
Colombiano
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Una madre, con nombre y apellido, con derechos y neuronas, con brillantes y oscuridades ha estado en boca de periodistas de oficio y criticones sin oficio. Un ser humano que tuvo novio que la amara, vientre y pecho para dos hijos, ha sido sacrificada en la hoguera por seres no muy compasivos. Oh, razón humana, oh, sensatez deshumanizada. ¿Por qué tratáis a una mujer envuelta en las sombras de la locura como a una bestia infernal? ¿Acaso la mente humana es un reloj suizo que jamás se daña, de un material incorruptible que nunca falla?
Apenas se supo del hecho: que una madre había matado a su hijito, se elevó una lengua de fuego por plazas y cafetines, por hogares cristianos y academias, por cuarteles y tienduchas. El general con detalles afirmó que la madre asesina estaba en sus cabales y gozaba de sus seis sentidos. Parecía que él había presenciado el hecho y que le constaba la cruel versión. No era médico forense ni era psiquiatra forense pero era un general con botas. Ante esa voz militar los hechos se hacen palpables.
La católica y cristiana Colombia se ha vuelto intolerante y violenta. La opinión general se ha vuelto voluble y se deja manejar por los medios. El buen criterio, la duda metódica, la presunción de inocencia desaparecen de pronto. La intimidad personal y familiar, el derecho al buen nombre se borran de la Constitución y la mente se ciega ante lo categórico de una noticia no probada. ¿Es tan fácil despotricar ante lo inevidente y es tan difícil callar ante la intensidad de la mar y la desnudez de la verdad? La pretensión de tirar la piedra contra la mujer sigue vigente.
¿Cómo no intentar entender, cómo no buscar explicación posible frente a tamaña desgracia? ¿Cómo atreverse a condenar a una madre desesperada, ante un repentino desquiciamiento de su mente, cómo hundir a un ser bueno hasta ayer como se lincha a un chacal feroz de instintos malsanos? ¿Cómo el ser humano se convierte para sí mismo en lobo y se hace inhumano cuando prejuzga y quema con saña igual que lo hicieron inquisidores a las supuestas brujas en no muy lejanas épocas?
¿Se nos olvida que muchas veces “matamos y comemos del muerto” en discusiones caseras, en la ebriedad de los vinos o en la calentura de los celos o en la rabia por una deuda? A nuestros propios desvíos luego les concedemos perdón y les hallamos justificación pero a una madre obnubilada por desconocida “razón” la hemos subido al potro y la descuartizamos sin piedad.
El sagrado don de la maternidad queda a salvo, no lo ha mancillado ni odiado esta madre etiquetada por perspicuos lapidadores como desnaturalizada. La salud mental de esta mujer, como la de muchísimos colombianos padres, jóvenes y niños es una de las causas. No sólo de esta tragedia humana sino de suicidios, abandonos de hogar, donación, exposición y venta de hijos. El género humano no por ello pierde su dignidad. Será digno de lástima, en algunos casos, como éste de una madre colombiana.
Será muy saludable reflexionar cómo se está descomponiendo socialmente la Nación. La seguridad social nuestra es muy débil. Para ciertos ciudadanos es muy difícil afrontar sus dificultades familiares, conyugales y personales. El Estado no llega a garantizar la integridad familiar, la educación, el trabajo y la salud mental.
22-06-09 – 4:12 p.m.




