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Sábado, 3 de octubre de 2026
domingo 23 julio, 2017 a las 5:57 pm

ADIÓS AL PARQUE DE SWINGLIAS

ADIÓS AL PARQUE DE SWINGLIAS
Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
En el Parque, el sendero y un árbol con zarcillos y cachumbos

Después de más de ocho meses he decidido volver a mis andanzas por las dos playas del Río Cali. Caminar con la posibilidad de oír cómo ruedan y cantan las aguas en el lecho mientras siguen su curso es una delicia incomparable. Y no solo es el sonido. Es sentir el frescor del aire que arrastra consigo y casi le limpia la cara a uno aunque ya se haya bañado. Es ver fluir sus aguas, ver sus blondas ondas, oír la ronda que brota de sus entrañas limpias.

También puede uno apreciar las lianas que juguetean a su paso y alargan sus cabellos para que los peine. Es observar su serpentear por entre su lecho con sinuosidades, recodos, hoyas, sobre piedras en toda una sinfonía y un cuadro mejor que un óleo pintado y mostrado por una máquina en una exposición para ambientar la visita.

El Río Cali suena a mapalé, pasillo, a merecumbé o bambuco. Sus aguas son las cuerdas y los dedos son las piedras que les sacas de sus ondas los acordes. Se detiene uno un momento a contemplar sereno su paso y la melodía de sus aguas que brincan y abren su boca y oye en el fondo del alma músicas celestes y armonías no escritas en partitura alguna. ¿Quién puso adentro de su lecho un pentagrama y unas teclas y cuerdas que interpretan diferentes tonadas y sonatas, según el momento alegre o triste que experimente el Río?

Sin embargo, y a pesar de saber cercano el día de mi partida de esta escala repentina en mi vida en esta Villa donde brilla el Sol y llueve a cántaros y que disfruté junto a mi hijo, debo a agradecer al viento, al calor, a las calles que me saludaban al amanecer y me vieron llorar cuando recién llegué.

No hubo iguanas, martínes pescadores, ni búhos dormilones ni Río, pero sí hubo nubes y cielos enteramente azules y lluvias que me acompañaron en la noche y la mañana. El Parque me recibió con sus arbustos puestos en marco al Parque enorme al que daba cuatro vueltas a paso rápido. Luego iba a darle vuelta de honor a la manzana donde está el apartamento donde tenía mi Torre de Marfil desde veía todos los paisajes interiores que he trasladado a estas páginas. Fueron 45 minutos diarios de reflexión, de darle salida a mis pesares, de respirar aire puro y alimentar el alma con el vuelo de pájaros y loros y las flores amarillas de un árbol añoso.

Ciertamente es un paisaje distinto, un camino que no tenía ecos conocidos ni caras que respondieran a un buenos días cuando yo lo ofrecía. Era un saludo al que no estaban acostumbrados. Caminar al lado de parejas o tríos o mujeres solas y hombres solitarios tenía su rareza y diferencia. No estaba el Río al que estaba acostumbrado mi corazón herido y que me ofrecía alivio por tanto recuerdo grato.

23-07-17                                                  8:35 a.m.

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