutinas, las reglas o modo de hacer las cosas, se pueden convertir en nuevos rumbos dentro de la organización. Tal es la fuerza de un cambio o del destino. Lo que al principio se tomó como una condescendencia o un dejar hacer por cortesía, llega a ser la nueva regla.
Nadie lo puede cambiar. Solo la vida. Las circunstancias no se pueden medir en un instante, pero sus consecuencias pueden desencadenar traumas o decisiones cumbres que detengan el curso de lo que hasta el momento era lo normal y cotidiano.
Nadie puede predecir si algo que hasta ahora aparece llegará a perdurar. Y servirá de carril o modelo para actuar, ganar o perder. Desde el padre de familia en su hogar o el vendedor en su tienda puede implantar una costumbre o el gamonal en su barrio podrá cambiar de divisa a la gente que lo escuche cuando le reciba su gabela.
Las costumbres, como el uso del vestido que nos cubre las vergüenzas, como tener tres comidas principales en el día o ir a hacer mercado cada ocho días, son modos de intercalar o introducir rutinas como el gimnasta antes de ejercer su disciplina en la cancha. La costumbre se hace un instrumento necesario y útil para muchas actividades diarias.
¿Será buena o mala la costumbre? ¿Cómo salir del brazo los esposos, o vivir en la misma casa quienes se quieren? Dígalo usted, que está leyendo… Sea su propio calificador o crítico. O fue un invento perverso?
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