Se marchó Piero: tenía en las manos trigo de lunas

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Tenía yo el cabello largo, usaba pantalones de terlenka con bota campana y usaba zapatos de tacón alto. Cuestionaba a la vida y la sociedad que me rodeaba. Leía a los nadaístas colombianos y escribía poemas que hablaban de metrallas y conflictos, de injusticias y guerras, de dolor y esperanza. Quería —como hoy lo deseo— que el mundo fuera mejor para todos.
Y, una noche, en medio de canciones de «protesta» y en la que mi alma navegaba en algún río aguardientoso, escuché su voz. No me causó gran impacto, pero sí me llamó la atención el mensaje que transitaba en una canción que esa voz interpretaba:
Ellos nacen ancianos
Y van enniñeciendo
A través de la vida,
Los americanos.
Y nacen convencidos
Que no hay nadie en el mundo
Que sea más importante
Que los americanos.
Pregunté quién era el intérprete y entonces supe su nombre:
Piero me dijeron.
Y desde aquella noche, Piero no podía faltar en las canciones que acompañaban mi bohemia. Era mi invitado a las noches donde las interpretaciones de temática social me ayudaban a reconciliarme con el mundo que vivía.
Junto a Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Alí Primera, Violeta Parra, Pablo Milanés, Larralde; Piero cantaba para mi rebeldía canciones como «Para el pueblo lo que es del pueblo», «Pedro Nadie», «Juan Boliche», entre otras.
Indagué para saber quién era ese muchacho crespo con pinta de cura que interpretaba canciones que le calzaban muy bien a mi esperanza de la reivindicación que yo soñaba.
Supe que su nombre era Piero Antonio Franco De Benedictis, que había nacido italiano, pero que la vida lo hizo universal. También me enteré que era actor y cantautor, y que durante muchos años su sello fue la canción social en la que llevó la esperanza a una juventud que no se desesperanzaba.
Fue seminarista. De su paso por el seminario le quedó ese talante modosito que nunca lo abandonó, pero que desarrolló en él su vocación musical y su sensibilidad por lo social.
Fue la canción «Mi viejo», compuesta por su amigo José Tcherkaski, la que lo hizo más popular, pero su repertorio ya había conquistado los territorios de la ternura y el compromiso social.
«Las cosas que pasan», «Coplas de mi país», «Para el pueblo lo que es del pueblo» y otras canciones lo consagraron como uno de los mejores intérpretes de la canción social. Fue hostigado por el tono de sus mensajes que cuestionaban a las dictaduras y a los poderosos de siempre, a tal punto que las matrices de sus discos fueron quemadas.
Un día se enamoró de Colombia y se hizo ciudadano colombiano. Es larga y bonita la trayectoria de ese muchacho que me acompañó en las noches bohemias de mi despertar y cuestionar lo que me rodeaba.
Pero la muerte, la eterna vencedora, que no tiene en cuenta esas minucias de los amores que nos acompañan por la vida, se lo llevó el pasado 7 de octubre a los 81 años de edad.
Hoy recuerdo su voz. Me veo otra vez muchacho de cabello largo, sentado en una fuente de soda de mi pueblo, Caicedonia, escuchando:
Y en los clubes nocturnos,
Después de algunas copas,
Se sienten inspirados
Los americanos.
Y es muy común hallarlos
Bailando sin descanso,
Derrochando la gracia
De los americanos.
Y bien, amigos míos,
Ya basta por ahora;
Les dije lo que pude
De los americanos.
Y si los ven,
Si los ven, les dan mis respetuosos saludos
A los americanos.
Desde otra mesa me mira el excelente pintor Eduardo Mejía, que odiaba que uno pidiera esa canción, pero fue ese tema musical el que luego nos permitió ser buenos amigos. Pero esa es otra historia.
Un guarito por Piero, el eterno seminarista cantor…
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