La Derecha en su salsa

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Después de décadas de auge de la socialdemocracia europea y su estado de bienestar, y de gobiernos progresistas en América Latina, el péndulo ideológico se recargó a la derecha en favor de gobiernos autoritarios catapultados por la segunda presidencia de Donald Trump, cuyos procedimientos teatrales les sirven de ejemplo a la par que se alinean con sus intereses geopolíticos.
El triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta pone a Brasil en la perspectiva de sumarse al vagón de cola del Escudo de las Américas jalonado por la locomotora gringa, y crea expectativas acerca de su continuidad en los BRICS conformado junto a Rusia, India, China, Sudáfrica y otros cinco países como una alternativa a la hegemonía planetaria de los Estados Unidos, que antes de entenderse con bloques de países, busca hacerlo con potencias como China y Rusia para delimitar sus áreas de influencia en países vecinos.
El adelanto para el 29 de noviembre de elecciones para elegir al nuevo primer ministro de España, citadas por Pedro Sánchez, también abre la posibilidad de que la unión del Partido Popular (PP) y Vox, los principales partidos de la derecha, desbanquen a él y al Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
En la Unión Europea, su unidad y la de la OTAN como alianza militar fortalecida por anteriores presidentes gringos después del desmoronamiento de la Unión Soviética con el objetivo de debilitar a Rusia también corre peligro si, en próximas elecciones, la derecha nacionalista sigue ganando posiciones en Francia y Alemania, en momentos en que Putin, en buenos términos con Trump, arrecia su ofensiva en Ucrania abriendo la posibilidad de usar armas nucleares de acción limitada, y amenaza con atacar a países vecinos que la apoyen con armas y otras ayudas.
Sin embargo, en Europa la derecha sufrió un significativo revés con la pérdida de Viktor Orbán en Hungría, mientras en Suecia permanece la socialdemocracia en el gobierno y en el Reino Unido gana fuerza la propuesta de volverse a integrar a la Unión Europea, después de las billonarias pérdidas que significó su retiro tras el Brexit promovido durante el gobierno del primer ministro Johnson y que alentó los movimientos separatistas en Irlanda, Escocia y Gales.
Después de que la doctrina Monroe resucitó la consigna de «América para los americanos» (pero del norte), el presidente Trump, en su consigna de «Hacer grande a América de nuevo», justificó su vecindad y poderío militar para apropiarse de los recursos minerales y del petróleo del continente, sacando a rusos, chinos e iraníes de la región, empezando por la «extracción» de Maduro, el aseguramiento de grandes reservas petroleras y la confirmación en cabeza del gobierno de la cúpula que había gobernado con Chávez y él, después de chantajearlos con extraditarlos si no obedecían sus órdenes.
El desgaste de los progresistas en el poder al no cumplir sus programas de gobierno y algunos dirigentes desprestigiarse por la corrupción, más la justificación en la inseguridad generada por bandas transnacionales declaradas narcoterroristas y la intervención directa de los gobiernos de Estados Unidos e Israel, facilitaron que la derecha, con su discurso de fortalecer la seguridad y combatir la inmigración ilegal, ganara en Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Ecuador, Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica y Honduras; y posiblemente en Brasil, donde Lula desesperadamente intenta contrarrestar la ventaja que tomó Bolsonaro y la unión con los demás candidatos que participaron en la primera vuelta, buscando movilizar la franja de abstencionistas que representaron el 21% del censo electoral, incluidos los mayores de 70 años que no están obligados a votar.
Sin embargo, el gran favorito es Bolsonaro; pero no todo es color de rosa para la derecha.
Las elecciones de «medio término», como llaman en los Estados Unidos a las del 3 de noviembre para renovar la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado según marcan las encuestas de popularidad del presidente Trump, desgastado por el fracaso en la guerra contra Irán y el alza exagerada del precio de la gasolina, el diésel y productos básicos de la canasta familiar, podrían determinar la derrota de los republicanos que lo apoyan y el control a sus políticas, que en su mayoría han tenido el visto bueno del actual Congreso y la Corte Suprema de Justicia (con algunas excepciones como la de no prohibir el voto por correo y la votación con la tarjeta del seguro social, como lo quería Trump, así como la modificación de los mapas de votantes en varios distritos electorales para favorecer a los candidatos republicanos y dificultar la votación de comunidades con mayoría de población negra y latina).
El desgaste y la pérdida de poderes de Trump, en caso de ganar los demócratas las elecciones de noviembre y su repunte para las próximas elecciones presidenciales, determinaría un retorno del péndulo a posiciones progresistas en la sede del imperio y debilitaría el poder omnímodo y casi impune como en Bolivia en el caso del fiscal Mariaca que adquirieron los presidentes de los países afiliados al Escudo de las Américas, que prácticamente actúan como virreyes recibiendo órdenes de Donald Trump.
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