RETRATO DE JENNIE (1949)


Se puede construir una historia a partir de una pintura a posteriori; el tiempo transcurrido ocultará los verdaderos móviles, los sentimientos implicados, las relaciones entre verdad y mito, la genuina historia, el sabor de lo «real», la fantasía, la ficción representada en el cuadro; y entonces, para el observador, queda la libertad de imaginar lo que bien quiera. Al fin y al cabo un cuadro no es sino un testimonio presente de un evento posiblemente imaginario. Pero en la película Retrato de Jennie, producción realizada en 1949 bajo la dirección de William Deterle, la historia que se cuenta es como sucede entre el pintor y la modelo, es la vivencia auténtica entre los dos; mas el tiempo real se cuestiona allí por la imposibilidad de acontecer como sucede. ¿Es real lo que ocurre ante los ojos, oídos, ante los brazos de Eben, que le dan la sensación de abrazar un cuerpo que tal vez ya no existe, pero que viene a recobrar el tiempo para la consumación del amor no encontrado antes?
La relación entre Eben Adams (Joseph Cotten), pintor desconocido y sin éxito (le objetan casi siempre que «no hay ni una pizca de amor en sus cuadros»), y Jennie (Jennifer Jones), una muchacha con quien se topa una tarde en el Central Park de Nueva York, establece un contacto con el misterio y las circunstancias implicadas en ese encuentro extraño; el extrañamiento ocurre poco a poco, a medida que Eben investiga la autenticidad de la existencia de Jennie. Y todo está mediado por la espera, que hace posible la unión, al parecer absurda, del presente con el pasado, en el abrazo del amor. Así, Eben realiza el retrato de Jennie, su obra maestra. Y entonces las infinitas preguntas: «Qué es verdad, qué es mentira, de dónde vengo, adónde voy, qué es el tiempo, qué es la vida, qué es la muerte», harán una ronda más en el terreno de lo indefinible, en lo que siempre quedará como un vago rumor de la esperanza.



