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Sábado, 3 de octubre de 2026

DE ESCRITURA Y LUGARES COMUNES

DE ESCRITURA Y LUGARES COMUNES
DE ESCRITURA Y LUGARES COMUNES
Imagen de: http://bit.ly/2EPhecU
DE ESCRITURA Y LUGARES COMUNES
Por Donaldo Mendoza

Casi a diario recibo y leo por la red textos del artista y escritor Rodrigo Valencia Quijano. De tanto leer acabé en esta pregunta: ¿cómo es que este señor escribe tanto sin caer en lugares comunes? Igual de simple que la pregunta fue la respuesta, cual regla infalible: “escribe bien, y no incurrirás en lugares comunes”.

¿Y qué tienen de malo los lugares comunes? Casi todo. Para empezar, es un vicio del lenguaje, y como tal, empobrece el estilo y acusa una falta de originalidad del escritor, porque el lugar común manifiesta falta de ideas propias y enflaquece la comunicación; si algo es predecible son los lugares comunes, por lo trillados, lo manoseados y su abultada obviedad; al grado que cuando un buen escritor asume el riesgo de usarlos, los deja a mitad de camino, con puntos suspensivos: “Yo siempre he dicho…” De pura vergüenza, porque no es el decir de un yo sino de todos: “Yo siempre he dicho que los bebés cuando nacen no se parecen a ninguno”. ¿Cierto que usted, lector, lo ha dicho más de una vez?

Como docente, en taller de escritura para alimentar un periódico escolar, suelo dar la opción de escribir sobre un tema libre, pero la experiencia me ha obligado a prohibir un tema: el amor. Sin duda el campeón de los lugares comunes. En efecto, son raros los ejercicios donde no esté “amar es dar sin esperar nada a cambio”. Lo mismo que los sentimientos, sin duda los enemigos peores para escribir con decoro un buen poema. Todo lo escrito se reduce a una relación de yo y tú, sin posibilidad para otros actores, o lectores, que quisieran como suyos también esos sentimientos. Y en esto los poetas mayores sí que nos dan ejemplos: ¿quién no se enamora con los poemas de Pablo Neruda? Arma de doble filo, además, porque cuando se le quiere imitar, el resultado es asaz pobre.

Hay que huir entonces de esa trampa que son los lugares comunes, que atraen como seductores imanes. ¿Cómo?, mediante el uso de las metáforas. En efecto, cada metáfora es el descubrimiento de una manera nueva de llamar las cosas, como quien encuentra la aguja en el proverbial pajar. Su dominio sólo se logra mediante la práctica, el rigor y la autocrítica. Al grado que cuando se alcanza un ritmo de escritura, como el del autor citado en la primera línea, las metáforas acuden incluso muchas veces de modo inconsciente. Hablando de la noche, por ejemplo, nos dice Valencia: los caminos de la noche se hicieron fecundos en misterios… / la noche, matriz insondable.¿De qué otra manera nos apartamos de la tentación de los lugares comunes? Mediante la certidumbre de que no se escribe para descrestar a nadie, sino conducidos por el humilde arte de la simplicidad, es decir: de la mano de un lenguaje despojado de adjetivos pomposos que nada dicen pero dejan la hinchazón. Ah, y que la sencillez sea la patente de tus vocablos. Fíjense bien, para escribir este miniensayo no se necesitó de frases “elocuentes”, inútiles, como éstas:  Esa era una idea que me perseguía. Con un silencio sobrecogedor. Con el corazón en la mano. Hecho un mar de dudas. Los recuerdos fluyen. Con mano temblorosa… Todas ellas lugares comunes que sé, estimado lector, usted ya conocía.

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