EL LENGUAJE DE FRANCISCO



Colombia ha quedado en blanco después de la visita de Francisco. Las palabras «evangelio», «biblia», «escrituras», san Pablo, o «génesis, 2, 3» nunca se oyeron. No, el Papa tuvo en su boca la realidad fragante. No trajo mensajes cifrados, ni encriptados en salmos o versículos. Habló de cara al pueblo común y corriente. No habló para católicos ni protestantes o pobres o ricos. Habló para quien quiso oír.
El lenguaje del máximo jerarca de una comunidad que no es unánime en sus creencias a lo largo del mundo, fue de conciliación, de compasión, de acercamiento. En su boca no existen palabras ni cifras ni números discriminatorias. No se dirigió hacia los elegidos o los cristianos o católicos o a los que creen. Habló para el hombre y la mujer, para la Eva eterna, para el Adán eterno. Para quienes fueron echados del paraíso y viven afuera ganándose el pan con el sudor de sus frentes.
Francisco sabe que no vino a un Paraíso fiscal o un ghetto en donde comen caviar o beben vodka y whisky en hoteles y bares donde manda un camaján. Esa no es la Colombia que visitó y que no salió a recibirlo. Vino a encontrar a los pobres, a los niños, a los campesinos, a los obreros y empleadillos mal pal pagos. A los que sufren la persecución del dinero del gran capital en almacenes, fábricas e industrias.
Cinco días en los que el Papa habló con lenguaje claro, sin mezclas de latín, ni de engaños. Le dijo pan al pan y no habló de ángeles ni santos ni mártires o elegidos. Buscaba a los niños, a las madres de familia, a quienes en la vida diaria no son oídos ni tenidos en cuenta. Al colombiano raso sin carro, si casa, ni parcela, sin palanca para obtener una casa para votar mañana.
No trajo en su mano a una paloma ni hablaba en trance como un santón o transfigurado. Francisco ha sido fiel a su nombre. Es un hombre sencillo, vestido de túnica blanca sin bandadas de ruiseñores ni de palomas de paz en tiempo de invierno o de crisis o de terremoto. Aquí esos temblores y crisis se viven a diario y por eso vino.
Y vino a Bogotá, a Villavo, a Medallo, a Cartagena. No a hacer turismo ni a visitar estatuas o museos o darle la mano a ministros y obispos. Vino a hablar de lo que habla la gente de la calle. De la pobreza en casa, de la enfermedad, de las necesidades diarias que hacen sufrir a los colombianos. Vino a derramar unas cuantas palabras de consuelo, y a darse cuenta que Colombia es lo mismo que Argentina, que Perú y Bolivia y que Venezuela. El gobierno es rico y sus ministros, pero el pueblo es pobre porque la riqueza se la llevan los inversionistas.
Se va hoy Francisco y ¿qué le queda a quienes lograron verle gastando unos cuantos billetes? ¿Queda más esperanza, más compasión en nuestros gobernantes, empresarios? Ellos deberían salir un día de estos y montar como en un «papamóvil» a ofrecer mejores salarios y dejar algo más a Lázaro en el plato no haciendo honor al buen Epulón.
10-09-17 9:14 a.m.



