DE LA ALEGRÍA DE SER Y EXISTIR



En el recorrido de mi larga ya carrera por la parábola de la vida, me detengo un instante para meditar en este momento de felicidad.
La vida, ciertamente, tiene unos altos y otros momentos lentos y de baja intensidad. Qué fuera si todos fueran mono tonos, sin fuerza unos y desleídos otros. No habría lucha, no habría alegrías que celebrar. Hoy he decido estrenar. He limpiado los pisos, las paredes, he dado lustre a las vidrieras, he alistado los pisos, las alcobas, he mirado los alrededores y me he recostado contra el piso de madera. Allí he conseguido hacer siesta.
Me he sentido como Títiro, el amigo de Virgilio. No toqué la avena porque no tengo la fortuna de haber hecho carrera de música instrumental. Pero hoy la boca, los intestinos me saben a música, a sinfonía, a alegría. No está la haya cerca ni la quietud y el rumor del arroyo suena en el alma como en aquel período de la historia. Pero está mi corazón embelesado con una música celestial que no sé cómo se produce aquí en mi interior.
Tal vez no haya sido consciente en otras épocas de esta paz interior. Estoy sin guerras ni persecuciones, ni acosos ni penurias. Nada me perturba ni me reclama por algo que debería o que no debiera existir. Hay silencio en mi alma y puedo mirar sin esperar. Como el perro que se sienta sobre la tierra sin esperar al amo o el mendrugo. Está seguro en su sitio y nada ni nadie están a su retaguardia amenazantes.
Ser y existir lo pensaron Aristóteles, mi amigo y Heidegger, Kierkegaard y Abelardo y Eloísa y David y Salomón y lo gozaron. Y escribieron unas historias que son espejos reales. Nadie me lo puede quitar. Lo puedo escribir para certificarlo y me sabe a melodía sentirlo en mis entrañas. Una sonata oigo allá, adentro. No sé si es Saint Säens o Bach o Liszt que están por ahí cerquita y me arrullan con sus divertimentos o sus fugas. Se me ha venido a la mente todo lo hermoso que mis oídos han percibido a lo largo de mi vida.
¿Qué duende o duenda ronda en mi alacena aún vacía y sin comprarla que la alegría salta y baila una tonada casi inaudible pero cierta?
Ser. Ser alguien claro y distinto, como lo dijeron Descartes y Hume y Locke y Kant. Con los ojos abiertos ya sin lágrimas. Gozoso. Con un pedazo de tierra mío bajo el cuerpo y un cielo inmenso sobre mi cara. Nadie me lo puede impedir. Sí la muerte. Pero sé que no me está esperando cuando salga de la puerta. Aún me queda mucha cuerda y mi violín está templado.
Ah, de la filosofía. Ah, de la pensadera y el consuelo de poder pensarlo y hacerlo. Ah, de las ilusiones no perdidas, ah, de la esperanza de unos días luminosos y fecundos. Ah, del poder de la Palabra que ruge en mis dedos para poder plasmarlo.
26-0717 8:00 a.m.



